La lista de los libros prohibidos por la Inquisición era extensa, sobre todo porque el "Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum" se creó el 17 de agosto de 1559 y duró hasta 1966 -en pleno siglo XX-, tiempo suficiente para que el índice se llenara de títulos y autores considerados herejes por la Congregación del Santo Oficio.
Pero en los años de la Inquisición, ser sorprendido con un texto de alguno de estos autores implicaba castigos severos, incluso de muerte.
La Congregación del Santo Oficio, ya antes de que creara el Indice de Libros Prohibidos, se preocupaba en España de los títulos y autores prohibidos por la Iglesia ¿Cómo? Con la quema de libros. De acuerdo a datos históricos, ya en 1490, en Salamanca, se quemaron seis mil volúmenes sobre magia y hechicería.
Y en Sevilla, ese mismo año, un gran número de biblias hebreas. Pero esa situación no detuvo el desarrollo de la imprenta en España y en regiones como Segovia, Zaragoza, Valencia, Salamanca, Burgos y Valladolid.
En un principio el Estado no intervino en el control de las publicaciones, pero en 1480 comenzó un control de los materiales bibliográficos y se otorgaban permisos para impresión. Posteriormente (1502), se establece la censura y se ordena a los libreros, impresores, mercaderes y autores a presentar sus libros ante las autoridades para su revisión (también estaban bajo esta normativa las bibliotecas de conventos, universidades y las colecciones particulares).
En 1558 se prohibió también publicar libros de poco interés o contrarios a la religión y a las buenas costumbres. Además, periódicamente se inspeccionaban bibliotecas y librerías para sacar a la luz pública las obras prohibidas que sus poseedores leían.
Pero la Inquisición prefirió ordenar esta práctica a través de este índice (que no existía en otros países de Europa como Francia, Italia y Alemania, lo que produjo una diferencia sustancial en la producción literaria con estos países), que increíblemente duró hasta 1960 entre multas y excomuniones.
Entre la normativa del "Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum" se especificaba que sólo los inquisidores, los obispos y algunos escogidos podían leer los libros prohibidos.
Con los años, los títulos fueron aumentando (estaban, por ejemplo, libros de Petrarca, Bacon y Apuleyo). De los libros censurados, destacó El Quijote de la Mancha, de Cervantes. En 1640 se hizo suprimir una sola frase del famoso libro que decía: ?Las obras de caridad que se hacen débilmente, no tienen mérito ni valen nada?.
La Congregación del Santo Oficio, ya en pleno siglo XX, sumó a la lista a libros considerados "pornográficos" como Madame Bovary, de Gustave Flaubert, y las novelas de Emile Zola. Ya en estos años el índice creado por la también llamada Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe se ocupaba de los libros que contradecían a la doctrina católica.
En el índice llegaron a estar incluidos Quevedo, Víctor Hugo, Pierre Larousse (el de los diccionarios), Montesquieu (el inventor de los tres poderes del Estado), Jonathan Swift (autor de ?Gulliver en el país de las maravillas?) y Jean Paul Sartre.
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