El grandote empuja. Eso lo sé no porque lo haya visto sino porque entro al vagón -línea H, martes, seis de la tarde más o menos- y el señor me corre con ese cuerpo que me debe sacar dos o tres cabezas y algún ancho. No va a ser un conflicto. Como hacemos los más débiles, o los más miedosos, paso para el fondo, pongo aire entre él y yo y se acabó el tema. Pero somos muchos hoy, no contaba con eso.
No es que el subte haya venido cargado. En la estación de avenida Santa Fe el tren se demoró bastante y nos fuimos juntando. No sabíamos qué pasaba: tardaba. Así que cuando por fin apareció, apenas en unos segundos lo llenamos por completo. Ahí entré al lado del grandote. Ahí me instalé luego, unos pasos más atrás.
Una estación, dos, todos más o menos haciendo equilibrio, más o menos evitando el codazo, más o menos cuidando la mochila y de repente, una voz. “¿Qué onda, amigo”? Ya se sabe: ese “amigo” no es amigable. Un “amigo” que es una amenaza (atenta, Real Academia Española, “amigo”, puede querer decir “enemigo”).

No me sorprende: es el grandote que empujó a otro, tan grandote como él. Lo lógico sería algo como “uy, disculpe”, pero el primer grandote responde con aspereza, el segundo se está enojando y el “qué onda, amigo”, empieza a ser mantra: qué onda amigo, qué onda amigo, qué onda amigo. Se dicen un par de cosas y vuela la primera trompada, mientras el subte corre de Corrientes a Plaza Once. Todo cerrado y somos muchos amontonados.
“Hay otra gente”, grita, solidaria, una mujer que va con auriculares. O sea: “mátense, si quieren pero en otro lado”. La trifulca va de acá para allá, los demás nos hacemos estampillas contra las puertas como podemos, los golpes suenan duros y aunque hay algún amague de separarlos, nadie se anima a meterse entre esos dos ursos.
Hasta que aparece el tercero, que no veo bien si defiende al grandote que empuja o al empujado. El tercero es mucho más chiquito, remera roja, pelo lacio. Primero escucho “Eh, gato, parate de manos ahora, puto”. Después veo: de un bolsito sacó una maza y no le alcanza con mostrarla: quiere pegar o quiere que el otro se rinda ostensiblemente, o no sé que quiere pero levanta la maza en ese espacio cerrado lleno de gente y va, como puede, detrás del primero -o el segundo-, que se hizo viborita entre los pasajeros.
“Hay otra gente”, dice de nuevo la señora y el de rojo “Eh, gato, parate de manos, bajate”, y revolea un poco la maza pero enseguida cambia y todo va a ser peor: “Vení que te punteo, gato”. Y, sí, tiene en la mano una faca, esos cuchillos precarios que se usan en las cárceles. ¿Falta mucho para llegar a la estación?
La escena dura un poco más: un grandote y el flaco con el cuchillo, la señora de “hay otra gente”, todos los demás a los gritos, “eh, gato”. ¿Este señor podrá controlar a quién “puntea” o la liga el que esté a tiro? Y... ¿vamos a dejar que le clave un cuchillo a un tipo por un empujón.. o por reclamar haber sido empujado?
Entonces llegamos a la estación, por la puerta del fondo bajan los dos que están juntos y por la del medio, el que escapa. El subte no sale. Desde el andén se siguen escuchando gritos mientras los que esperaban allí caminan como si nada, ignorantes de que hay un hombre “armado” y furioso a unos metros de ellos.
¡Policía!, grita alguien y, un poco después, se ve pasar a una agente. “El peligro es que arranque el tren y lo tiren al tipo abajo”, especula un pasajero a mi lado. “Quizás le quiso robar”, calcula otro, tratando de encontrarle un sentido a semejante pelea por nada. “Al final, va a dar miedo andar en subte”, dice una señora, que va más lejos.
Sí, señora, con semejante brutalidad y semejante locura, va a dar miedo andar en subte o en cualquier cosa. Así estamos: exasperados, agotados, intolerantes. Cumpliendo al pie de la letra un extraño mandamiento: odiaos los unos a los otros.
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