Nuestra Tierra se llama la película que Lucrecia Martel acaba de estrenar. Es el quinto largometraje de la directora que sacudió la historia del cine argentino en 2001 con La Ciénaga, y es también su primer documental. Se llama Nuestra Tierra y ese nombre condensa la tensión del film que puede verse estos días en el cine: ¿quiénes son los dueños de la tierra? ¿quiénes le pueden decir “nuestro” a un pedazo de planeta?
Javier Chocobar tenía 68 años el 12 de octubre de 2009. Era parte del Consejo de Ancianos de la Comunidad Chuschagasta, parte de la Nación Diaguita, que es uno de los cuatro pueblos originarios más mayoritarios de la Argentina según el censo de 2022. Ese día se cumplían 517 años del desembarco de Cristóbal Colón y las tres carabelas en Guanahani, una de las islas de las Bahamas que hasta ese día se llamaba así y que, con el desembarco europeo (y católico), cambió su nombre a San Salvador.
A las seis y media de la tarde del 12 de octubre de 2009, un balazo impactó en la pierna derecha de Javier Chocobar y le destrozó la arteria femoral. No hubo tiempo de nada: el balazo lo desangró a la vista de su familia, sus amigos y sus compañeros de comunidad.
El homicidio quedó registrado en un video grabado por el celular de uno de los tres hombres que habían llegado al paraje El Chorro, en el monte tucumano, para reclamar ese pedazo de tierra y su explotación. Los hombres -un productor agrícola y dos policías retirados- grababan para registrar la acción de los chuschagastas, que proclamaban esa tierra como suya desde tiempos ancestrales, y ese video terminó siendo la columna vertebral del juicio oral y público que les valió a los tres una condena penal por asesinato y lesiones.
Inmunes al dolor
Lucrecia Martel se enteró del homicidio de Javier Chocobar por un noticiero que reprodujo el turbulento video que grabó Darío Amín, el productor agrícola que exigía las tierras de El Chorro bajo la argumentación de que las había comprado y que tenía la documentación respaldatoria.
“Cientos de cosas pasan por nuestra mirada sin dejar ninguna huella, porque estamos saturados de novedades. Muchas veces usamos la palabra invisibilizar para referirnos a lo que se ha intentado con la historia de nuestros pueblos, pero ya no es adecuada esa expresión. La saturación de imágenes, la sustitución permanente de noticias, nos ha vuelto inmunes al dolor”, le dice la cineasta a Infobae.
Y suma: “Yo ya había visto esas imágenes del crimen de Javier Chocobar en un noticiero. Pero las había olvidado. Esa historia que vi y olvidé, y volví a ver, es la historia en la que he trabajado, junto a una gran cantidad de colaboradores, durante 14 años. Cuántas cosas habremos olvidado por este torbellino inútil de novedades. Me da vértigo pensarlo”.
Casi quince años le llevó hacer este documental que cuenta el homicidio de Chocobar, el juicio a Amín y a los dos policías retirados que le hacían las veces de guardaespaldas -Luis Humberto Gómez y Eduardo José del Milagro Valdivieso Sassi-, pero que sobre todo cuenta el despojo de las tierras que sufrieron no sólo los chuschagasta, sino los pueblos originarios en general. Desde la Conquista hasta nuestros días.
El documental, una coproducción argentina, estadounidense, mexicana, francesa, neerlandesa y danesa, da cuenta no sólo del asesinato de Chocobar -a través de ese video que Martel vio, olvidó, volvió a ver y ya no pudo olvidar- sino también del juicio por ese homicidio, que demoró casi una década y que se llevó a cabo en 2018.
Da cuenta de la larga espera hasta que ese juicio oral y público se llevara a cabo, del careo entre Amín y uno de los integrantes de la comunidad chuschagasta, del tono en el que abogados y magistrados les hablan a los integrantes de esa comunidad, entre el maltrato y el paternalismo.
El desarrollo del juicio es el hilo que sostiene la tensión a lo largo de toda la película. Y alrededor de ese hilo se teje una trama mucho más ancha: el borramiento de los pueblos originarios de la historia oficial y, en ese borramiento, la ocupación de las tierras en las que esos pueblos se instalaron hace siglos por parte de quienes llegaron a esas tierras mucho después.
De la órbita terrestre a los Valles Calchaquíes
Nuestra Tierra va de lo particular a lo general. De ese 12 de octubre de 2009 a una historia que lleva siglos y que trasciende a los chuschagasta. Y aunque va de lo particular a lo general, empieza exactamente al revés: el planeta visto desde la Estación Espacial Internacional, a través de imágenes satelitales capturadas por la NASA. Lo que sigue es uno de los Valles Calchaquíes. Un valle verde, con talas y algarrobos. Un paraje con cancha de fútbol y bueyes. El paraje en el que Amín quería explotar la piedra laja y el en el que los chuschagastas querían seguir vivendo.
La película tira de distintos hilos que narran ese borramiento de la historia oficial. Un profesor cuenta que él en la escuela tiene que enseñar lo que el Estado dispone, y el Estado dispone que no hay que reparar demasiado en la historia de las comunidades que vivían en lo que hoy es territorio argentino antes de que la colonización desplegara su organización territorial, económica y social.
Una historiadora, Elena Perilli de Colombres Garmendia, cuenta en el documental cómo se va consolidando el reconocimiento de la propiedad individual en tiempos coloniales y, después, en épocas posteriores a la independencia. A la par de esa consolidación, se otorga documentación -escrituras, por ejemplo- que legitiman esa propiedad, mientras que la propiedad comunitaria no es reconocida. “El indígena no tenía acceso a la documentación”, dice, y suma: “De golpe las comunidades recrudecieron reclamando tierras, a veces con violencia”.
Otro historiador, Carlos Páez de la Torre, escucha un fragmento de uno de los artículos periodísticos que publicaba a diario en La Gaceta hace décadas y pregunta: “¿Yo escribí eso?”. Eso que escribió es que los chuschagastas “estaban extinguidos para 1807”. “Había que publicar todos los días…”, argumenta, y se acuerda de la escena final de una película en la que el protagonista dice: “¿Y qué va a decir la Historia de todo esto? Mentiras, como siempre”. Se ríe y fuma.
“Creo que algo escalofriante, casi tanto como la muerte misma, es comprender que la historia argentina está plagada de injusticias fruto de la impericia de los historiadores. Ni siquiera es necesario sospechar una estrategia de clase, o intereses económicos. Simplemente la vagancia, la falta de conducta profesional como historiadores. La banalidad del mal”, reflexiona Martel.
Cambiar un nombre para borrar una tradición
En el documental hablan varios integrantes de la comunidad chuschagasta, entre ellos, la viuda de Chocobar, Hortensia Mamani. A través de fotos, narra la historia de su familia y de sus compañeros de comunidad. Otro de los comuneros cuenta que sus apellidos -Mamani, Cata, Vargas, Chocobar- están en la comunidad desde hace siglos y que quienes fueron ocupando las tierras que ellos habitaban empezaron a llamarlos “peonada” y también “gauchos”.
“Cambiaron la forma de llamarnos y fue una forma de borrar a los indios”, describe uno de ellos, y sigue: “Eso ayudó a decir ‘el indio ha desaparecido’, que era exactamente lo que necesitaban para quedarse con las tierras”. El testimonio de los comuneros sirve para reconstruir no sólo el homicidio de Chocobar y el seguimiento del juicio, sino sobre todo la historia de la comunidad en esos valles que, en tiempos coloniales, había que surcar para ir y venir de las minas de plata del Potosí.
Mariana Carrizo es una coplera salteña, nacida en los Valles Calchaquíes. “Es probablemente la voz más magnífica de nuestra provincia”, dice Martel. Ella es quien pone esa voz al servicio de, si cabe, hacer una síntesis de la historia del pueblo chuscha. “La voz de los indios no aparece en la historia universal ni argentina”, sostiene Carrizo casi al final de la película.
Cuenta que ese pueblo diaguita está instalado en esa zona de lo que hoy es territorio argentino desde hace unos 350 años. Apenas antes de la Revolución de Mayo, un colono, Nicolás Molina, reclamó que se le vendieran las tierras bajo el argumento de que ya no había población chuschagasta allí: a esa altura, ya eran “la peonada” “los gauchos” o incluso “los vagos”, y hasta eran obligados a pagar arriendo por las tierras en las que habían vivido siempre.
El año de su presunta extinción como pueblo, 1807, coincide con la documentación sobre el pago de ese arriendo que era cobrado sin ninguna autorización de la Corona. Por un lado, se los consideraba ya inexistentes. Por otro lado, debían pagar por sus propias tierras, algo que sólo era posible porque, claro, sí existían. Mientras tanto, los que ocupaban el territorio se hacían de documentación que les era mucho más fácil conseguir que a los propios pueblos originarios. “A los niños que nacían en la comunidad no los registraban como chuschas”, narra Carrizo. Otra forma de extinguir a un pueblo.
“La república respetó más los papeles de la colonia que a los ciudadanos argentinos. ¿Cree en Dios, señoría?”, pregunta la coplera. Es una de las preguntas que el tribunal repetía a los testigos al tomarles declaración. “¿Estará viendo Dios todo esto?”, cierra Carrizo.
Un muerto, tres condenas
Sobre el final del juicio de 2018, Darío Amín fue condenado a veintidós años de prisión por homicidio agravado. Murió en 2021 por coronavirus. Luis Humberto Gómez fue condenado a dieciocho años de prisión, y Valdivieso Sassi, a diez. Estuvieron presos alrededor de un año y medio y recuperaron su libertad hasta que la Corte Suprema de Justicia de la Nación se expidió en octubre del año pasado. Gómez y Valdivieso Sassi volvieron a la cárcel.
Ese video turbulento en el que unos aducen tener escrituras y otros aducen contar con cautelares de la Justicia sirvió para probar que quien tenía la cámara también empuñaba un arma. Era Amín: su grabación fue la prueba del homicidio por el que se lo condenó.
El video muestra el “pecheo” entre Delfín Cata, uno de los comuneros, y Gómez, en medio de un conflicto que escala rápidamente. Muestra también cómo Gómez abre fuego y cómo a eso le siguen los disparos de Amín. Los tiros no sólo desangraron a Chocobar. También hirieron a Andrés Mamani en el tórax y a su primo Emilio, que aún lleva una de esas balas en una de sus extremidades. Andrés Mamani pasó varios meses internado en terapia intensiva y atravesó una docena de cirugías.
Esos minutos fatales del atardecer del 12 de octubre de 2009 condensan un conflicto atravesado por cómo la Corona primero y el Estado argentino después trataron a los pueblos originarios. Cuentan la historia de cómo la propiedad individual le ganó la pulseada a una mirada comunitaria sobre el territorio, y de cómo los hombres que llegaron en las carabelas y todos sus descendientes fueron y son tratados de manera muy distinta a cómo se trató y se trata a quienes ya habitaban estas tierras y a quienes los sucedieron.
“La Tierra es nuestro planeta. Pero también es el territorio. En castellano esto es muy comprensible. Pero ¿qué es nuestra? ¿Quiénes somos nosotros? Ese es el problema. No tenemos la menor idea de quiénes somos cómo país. Nuestra imagen como comunidad de argentinos es pobre, incompleta, excluyente. Qué difícil salir adelante así”, le dice Martel a Infobae sobre cómo le puso nombre a su primer documental. Ese nombre y esa pregunta, la de “¿quiénes somos nosotros?”, atraviesan toda la película. Y toda la historia de este país.