El falso mito de Onassis y Evita

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El diario ?El País? de Madrid exhuma una vieja versión publicada en la biografía de Aristóteles Onassis elaborada por un equipo de periodistas del Sunday Times. Aluden a un presunto encuentro íntimo entre el magnate y Eva Perón en la villa Santa Margherita de la Riviera italiana.

El suceso no merece llamar la atención -ni siquiera en nuestro país- desde donde la figura de Evita se proyectó hacia una dimensión extraordinaria de la historia. Pasó más de medio siglo y se mantiene vigente su leyenda, exagerada o no. Pero crea un regusto amargo y ofensivo para el sentimiento de enorme cantidad de gente que preserva una venerable devoción por la señora de Perón y su esposo, manchado en este caso con una de las indignidades más infamantes. El suceso merece varias reflexiones.

Los periodistas de Europa han sido proclives a encontrar o inventar affaires sentimentales entre personajes que han descollado en la fama. A nuestra escultora Lola Mora -poseedora de un palacete magnífico en Roma, a metros de la vía Véneto- le inventaron romances con Edmundo d´Amicis, Gabriele d´Annunzio y Guglielmo Marconi. Con el tiempo -y conociendo el temperamento y personalidad de la artista- llegamos a la sólida conclusión que Lola Mora sólo amó en su vida el cincel, los mármoles y un marido veintidós años menor que ella. Todavía encontramos opinadores furtivos que gustan alardear de la presunta infidelidad de doña Remedios de Escalada ignorando los problemas de salud que padeció esta señora fallecida a los 25 años por una trágica y lenta enfermedad.

En el libro de la señora Lillian Lagomarsino de Guardo se puede apreciar una crónica del famoso viaje de Evita por Europa en ese año -1947- célebre por la opulencia financiera de la Argentina. La frescura con que escribe esta ama de casa -esposa del entonces presidente de la Cámara de Diputados doctor Ricardo Guardo- inspira una rotunda credibilidad. Los problemas de Evita pasaban por otro andarivel muy alejado de la búsqueda de aventuras frívolas con magnates o plays boys de la época. Padecía de grandes miedos y necesitó la compañía permanente de la señora de Guardo, elegida y puesta en esa función por su ascendiente social aunque resultó -al parecer- de una ayuda afectiva y psicológica muy oportuna para la soledad y el pánico que afligía a aquella primera dama frágil en esa circunstancia, con sólo veintiseis años inexpertos para esos viajes, frecuentando los despachos gubernamentales de la conmovida Europa, todavía ensombrecida por los escombros residuales de la gran guerra.

El acontecimiento que narra el periódico español peca por lo menos de anacrónico. A nadie se le ocurriría -menos en estos momentos de aprehensión contra los brutales terroristas del Islam- enviarles un insulto denigrando al profeta Mahoma. Tampoco me parecería digno enrostrarle a los chicos que exhiben la camiseta del Che Guevara alusiones sobre la violencia, las muertes y la ametralladora que su ídolo emblematizó como valores permanentes. En esta escala los periodistas deberían medir la incidencia de sus publicaciones frívolas y el daño inútil que infieren contra figuras canonizadas clamorosamente por masivos sectores.

Por último, agregaría un dato no despreciable. Conocido ha sido el señor Onassis por sus méritos y defectos. Entre estos últimos luce fulgurante el de una notoria fanfarronería.

Si es que afirmó -como dicen los biógrafos del Sunday Times- que una tortilla muy bien elaborada por la rubia y joven señora de un importante presidente le costó diez mil dólares,
no sería una actitud apropiada para ningún caballero. Si hubiere sido cierto el acontecimiento y fuere un digno señor, jamás lo repetiría y menos ante periodistas. En consecuencia, es más fácil admitir que no ha sido una noble persona y menos aún creíble.

Era la misma época en que Perón se tropezaba con los lingotes de oro esparcidos por los pasillos del Banco Central. Deseo aclarar que nunca fui peronista ni gorila, no he odiado ni venerado a la señora de Perón. Sí le tengo un profundo respeto, por los muchos que la aman y por su corta vida deslumbrante y atormentada.