Por tercer año seguido, las cámaras trampa de la organización Wildlife Conservation Society Argentina (WCS) registraron la presencia del gato andino (Leopardus jacobita) en las cercanías del Área Natural Protegida La Payunia, en el departamento de Malargüe, provincia de Mendoza.
El hallazgo tiene un peso particular: los equipos lograron filmarlo y fotografiarlo en una zona donde la especie nunca había sido documentada antes, a menos de diez kilómetros del límite del área protegida.
El felino, apodado “el fantasma de los Andes” por su comportamiento sigiloso y su capacidad de mimetizarse con el entorno, se desplazó entre formaciones rocosas del paisaje árido y volcánico que caracteriza al sur mendocino. Las imágenes lo muestran prácticamente fundido con las piedras, lo que explica por qué cada registro supone, en la práctica, un acontecimiento para la ciencia.
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“Cada hallazgo es una gran noticia, nos confirma que el gato andino continúa en el área y que los esfuerzos de conservación generan resultados concretos”, afirmó María José Bolgeri, doctora en biología y gerente de manejo regenerativo de WCS Argentina, en declaraciones al diario Los Andes.
La especialista precisó que el nuevo registro se obtuvo en un sector que venía siendo monitoreado desde hacía años, a raíz del relato de un productor ganadero que había descrito con precisión un encuentro con uno de estos animales.
El trabajo de monitoreo que lleva adelante WCS Argentina en el norte de la Patagonia se inició en 2005 y permitió construir gran parte de la información disponible sobre la distribución actual de la especie. Ese proceso arrojó además un dato que grafica la magnitud de la amenaza que enfrenta el animal: cerca del 50% de los registros históricos correspondían a ejemplares cazados por productores rurales que buscaban evitar pérdidas de ganado.
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La situación del gato andino es, por donde se la mire, apremiante. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza lo cataloga como “en peligro de extinción” y lo ubica como el único felino de América con esa categoría, además de uno de los mamíferos más amenazados del planeta. Las estimaciones internacionales indican que quedan menos de 2.200 ejemplares distribuidos en sectores montañosos de Argentina, Bolivia, Chile y Perú.
A la caza ilegal se suman otros factores que presionan sobre la especie: los atropellamientos en rutas, la reducción del chinchillón —su principal presa—, la degradación del hábitat por actividades extractivas y los efectos del cambio climático.
Antes de este nuevo avistamiento en Malargüe, el felino ya había sido visto en Villavicencio en abril pasado, lo que suma otro punto en el mapa de su distribución dentro del territorio mendocino. Estos registros recientes refuerzan el valor estratégico de La Payunia como corredor de biodiversidad. El área protegida abarca más de 665 mil hectáreas de volcanes, lava solidificada y estepas patagónicas, lo que la convierte en una de las más extensas del país.
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Cada nuevo registro no es solo una fotografía: aporta datos sobre la edad aproximada del ejemplar, su estado corporal y sus hábitos de movimiento, información que los investigadores utilizan para estimar la densidad poblacional y evaluar amenazas locales como la fragmentación del hábitat. “Es una especie de hábitos solitarios y sumamente esquiva. Cada vez que se la ve y se la registra es una oportunidad para sumar valiosa información sobre su distribución y sobre aquellos lugares en los cuales todavía puede sobrevivir”, señaló la organización.
En cuanto a sus características físicas, el gato andino presenta una cola larga, gruesa y cilíndrica, con entre seis y nueve anillos anchos de color que oscila entre el café oscuro y el negro. Su pelaje es de aspecto felpudo y su nariz es negra, rasgo que lo distingue del gato del pajonal, con quien comparte hábitat y cuya nariz es de color rosa.
La zona donde fue detectado no es un territorio vacío. En los alrededores de La Payunia conviven especies como el cóndor andino, el puma, el zorro colorado, el choique y la mara. El área también funciona como escenario de una de las migraciones de guanacos más extensas del planeta, lo que subraya la riqueza ecológica de ese rincón del sur provincial.
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