Después de siete años de travesía por Medio Oriente y el Cáucaso, el argentino Maximiliano Bagilet sintió que finalmente cerraba un capítulo personal con su llegada a Irak. A sus 37 años, lleva recorridos 21 países en esa región, en una aventura marcada por fronteras complejas, tensiones políticas y culturas completamente diferentes a las de Occidente.
“Irak, que es un territorio que durante años evité por cuestiones de seguridad, terminó convirtiéndose en una de las experiencias más impactantes de todo el recorrido. Allí pude conocer el cementerio más grande del mundo”, contó Maxi en diálogo con Infobae al hacer referencia al cementerio Wadi Al-Salam (el Valle de la Paz), situado en la ciudad de Nayaf.
Con una antigüedad de más de 1.400 años, su enorme tamaño requiere el uso de taxis internos para trasladarse. Es un lugar muy sagrado para la comunidad musulmana chiita, ya que se encuentra junto al santuario del Imán Alí. “Es como una ciudad, con más de 6 millones de tumbas distribuidas en 10 kilómetros cuadrados”, describió.
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El complejo ingreso a Irak y su elevado costo de vida
Llegar a Irak no fue sencillo ni barato. Desde Buenos Aires, Maximiliano viajó hacia Jordania y desde allí tomó un vuelo a Bagdad, una de las pocas rutas habilitadas para ingresar al país. “El vuelo dura una hora y media y cuesta entre 400 y 450 dólares. Para esa distancia es carísimo”, relató. Según explicó, la escasa cantidad de vuelos y la fuerte demanda hacen que ingresar a Irak tenga costos elevados, incluso dentro de Medio Oriente.
La visa también implicó un verdadero desafío burocrático. “Argentina e Irak no tienen relaciones diplomáticas desde la Guerra del Golfo, cuando el gobierno de Carlos Menem apoyó a Kuwait. Por eso, los argentinos no pueden tramitar el permiso online ni cuentan con embajada iraquí”, remarcó Maxi.
Por eso, tuvo que contratar sí o sí a una empresa de turismo que hiciera el trámite. “La visa cuesta unos 100 dólares, pero me cobraron otros 200 o 300 de gestión”, explicó. “El permiso habilita una sola entrada y tiene validez por 90 días. Una vez que el viajero sale de Irak, ya no puede volver a ingresar con la misma autorización”, agregó.
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Maxi aterrizó en Bagdad y desde allí inició un recorrido hacia el norte, atravesando zonas que años atrás estuvieron dominadas por el grupo terrorista ISIS. Visitó Mosul, antigua capital del Estado Islámico, y luego ingresó al Kurdistán iraquí, una región autónoma con gobierno y ejército propios. “Irak está dividido entre la República Federal y el Kurdistán. Son prácticamente dos países distintos”, resumió.
Aunque aseguró que hoy el país es relativamente seguro, explicó que los controles son constantes. Para moverse entre ciudades necesitó contratar guías de seguridad que lo acompañaran durante los trayectos por ruta. “Te cobran unos 100 dólares por día solamente por acompañarte. Es uno de los países más caros de Medio Oriente”, señaló.
“A diferencia de Siria o Emiratos Árabes, donde los costos son considerablemente menores, en Irak comer en un restaurante puede costar entre 25 y 30 dólares, mientras que un simple traslado en taxi compartido supera fácilmente los 15 dólares”, comparó.
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Wadi al-Salam, la ciudad de los muertos
En el sur iraquí, cerca de la ciudad sagrada de Nayaf y camino a Babilonia, Maxi llegó al lugar que más lo impresionó de todo el viaje: el cementerio de Wadi al-Salam, considerado el más grande del mundo. “Allí quieren ser enterrados todos los chiítas. Es infinito. Te subís a un edificio y no ves el final”, describió.
Entre la multitud de enterramientos se hallan los del príncipe de los fieles, Ali Ibn Abi Tálib, y las tumbas de los profetas Salé y Hud, así como los reyes de Al-Hira y sus líderes de la era sasánida, entre otros muchos reyes, sultanes, príncipes del estado de Hamdania, Fatimia, Al-Buwayhyia, Saffawayia, Qajar y Jalairiyah. “Todos los chiíes en Irak desean ser enterrados aquí”, dijo Maxi.
En este lugar hay una gran variedad de tumbas, desde las más bajas hasta las torres de más de 4 metros de altura. También hay estancias subterráneas y recintos especiales destinados a familias enteras. Dentro del recinto del cementerio también se encuentra el santuario del imam Alí ibn Abi Tálib, el primer imám chií y cuarto califa suní.
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“Wadi al-Salam está junto a la mezquita del imán Alí, una de las figuras más importantes del islam chiíta y familiar directo de Mahoma. Esa cercanía convierte al lugar en un sitio sagrado para millones de fieles. Por eso, la procesión empieza en esa mezquita. Pasean el cajón del muerto por la tumba del imán Alí y después caminan unos 500 metros, por una calle principal, hasta el cementerio”, relató.
Lejos del silencio solemne típico de los cementerios occidentales, el argentino se encontró con un espacio cargado de movimiento y actividad constante.“Es como una ciudad dentro de otra ciudad. Ves gente entrando y saliendo todo el tiempo, familias completas, motos, taxis y cientos de cajones pasando constantemente. Es como una favela de bóvedas, una tumba pegada al lado de la otra. Todo del mismo color sepia”, describió.
La magnitud del lugar hace prácticamente imposible orientarse. “No hay nombres de calles ni referencias claras. Me terminé guiando por una bandera gigante porque ya estaba perdido”, contó entre risas. Y otra de las cuestiones que llamó mucho la atención es que en cada tumba se exhiben fotografías de los fallecidos con una especie de “historia de vida”, especialmente de quienes murieron en guerras o conflictos armados.
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“Es imposible no sentirse pequeño ahí adentro. Son millones de historias juntas. Nunca vi algo parecido”, admitió.
Incluso descubrió que dentro del cementerio hay estadounidenses enterrados que se habían convertido al islam durante la ocupación militar norteamericana. “Hay personas de más de veinte nacionalidades enterradas ahí. Por eso dicen que también es el cementerio más cosmopolita del mundo”, afirmó.
El contraste de Irak con el resto de Medio Oriente
Más allá del cementerio, Maximiliano asegura que Irak lo sorprendió por el contraste entre la imagen que existe en Occidente y la realidad cotidiana que encontró. “Me impactó muchísimo la mezcla entre guerra, religión y vida normal”, señaló.
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También reconoció que el idioma fue una de las principales dificultades. “En Irak casi nadie habla inglés. Tenés que usar traductor on line todo el tiempo. Ellos tienen la cultura del regateo y es necesario hablar en su idioma para poder negociar precios constantemente, sino lo toman a mal”, explicó.
Aun así, asegura que nunca se sintió realmente en peligro.“Hoy Irak está mucho más estable. Después de la caída de ISIS y la retirada de Estados Unidos hay cierta paz entre los distintos grupos”, afirmó.
De todas maneras, contó que hay muchísimos controles militares. “Algunos son del ejército iraquí y otros de grupos armados que trabajan paralelamente con el Estado”, explicó Maxi, quien para atravesar retenes sin inconvenientes debió moverse con un guía local. “Nunca podés viajar de noche. Todos los movimientos se hacen de día por una cuestión de seguridad”, señaló.
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En cada control revisaban equipaje, documentación y cámaras. La presencia de un occidental en algunas regiones todavía llama la atención. “Me revisaban todo porque les sorprendía ver a alguien de afuera ahí, pero una vez que entendían que era turista no había problema”, recordó Maxi, quien -a pesar de las dificultades y el peligro- se siente cómodo visitando países poco convencionales para el turismo.
“Siempre repito una frase que dice ‘viajo con la cabeza abierta, la boca cerrada y dejando la ideología en casa’. Es mi frase de cabecera”, concluyó Maxi, al explicar que los países que más le atraen visitar son los que ideológicamente están distantes de su pensamiento liberal.