Es cierto que la parte de la comida está mucho mejor resuelta. En primer lugar, porque se hacen muchos pedidos a través de aplicaciones, pero no de vinos, más allá de alguna vinoteca amiga que tenga envío a domicilio. Por otra parte, en las casas hay muchos más aficionados a la cocina que a los vinos, sin que ello implique que los consumidores no sean mayoría. Pero hay más cocineros aficionados que sommeliers en potencia. Es por ello que siempre el tema de la comida suele estar bien resuelto, mientras que el vino -con suerte- se deja para el final. No obstante, un vino bien elegido puede ser la clave del éxito.
Hay una vieja polémica entre los gastronómicos. Están los que creen que no hay una gran comida sin un buen vino, mientras algunos cocineros no le dan tanto valor a lo que hay en las copas como a lo que hay en los platos.
Lo cierto es que en el mundo gourmet no se concibe una gran comida sin un buen vino. Aunque es cierto que sí se puede disfrutar un gran vino solo, sin una gran comida. Y esto, lejos de avivar la polémica, refleja la importancia del vino, más allá de que el mejor lugar para disfrutarlo sea en la mesa y bien acompañado.
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Para elegir un buen vino para una ocasión especial, no hace falta saber del tema, pero sí tener la intención de lograr el mejor resultado con la elección. Lo más fácil es ir a una vinoteca -mejor si es la amiga- porque se supone que el dueño o el sommelier ya conoce los gustos y preferencias del cliente, y puede lograr una mejor recomendación. Pero no todos tienen ese tiempo disponible.
Lo primero a tener en cuenta es que hay que tomarse un tiempo para elegir, y no dejar el tema para último momento porque eso se suele notar. Las redes de las bodegas e internet tienen suficiente información. También se le puede pedir a la IA. Pero por más buen prompt que se le diga, el resultado va a ser un promedio de algo, y no el resultado de alguna experiencia de alguien real o la buena recomendación de alguna bodega.
Si habrá comida de por medio se puede empezar por buscar maridajes ideales de vinos para esa receta. Pero acá va otro dato interesante: no se trata de un vino sino de algunos vinos, incluso si se trata de dos personas. Pero no porque vayan a tomar mucho, sino porque, así como se propone algo para picar antes, algo como entrada, un principal y un postre, lo mismo debería ser para las copas.
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No hay un vino que pueda acompañar todos los pasos igual de bien. Entonces, hay que pensar en cada momento de la ocasión. Incluso si se trata de una picada, esa picada puede tener al menos dos momentos. El primero más liviano y refrescante, como si fuera la entrada. Y el segundo más contundente, como si se tratara del plato principal.
También si se trata de una tabla de quesos o una selección de empanadas. Ahí también es mejor servir más de un vino. Y si la preocupación es lo que sobra, no hay problema: se pone el corcho y en la puerta de la heladera, ese vino servirá para otras ocasiones al menos por los próximos dos días, sin perder atributos.
Por lo tanto, la primera clave es que nunca se debe tratar de un solo vino, al menos dos. Porque, además, cada botella de vino es una aventura diferente. Y no porque sea el gran protagonista de la noche: si está bien elegido y marida bien, más de uno hará algún comentario sobre él, o al menos preguntará de qué vino se trata. Así, mientras otras bebidas suelen pasar desapercibidas a lo largo de las comidas, los vinos no porque además en las copas se van abriendo, ampliando sus expresiones.
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Otro tema importante es las ganas de sorprender a los demás, sin que ello implique invertir más de lo que se puede en las botellas. Es muy diferente un grupo familiar que un grupo de amigos, como así también quedar bien dentro de un grupo de trabajo.
Hay que tener en cuenta la cantidad de comensales, para no quedarse corto con los vinos. Y si solo se trata de aportar una etiqueta, mejor llevar dos, y quedar el doble de bien que los demás.
El mejor vino para cada ocasión
La situación de consumo es lo más importante a tener en cuenta para empezar a delinear la selección. Si hay gastronomía o no, también será importante para determinar cuántos vinos y de qué tipo. Y el segmento de los mismos estará dado por el nivel de la ocasión. Si es informal o formal, si es masiva o para pocos, si es gourmet o de cocina casera. Con todas esas variables claras, el universo de vinos a seleccionar se acota. Y recién ahí es donde hay que aportar el toque personal.
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Se puede ir por la novedad, ya que un vino nuevo siempre es noticia y puede sorprender por ello. Pero también se puede apostar por los clásicos, ya que por algo están ahí desde siempre.
Suponiendo que el nivel está claro por las posibilidades de cada uno, el primer vino a descorchar debe ser fresco y liviano, mientras los que le siguen, deberían ir subiendo en concentración. Un espumoso, un blanco o un rosado son vinos ideales para comenzar porque proponen tragos más frescos y vivaces. Pero, a menos que se sea el anfitrión, hay que contemplar de llevarlos a temperatura adecuada, tal que se puedan descorchar desde el inicio y, para ello, habría que llevarlos bien fríos desde casa. Algo que no significa un impedimento, pero sí requiere de una logística más pensada y de accesorios para llegar a destino manteniendo la temperatura ideal de las botellas.
El segundo vino debería ser un intermedio. Eso significa que puede ser un blanco, si es que la comida gira alrededor de los frutos de mar, los pescados o las carnes blancas, con buen cuerpo y cierto tiempo de crianza. Otra opción es un tinto de cuerpo medio y bien apoyado en la frescura, para seguir en la línea del principio, pero subiendo el tono de la estructura.
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Y la tercera botella en cuestión, debería ser la más importante y, por ende, de un vino con más cuerpo. Si bien puede o no llegar a tiempo a la mesa para acompañar el plato principal, debe ser un vino que también se pueda lucir durante la sobremesa. Y para ello hay que recurrir a un buen vino, con algunos años de guarda, lo cual garantiza un trago más equilibrado. Por lo tanto, hay intensidad, pero con armonía.
Para los franceses, sería el momento ideal para servir los quesos y quedarse disfrutando ese vino, siempre antes que lleguen los postres. Y, si no llegara a descorcharse, dicha botella le quedaría al anfitrión, con lo cual el objetivo, también estaría cumplido. En ese caso, hay que asegurarse de explicarle al destinatario de qué vino se trata para que cuando la disfrute recuerde de quien vino ese vino.
En definitiva, si bien hay vinos reservados para momentos especiales, cualquier ocasión se puede transformar si se sirven los vinos adecuados. Si bien puede no ser de interés para la mayoría, con el correr de los minutos y la comida, el vino hará su trabajo, el de amenizar y fomentar la charla. Es por ello que es la bebida más elegida del mundo para llevar a la mesa, y de ahí la importancia de elegir la mejor etiqueta posible para cada situación.
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