Lisandro Martínez volvió a Gualeguay con la camiseta guardada y el alma en casa. Días después de disputar el Mundial 2026, el defensor del Manchester United regresó a la ciudad entrerriana donde creció, acompañado por su pareja, Muri López Benítez, y por Aurora, la hija pequeña de ella. Fue Muri quien registró esos días y los compartió en sus redes sociales: un álbum de invierno argentino, parques verdes, comida casera y la calma que solo da el pago chico.
Las fotos que Muri eligió compartir no tienen poses de alfombra roja ni locaciones de lujo. Tienen pasto, luz de tarde y medialunas al sol. La primera imagen que llama la atención es la de ella sosteniendo a Aurora en brazos, en medio de un parque de árboles altos y césped perfectamente verde. La pequeña lleva un buzo gris y una colita rosada que apenas le sujeta el pelo oscuro. Muri, de blanco, la mira con una sonrisa que no necesita explicación. Es una de esas fotos que no buscan ser bonitas y por eso lo son.
En otra toma, madre e hija están en el suelo del mismo parque. Muri se agacha para quedar a la altura de Aurora, que la abraza con los brazos cortos bien apretados. Al lado, una botella térmica rosada con stickers —uno de ellos con la bandera argentina— completa el cuadro de una tarde cualquiera en Entre Ríos, con el mate cerca aunque no aparezca en escena. La luz entra desde un costado y baña todo de ese tono dorado que tiene el sol de invierno en el litoral argentino cuando se inclina sobre los árboles.
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Hay también una imagen más quieta, casi contemplativa: una mano infantil —la de Aurora, por el buzo gris que asoma— sostiene una flor de cartucho blanca. La flor es grande, perfecta, con el espádice amarillo asomando en el centro. El fondo es un desorden de hojas verdes oscuras. Es una foto sin personas visibles del todo, pero dice más sobre esos días que cualquier selfie: habla de una nena que descubrió algo en el jardín y lo levantó para mostrárselo a alguien.
La imagen que resume el espíritu de toda la visita es la que los muestra a los tres juntos. Lisandro, Muri y Aurora posan en un sendero de piedras blancas, rodeados de árboles añosos y un banco de madera al costado. Él lleva un buzo deportivo azul con detalles celestes y blancos, pantalón negro y zapatillas oscuras. Ella lo tiene a él de un lado y a Aurora en brazos, con el mismo buzo blanco de las otras fotos. Los tres miran a cámara y sonríen.
Adentro de la casa, el invierno se hace presente de otra manera. Una de las fotos muestra una taza blanca con café negro, sostenida frente a una chimenea de ladrillos rojos con el fuego encendido. El piso es de baldosas en damero blanco y negro, y al fondo se adivina el hierro de los utensilios de la chimenea.
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Y después aparece la comida. Muri no escatimó en ese registro. Una de las fotos más celebradas del álbum muestra una medialuna dorada, recién salida de la panadería, sostenida en alto con el parque de fondo y el cielo azul arriba. La medialuna argentina —ese producto de panadería que los que viven afuera extrañan con una intensidad desproporcionada— aparece aquí casi como un trofeo. Crujiente por fuera, con ese color que solo da el horno de panadería, es uno de esos detalles que los argentinos que viven en el exterior entienden sin que haga falta aclarar nada.
El menú de esos días siguió con contundencia. Otra imagen muestra un plato de loza blanca con una milanesa a la napolitana: el apanado bien dorado, la salsa de tomate apenas visible debajo del jamón y el queso derretido encima, espolvoreado con orégano. Al lado, un puré de papas en forma de domo perfecto. Es uno de los platos más arraigados de la mesa argentina, y verlo en el contexto de este regreso tiene una lógica clara: cuando se vuelve, se come lo que no se consigue afuera.
El cierre dulce llegó en forma de flan. La última foto de comida muestra un trozo de flan casero bañado en caramelo y con una generosa cantidad de dulce de leche al costado. Una cuchara ya hundida en el postre completa la escena. Si la medialuna era el desayuno del regreso, el flan con dulce de leche es su remate inevitable.
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Todo el álbum que compartió Muri López Benítez tiene esa característica: la de mostrar días que no aspiran a ser extraordinarios. No hay estadios, no hay actos oficiales, no hay camisetas firmadas ni caravanas. Hay un parque, una chimenea, una nena que abraza flores y un plato de milanesa. Para alguien que viene de jugar un Mundial y que en pocas semanas volverá a los entrenamientos del Manchester United en Inglaterra, esa normalidad no es un detalle menor.