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El hombre que construyó unas prótesis para devolverle las manos a Perón y el proyecto para exhibir el cuerpo del expresidente

El tanatólogo Daniel Carunchio participó en el traslado a la quinta de San Vicente. Los detalles de lo que encontró el embalsamador en el ataúd y el proyecto para acondicionar el cuerpo

Carunchio es uno de los tanatoprácticos más reconocidos de la Argentina

Están guardadas en algún lugar que Daniel Carunchio prefiere no precisar. Son de silicona, tienen la forma exacta de las manos de Juan Domingo Perón y llevan adentro tierra de las 24 provincias argentinas. Las fabricó él. Las tiene listas para el día en que el cuerpo del expresidente vuelva a ser exhibido.

Carunchio es uno de los tanatoprácticos más reconocidos de la Argentina. Por sus manos pasaron los cuerpos de Arturo Frondizi, Luis Alberto Spinetta, María Elena Walsh, Leonardo Favio, Gerardo Sofovich, José María Muñoz y Carmen Argibay Molina, entre decenas de artistas y políticos.

La tanatopraxia es la disciplina que se ocupa de desinfectar, conservar, reconstruir y maquillar cuerpos para los velatorios. Un trabajo que la mayoría prefiere no imaginar y que Carunchio ejerce con una precisión técnica que, según él mismo describe, parte del respeto por quien tuvo una historia de vida. Su taller se parece a una morgue: camillas de acero, máquinas de aspiración de líquidos, jeringas, ceras de distintas texturas y colores, químicos para embalsamar.

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El traslado del cuerpo de Perón: un operativo que empezó en Madrid

En 2005 comenzaron las reuniones para planificar uno de los operativos más complejos de la carrera de Carunchio. El traslado del cuerpo de Juan Domingo Perón desde la bóveda de la Chacarita hasta la CGT y, desde allí, hasta la Quinta de San Vicente. Antes de tocar el ataúd, había un paso previo e ineludible.

Daniel Carunchio durante el traslado del cuerpo de Perón en el 2006

Carunchio viajó a Madrid junto a Alfredo Péculo, de la Cochería Paraná, y Alejandro Rodríguez Perón, sobrino nieto del expresidente. El objetivo era obtener la autorización de Isabel Perón para mover el cuerpo. Sin esa firma, no había traslado posible.

Con el permiso en la mano, volvieron a Buenos Aires y enfrentaron el primer problema técnico de la bóveda. “Tuvimos que romper el piso para sacar el ataúd en forma horizontal, porque no se podía poner en vertical por el estado del cuerpo”, explicó Carunchio a Infobae. El cadáver había quedado mal sellado tras la profanación de 1987, cuando un comando desconocido irrumpió en el mausoleo de la Chacarita y le amputó las manos. Sobre el féretro se había formado una isla de hongos.

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La intervención en la Facultad de Medicina y el sellado metálico

Una vez extraído el ataúd, el cuerpo fue trasladado a la Facultad de Medicina de la UBA, donde Carunchio y su equipo realizaron la intervención con aval institucional. Quitaron los hongos y volvieron a sellar el cajón metálico. Un trabajo de conservación que buscaba detener el deterioro acumulado durante décadas y dejar el cuerpo en condiciones para el traslado definitivo.

Desde la Facultad, el féretro fue llevado a la sede de la CGT, donde se celebró una misa de cuerpo presente.

“Querían tocarlo. Tocar el mito”, dice Carunchio

Miles de personas sobre el cajón en plena avenida

Después de la misa comenzó el tramo más tenso del operativo. Carunchio iba arriba de la cureña, la misma que había transportado el cuerpo de Perón en 1974. A los costados, miles de personas se abalanzaban sobre el féretro.

“Querían tocarlo. Tocar el mito”, dice Carunchio. La presión de la multitud fue tal que algunos fueron aplastados por las ruedas del vehículo. En un momento, tuvo que sacar la gorra y el sable que llevaba encima porque la gente intentaba arrancárselos como trofeos.

El cortejo llegó a San Vicente. El cuerpo de Perón quedó depositado en el mausoleo de la Quinta, donde descansa hasta hoy.

La idea que quedó trunca: exhibir el cuerpo

Desde el principio, el traslado tenía un propósito que iba más allá del ceremonial. La idea siempre fue poder exhibir el cuerpo de Perón, como se hace con otros líderes históricos en distintas partes del mundo. Pero el proyecto quedó inconcluso.

Desde el principio, el traslado tenía un propósito que iba más allá del ceremonial. La idea siempre fue poder exhibir el cuerpo de Perón, como se hace con otros líderes históricos (NA)

“El tema quedó trunco y nunca más se habló, pero la idea sigue presente”, afirmó Carunchio. Para que esa exhibición sea posible, el cuerpo necesita una intervención de aproximadamente seis meses: reconstrucción de partes deterioradas, trabajo de conservación profunda y, sobre todo, resolver el problema más visible. Las manos de Perón no están.

Carunchio ya tiene la solución preparada. Fabricó unas manos de silicona con la forma exacta de las del expresidente. Usó de molde las manos del sobrino nieto del expresidente. “Tienen la misma contextura física” explica. Adentro, tierra de cada una de las 24 provincias argentinas. Las tiene guardadas. Esperan el momento en que alguien tome la decisión de retomar el proyecto y Perón vuelva a ser exhibido.

El tiroteo que acompañó el último viaje de Perón

La tarde del 17 de octubre de 2006, alguien gritó en San Vicente: “¡Ahí viene Perón, carajo!” El Tula agitó el bombo. Los helicópteros policiales comenzaron a sobrevolar la quinta. Entre la multitud apareció un jeep militar con la cureña, cubierta por un manto de flores sobre la bandera argentina. Al frente iban Hugo Moyano, de Camioneros, y Omar Viviani, del gremio de los taxistas. Dedos en v y camisas desabrochadas.

En una esquina de la quinta, en Lavalle y Eva Perón, camioneros y obreros de la construcción se enfrentaron a palos, piedras y botellas. Los camioneros arrancaron vallas, las apoyaron contra los muros y saltaron adentro.

Entonces sonaron los disparos. Los noticieros mostraron al tirador. Era bajo, corpulento, campera beige, brazo estirado y una Bersa 9 milímetros en la mano derecha. Era Emilio Miguel Quiroz, apodado “Madonna”, chofer y custodio de Pablo Moyano. La Justicia ordenó su detención horas más tarde.

Tras los incidentes, siguió la ceremonia. “Mi único heredero es el pueblo”, se leía en el mármol del mausoleo.

"Madona" Quiroz disparando a la multitud en la quinta de San Vicente

El cuerpo de Perón, el libro del periodista Facundo Pastor publicado por Aguilar en 2026, reconstruye el derrotero del cuerpo de Perón con precisión documental. El formol del velatorio, el reencuentro secreto con Evita en Olivos, el traslado clandestino de la dictadura, el robo de las manos y el hongo en el rostro.

El nicho blindado y el traslado secreto de la dictadura

En la madrugada del 19 de diciembre de 1976, un grupo de tareas del Ejército se detuvo a metros de la cripta de Olivos. La esposa del dictador Jorge Rafael Videla, Alicia Raquel Hartridge, había impuesto una condición para mudarse a la quinta presidencial. O sacaban los cuerpos de Perón y Evita, o no había mudanza.

Para mover el cuerpo de Perón necesitaban la firma de Isabel, detenida en la residencia El Messidor, en Villa La Angostura. El coronel Miguel Alfredo Mallea Gil y el teniente coronel Carlos Horacio Cerdá viajaron hasta allí. Firmó con resignación y regresó a su habitación, según cuenta Facundo Pastor.

El convoy de cinco vehículos avanzó sin sirenas ni bocinas por Maipú, cruzó la General Paz y siguió por Cabildo sin detenerse en ningún semáforo. A las 8:20 se detuvo frente al ingreso de Guzmán 840 del cementerio de la Chacarita. El cuerpo fue bajado al primer subsuelo. Ningún familiar se hizo presente. Dos operarios llegaron con un equipo de soldadura eléctrica y en menos de dos horas reforzaron la puerta con láminas de acero y barrotes.

Unos días antes del hallazgo, los profanadores ya habían enviado tres cartas extorsivas al expresidente del Consejo Nacional Justicialista Vicente Leónides Saadi, al titular del PJ porteño Carlos Grosso y al secretario general de la CGT Saúl Ubaldini

Las manos cortadas: el enigma que la Justicia no resolvió

El 29 de junio de 1987, un cuidador encontró una escalera de hierro portátil cruzada sobre el altar y los jarrones volcados. Cinco flores mustias en un rincón. Los candelabros y las velas tirados en el piso. El vitral agujereado. Un boquete en el blindex.

Cuando el juez Jaime Far Suau bajó al subsuelo con su equipo, usaron las doce llaves, colocaron el cajón sobre caballetes y levantaron la tapa. Far Suau pidió una linterna. Perón tenía los ojos cerrados, una fosa nasal tapada con un algodón, el pelo tirante, la banda presidencial cruzada sobre el pecho y el rosario de nácar en las piernas.

Faltaban las manos. La derecha, cortada a la altura del cúbito y el radio. La izquierda, en la primera línea de los huesos del carpo. Un polvo fino manchaba el uniforme militar. Era aserrín cadavérico, señal de que los cortes eran recientes. Dentro del cajón quedó un dedo de un guante de goma, reconstruye Pastor en su libro.

Unos días antes del hallazgo, los profanadores ya habían enviado tres cartas extorsivas al expresidente del Consejo Nacional Justicialista Vicente Leónides Saadi, al titular del PJ porteño Carlos Grosso y al secretario general de la CGT Saúl Ubaldini. Las tres estaban firmadas igual: “Hermes IAI y los 13”. Exigían USD 8 millones para devolver las manos, el anillo y el sable. Como prueba, habían partido en tres el poema que Isabel había dejado enmarcado junto al féretro y enviado un fragmento en cada sobre.

El juez Far Suau murió el 22 de noviembre de 1988 cuando su Ford Sierra se bamboleó en una recta al regresar de Bariloche. Su sucesor, el juez Carlos Andina Allende, pidió el expediente en octubre de 1990 y en menos de dos semanas lo cerró.

"El cuerpo de Perón: la muerte, las manos, los tiros", el nuevo libro de Facundo Pastor

El juez Alberto Baños la reabrió en 1993. En abril de 1994, dentro de la caja fuerte de la Comisaría 29, apareció un juego completo de las doce llaves del blindex. Nadie explicó cómo habían llegado ahí. Pastor reconstruye en su libro cómo Baños descartó la hipótesis del móvil económico (que las manos guardaban el acceso a cuentas secretas en Suiza) y la línea esotérica vinculada a López Rega, para convencerse de que la profanación respondía a una operación de contrainteligencia con fines políticos. Todos los indicios apuntaban al Batallón 601.

El formol que hizo posible el robo

Lo que los profanadores encontraron en 1987 era un cuerpo momificado. Y ese cuerpo estaba momificado por una decisión tomada trece años antes, en los primeros minutos del 3 de julio de 1974, en una oficina del Congreso Nacional.

El doctor Tamashiro diluyó formol con agua destilada. Con tres frascos de vidrio color ámbar y una pera de Richardson, buscó la punción de la arteria radial, drenó la sangre mustia por la vena femoral e inyectó la solución. El cuerpo estaba lleno.

El velatorio llevaba horas y la multitud desbordaba la vereda del Congreso. El cuerpo de Perón empezaba a expeler gases. El coronel Corral había arrastrado a Tamashiro hasta un ventanal. Afuera, esperaba una multitud. “¡Haga algo, por favor, doctor! Si cerramos las puertas ahora nos matan a todos”, reconstruye Pastor en su libro. Tamashiro entendió el pedido.

El formol fue la primera intervención inesperada en el cuerpo del General, y también la que lo mantuvo en condiciones de ser mutilado una década y media después. Las manos de silicona de Carunchio siguen esperando para completar el cuerpo. Las originales nunca aparecieron.

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