“Mi marido murió en un hotel con su amante”

Todo cambia con la perspectiva de la muerte. Hoy pienso que quizás la plenitud no esté en la perfección, sino en la capacidad de amar aun cuando lo que vemos del otro nos desconcierta o nos duele

Tal vez no me haya mentido por egoísmo, sino por miedo. A decepcionarme, a perderme, a lastimarle (Imagen Ilustrativa Infobae)

Esa llamada no identificada abrió las puertas del infierno.

Todo empezó cuando me comunicaron que mi marido había muerto, y empeoró a medida que fui enterándome del contexto de su muerte.

No murió en un lugar cualquiera ni en soledad. Fue en un hotel y acompañado por su amante. Que la autopsia revelara que la ruptura de ese aneurisma pudo deberse a un exceso de Viagra es, a esta altura, una anécdota desagradable.

Read more!

Fue un shock tras otro. La pérdida de mi compañero de toda la vida y una duda corrosiva que ya nadie podrá responderme: ¿con quién estuve casada? ¿Acaso nuestro matrimonio fue una ficción?

Como cualquier pareja, habíamos tenido momentos muy buenos y otros difíciles. Y si bien los últimos tiempos habíamos estado un poco menos cerca por tantas responsabilidades que teníamos ambos y por la rutina que nos pasaba por encima, ¿eso justifica su infidelidad? ¿Podríamos haberlo evitado si yo hubiera estado más conectada?

Al principio no supe qué pensar. Yo creía que después de tantos años juntos podíamos hablar de cualquier cosa. Habíamos sido testigos de un sinnúmero de infidelidades de parientes y amigos, y nos habíamos comprometido a que llegado el caso, nosotros lo hablaríamos. Entonces, ¿por qué no lo hicimos? ¿Qué había en él que no pudo contármelo? ¿Y qué había en mí que no tuvo margen de expresar lo que le pasaba?

Después de revisar hasta el cansancio el maldito celular de mi marido muerto, solo encontré un número recurrente. Su amante. ¿Habría tenido otras relaciones y eliminó los rastros a tiempo?

En un rapto de impulsividad le escribí, e increíblemente ella aceptó tomar un café. Fue extraño. El encuentro de dos viudas. No sé si me dijo la verdad o solo fue un acto de piedad, pero me confesó que aunque ella estaba enamorada, percibía que él no tenía más plan que ser amantes. Entonces me dijo algo que todavía no puedo olvidar: según él, ella era su oasis.

Aunque la conversación me trajo cierto alivio porque aparentemente yo siempre había sido la mujer importante en su vida, también me dejó dolida. ¿Por qué no fui yo su oasis? Y sobre todo, ¿por qué no me enteré de nada de lo que le pasaba? ¿Me habrá ocultado todo para cuidarme?

Los primeros tiempos fueron muy difíciles porque yo estaba muy dolorida. Tenía una mezcla de enojo por la pérdida y decepción por el engaño. Pero pasaron seis años y sigo llena de dudas que nunca voy a despejar porque ya no puedo hablarlas con él.

Sin embargo, algo bueno tiene todo esto, y es que sigo descubriendo cosas sobre mí misma. Con más de sesenta años, y habiendo vivido tantas cosas, me doy cuenta de que nadie puede satisfacer todas las necesidades del otro. Es una idea que nos hace mucho daño porque impide que aprendamos a vivir con la incompletitud. La vida no es perfecta y la pareja tampoco, pero así y todo puede haber plenitud en esa imperfección.

En el fondo, yo vivía en mi castillo de ilusiones e idealismos, de donde evidentemente no quise salir. Inconscientemente me creía por encima de todo esto, y hoy tengo que reconocer que no hubiera tolerado que mi marido me blanqueara una aventura. Y si yo no lo hubiera aceptado, ¿cómo puedo pretender que me lo contara? Él me conocía, seguramente percibía que algo así nos haría volar por los aires aunque para él su aventura no significara mucho en términos afectivos.

Quizás sí me haya ocultado todo para cuidarme. Para cuidarnos. ¿Pero tenía que morirse para que yo pudiera ver ciertas realidades?

Lo perdí en brazos de otra, y sin embargo el dolor más profundo no es su traición sino su ausencia. Todo cambia con la perspectiva de la muerte. Hoy pienso que quizás la plenitud no esté en la perfección, sino en la capacidad de amar aun cuando lo que vemos del otro nos desconcierta o nos duele. Ahora aceptaría lo que fuese con tal de que él estuviera vivo y siguiéramos juntos. Lo único no negociable sería que tuviera ganas genuinas de estar conmigo; lo demás ya no sería relevante.

Él no fue perfecto. Yo tampoco. Tal vez no me haya mentido por egoísmo, sino por miedo. A decepcionarme, a perderme, a lastimarle. Y si eso no es amor, ¿qué es?

* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”.www.youtube.com/juantonelli

Read more!