
-Vestite que te vas.
Esas cuatro palabras me llenaron de angustia. Se supone que debería alegrarme, pero dejar este sótano es la situación más riesgosa que me toca vivir desde que estoy secuestrado. Si el plan es rematarme con dos tiros necesitan sacarme de acá. Como a un ternero que lo llevan al matadero.
Es irónico que me sienta seguro en este lugar en el que estoy encerrado desde hace más de diez días. Mejor les voy a pedir que me dejen tranquilo. Sé que suena raro, pero a las pocas horas de estar acá ya me había adaptado. Como si toda mi vida hubiera sido así. La idea de que en cualquier momento pueden matarme va y viene. Igual, la capacidad de negación que todos tenemos me hace creer que eso no va a pasar, que es un escenario remoto. Como si no estuviera secuestrado por una banda de delincuentes.
No tengo dudas de que mi familia pagará el rescate, pero soy consciente de la fragilidad de todo el proceso. Sé que cada minuto puede ser el último. Me cuido de no mirar el agujero por donde me pasan la comida, no sea cosa que accidentalmente vea la cara de un secuestrador. A ver si por temor a que lo identifique en un futuro reconocimiento policial no tiene más remedio que limpiarme.
Después del shock inicial, cuando me golpearon y metieron en el baúl del auto en el que me trajeron hasta acá, fui recuperando alguna tranquilidad. Quizás me sienta contenido por estas cuatro paredes; o tal vez sea que ya llevo varios días sin que pase nada malo. Como si el pasado sirviera para predecir el futuro.
De a ratos se me dispara la angustia y tengo dificultades para respirar. Pienso en algunas de las formas en que podrían matarme; ahogarme llenando este sótano con agua; rociar todo con nafta y prenderlo fuego; asfixiarme con algún gas tóxico; envenenarme la comida; o simplemente sacarme de acá y pegarme dos tiros. Por suerte después de un rato la desesperación afloja y me tranquilizo. No tengo más remedio que aceptar la realidad y esperar.
-Ponete la capucha y quedate sentado. Y no hagas nada raro si querés volver a ver a tus hijos, me ordena el secuestrador.
Soy consciente de que estos pueden ser los últimos instantes de mi vida. Me acuerdo del día del padre que lo pasamos con los chicos comiendo hamburguesas y saltando sobre mi cama. ¿Volveré a verlos? Solo imaginarlos huérfanos, sin abrazos ni cosquillas me llena los ojos de lágrimas.
Sin quererlo una parte de mi cabeza me desestabiliza: esto es una trampa para que cooperes mansamente con tu propia ejecución. Pensá pronto una salida. La otra parte de mi mente me explica que no necesitan de mi colaboración para matarme. Y que tarde o temprano será inevitable dejar este cuarto.
Después de un rato que pareció una eternidad acepté que no tenía más remedio que seguir adelante. En breve sabría la verdad; si era una trampa tal vez pueda escapar. O no, y me maten como a un perro.
Al final me liberaron.
Hasta ese día yo era una de esas personas llenas de certezas, con respuestas para todo.
A partir de entonces me di cuenta de que aferrarme a lo conocido podía ser muy peligroso. ¿Cómo era posible que me sintiera más seguro secuestrado en un cuarto que vistiéndome para irme? ¿Qué me hacía pensar que manteniendo el statu quo en ese sótano de tres metros cuadrados estaría mejor?
También pude ver que estirar situaciones por el miedo al cambio, podía ser fatal. La vida fluye y nunca nos deja demasiado tiempo en un mismo lugar por más que querramos. Tarde o temprano tendremos que levantar campamento y adentrarnos en lo desconocido.
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