Controlá tus miedos antes que ellos te controlen a vos

(iStock)

¿Cuántas veces el miedo paraliza nuestras vidas? ¿Cuántas veces dejamos de hacer lo que deseamos por el miedo de turno? Es un sentimiento tan habitual que casi nos acostumbramos a sentirlo. Pero, ¿es algo normal? No, en absoluto. Al menos, no debería serlo. No necesitamos de los miedos para vivir. Al contrario, lo que necesitamos es deshacernos de ellos. Si deseamos vivir con plenitud y dicha, debemos dejarlo de lado de manera urgente.

El miedo surge de la mente dividida, esa que nos impide descubrir que somos mucho más que nuestros temores. Atravesamos la existencia creyendo que vivimos aislados, separados de los demás, cuando en realidad esa es, precisamente, la engañosa ilusión de la mente.

Los grandes maestros de la vida nos han venido enseñando que somos parte de una misma consciencia. A la vez, nos instan a recordar la unidad que existe entre todo lo creado. Cuando no vibramos alto, en amor, la energía que predomina es la del miedo: es una energía densa, como la oscuridad. La buena noticia es que desaparece cuando encendés tu luz.

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Ya sabemos que la mayor parte de los miedos surgen de nuestro intelecto. Es una idea arraigada que perturba, para hacerte creer que hay una posible amenaza (real o imaginaria). Cuando confrontás el temor, éste se evapora.

Pero, ¿cómo hacerlo? Primero debés acercarte hacia tus miedos. Hacerlo con todas tus fuerzas. Enfrentarlos con confianza y seguridad. ¿Para qué? Vivir con miedo va en contra de nuestra propia naturaleza. Cuando pensamos en enfrentar el temor nos llenamos de nerviosismo, ansiedad y pánico. Sin embargo, utilizando las herramientas correctas, es algo que puede superarse.

¿Por qué vivimos con miedo? ¿Por qué no podemos disfrutar de los momentos hermosos que nos regala la vida y de nuestros seres amados? ¿Por qué siempre estamos temiendo que algo "malo" suceda?

Muchas veces nuestra mente no descansa. Incluso parece disfrutar de ese sufrimiento, recordándonos aquellas cosas a las que les tememos.

Lo cierto es que el miedo necesita dos elementos para existir. Si logramos deschavarlos, exponerlos y no bloquearlos, entonces se va.

¿Cuáles son esos dos elementos? El primero es la identificación con el cuerpo.

Porque el miedo no es otra cosa que la identificación con algo que uno cree que va a perder. Ese algo parece tan real, tan nuestro, que la ilusión es que tenerlo nos da seguridad y nos mantiene vivos.

Este cuerpo, esta vida, es lo que creo que voy a perder.

"Tengo miedo a la inseguridad, a que me asalten, a que me abandonen, a que mi hijo se vaya a vivir a España, a que me rechacen, a la enfermedad. ¡Tengo miedo a la muerte!" Pero, ¿quién es el que sufre en todas esas afirmaciones? Sí, el que sufre es el cuerpo.

Es, en todos estos conceptos, el que sería golpeado, abandonado, rechazado, herido y finalmente disuelto.

"Tengo miedo a morirme". Crecemos sabiendo eso pasará (o creyendo que será así, que no es lo mismo) Por eso vivimos con miedo a morirnos. Mientras tanto, haciéndolo nos impedimos vivir. No resolvemos la historia de morir y en ese ejercicio mental se nos va la vida.

La realidad indica que vamos viviendo a medida que vamos muriendo. Irónicamente, cada respiración nos acerca más a la tumba. Eso que tanto queremos conservar ya se nos está yendo desde que empieza el derrotero.

En el Bhagavad Gita, Krishna dice: "El nacimiento implica la muerte".

El lenguaje también juega su parte. Solemos decir: "Yo tengo un cuerpo". Quizás deberíamos afirmar: "Yo soy un cuerpo". No obstante, uno vive como si fuera el cuerpo. ¿Quién es ese yo que tiene un cuerpo? Algo similar sucede con la mente.

El miedo concluye cuando entendemos que no somos aquello que tanto terror tenemos a perder. En ese momento desaparece el miedo a que nos ataquen, nos lastimen, nos abandonen. ¿A quién? A nuestro cuerpo, a nuestra mente. Si comprendemos que no es algo que podamos poseer, sabremos que no somos eso y en ese instante abrazaremos la liberación.

Lo que somos realmente no va a morir nunca, ya que no puede ser herido ni lastimado.

Somos mucho más que un cuerpo y una mente.

El segundo elemento que construye el miedo es el tiempo.

Como dicen los sabios, el único momento en que el tiempo cesa es aquí y ahora, en este instante, en este eterno presente. Es, por lo tanto, el único tiempo con el que podemos contar.

La mente, en cambio, viaja constantemente del pasado al futuro, de lo irreal (lo que ya pasó) a lo imposible (lo que todavía no sucedió). Necesitamos un futuro para que suceda eso a lo cual le tenemos miedo.

Decimos cosas como: "Tengo miedo a que me ataquen". ¿Cuándo? Algún día, mañana, en el futuro. "Tengo miedo de que mi pareja me deje". ¿Cuándo? El año que viene, dentro de diez años, ¡algún día!

La respuesta será la misma cuando pensemos en enfermarnos o en directamente morir.

En conclusión, para alimentar el miedo la mente necesita una única cosa: futuro. El único momento en el que no puede sucedernos aquello a lo que le tenemos miedo es aquí y ahora.

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