¿Tan poco dura el éxito?
No habían pasado ni doce horas desde que el Presidente de la Nación me entregó la medalla de oro y mi angustia empezaba a crecer otra vez.
Unos años antes había visto por casualidad un aviso en el diario, en una de las páginas finales, esas que se miran poco y nada, y en el acto supe que esa convocatoria al Instituto Nacional de Formación y Capacitación de Dirigentes Políticos era mi oportunidad.
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Mientras terminaba la carrera de negocios me había dado cuenta de que me interesaba mucho la política. No era una sorpresa absoluta, desde chico había soñado con ser Presidente. Por distintas razones, esa vocación no había encontrado su cauce, pero aquel aviso perdido en el diario me daba la oportunidad de volver a mi camino. Mientras lo leía, mi mente ya estaba haciendo cálculos: si lograba egresar como mejor alumno, se abrirían de par en par las puertas de mi carrera política. Me imaginé recibiendo la medalla de oro de manos del Presidente y que me invitara a trabajar con él. Exactamente lo que había ocurrido.
En el medio, había atravesado años de esfuerzo y angustias. Había sido muy difícil ingresar en esa escuela para hacer el curso de formación de dirigentes. La exigencia del examen era altísima y el cupo para alumnos que no pertenecían a partidos políticos era muy reducido. De seiscientos aspirantes solo ingresaban cien, y de esas plazas, apenas veinte eran para candidatos independientes como yo.
Una vez que superé esos primeros obstáculos me encontré con una competencia feroz. Yo no era el único que quería salir primero. ¿Sería el deseo todos? Dicen que todo sacerdote quiere ser obispo, todo obispo desea ser cardenal, y todo cardenal anhela ser Papa.
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En pocos meses, un pequeño pelotón de cinco o seis alumnos nos fuimos diferenciando con claridad de los demás. Era evidente que de ahí iba a salir el ganador. Cuando llegamos a la mitad del curso yo estaba agotado. Intuía que si quería ser el mejor, tendía que estar dispuesto a dejarlo todo, y más. Pero una duda corroía mi alma: ¿y si dejaba todo de lado —trabajo, pareja, vida social, descanso— para intentar conseguir ese objetivo y terminaba segundo, a las puertas del éxito? El segundo no es más que el primero de los perdedores.
Esa inquietud me estaba matando. Para terminar segundo o tercero, mejor no esforzarme tanto y vivir más tranquilo. Pero si no lo daba todo, ¿cómo podía saber hasta dónde era capaz de llegar? Y peor todavía: si salía tercero o segundo sin hacer demasiado esfuerzo, iba a perseguirme toda la vida la idea de que con un poco más de esfuerzo hubiera podido quedar primero.
Después de muchas idas y vueltas en mi cabeza, decidí correr el riesgo. Elegí exponerme a la frustración de darlo todo y terminar segundo antes que no arriesgarme tanto, esforzarme un poco menos y quedar a mitad de camino. Sabía que dándolo todo podía ganar, aunque no hubiera garantías. Me la jugué y tuve la suerte de conseguir mi objetivo.
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Después de entregarme la medalla de oro en el Salón Dorado de la Casa de Gobierno, el Presidente me invitó a conversar a solas con él. Me contó algunas de sus experiencias, me hizo varias preguntas y me ofreció trabajar en su equipo. Misión cumplida.
Después del gran evento invité a familiares y amigos a hacer un brindis en casa, y cuando todos se fueron, salí a caminar. Aunque intentaba contenerme, mi mente ya estaba concentrada en la siguiente meta: ser Presidente de la Nación.
Me sentía magnánimo por haber logrado algo tan importante y anhelado, y la ansiedad no paraba de crecer. Años peleando por llegar a la cumbre, y no podía tener ni un día de sosiego.
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Era consciente de la enorme dificultad y de la bajísima probabilidad de éxito de mis deseos. Me sentía abrumado con solo imaginar el camino que tenía por delante. Intenté recordar cómo había nacido aquel anhelo, porque no cualquiera fantasea con ser Presidente. ¿Qué había pasado en mi vida para querer algo semejante?
Un médico canadiense, Gabor Maté, dice que todas las adicciones son la respuesta a un trauma. Un mecanismo adaptativo para sobrellevar el dolor. Y que cuanto más grande el dolor, más fuerte tiene que ser la compensación, más potente el analgésico.
¿Qué dolor prometía calmarme la droga del poder? ¿El de la irrelevancia y la invisibilidad que había sentido desde que era chico? ¿El de la desvalorización que seguía sintiendo de adulto? ¿Esa inagotable necesidad de reparación es el origen de todo anhelo de reconocimiento?
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Hoy sé que no voy a ser Presidente de la Nación porque no estoy dispuesto a pagar ese precio. Y también, aunque me duela reconocerlo, porque no tengo las condiciones.
Además, con los años tuve la oportunidad de observar de cerca el poder y sus luchas despiadadas por alcanzarlo o conservarlo, y me di cuenta de que eso no es para mí. Nunca hay sosiego en el poder: cuanto más arriba se llega, más difícil es todo. Y no hace falta leer a Maquiavelo. Basta con haber ido al colegio para recordar que, a lo largo de la historia, la lucha implacable por el poder hizo que los hijos traicionaran a sus padres, las esposas envenenaran a sus maridos, o los hermanos se asesinaran entre sí.
Sé que no voy a reparar mis carencias siendo Presidente porque el éxito nunca sana lo que duele. El poder y el reconocimiento no van a resolver mi angustia, solo pueden servir como un alivio provisorio. Incluso estoy convencido de que agravan el problema. ¿O acaso algún adicto se curó aumentando su dosis de droga?
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El motor oculto de nuestras ambiciones es el dolor.
Pero el éxito no repara lo que está roto por dentro. Solo lo anestesia.
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* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli