En 1941, con música de Sebastián Piana y letra de Cátulo Castillo, el tango "Tinta roja" dice en un instante de melancolía por el pasado: "Veredas que yo pisé / malevos que ya no son". Y ya rondaba entre los poemas de Borges cierta estrofa: "Esos tangos de Arolas y de Greco / que yo he visto bailar en la vereda".
Veredas de Buenos Aires, claro. Quiera la Providencia que aquellos malevos y aquellos bailarines de corte y quebrada no retornen, porque es posible (y hasta probable) que terminaran con esguinces, fracturas y todo el amenazante repertorio de las vereditas de la ciudad, que tienen ese no sé qué, como las tardecitas de: Balada para un loco.
Sí. Nada más cierto. La benemérita ciudad y puerto de Santa María de los Buenos Ayres tiene un esqueleto en el armario: sus veredas, su inframundo.
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A medida que la vista baja desde el cielo y goza de algunas bellezas (viejos palacios, nuevos rascacielos, verdes parques) y llega inevitablemente a muchas –muchísimas– de sus veredas, el buen humor se desvanece, y el peligro acecha. Porque son trampas. Son pozos. Son pedregullo, como si malévolos comandos nocturnos las machacaran con pico o maza. Casi no hay superficie lisa sin su francotirador: la punta saliente de una baldosa. Tampoco faltan las flojas y tambaleantes, cono su oculta carga de barro que convoca a la tintorería.
Y no hablo por boca de ganso sino de hueso: ya me han costado un grave desplazamiento de hombro, un desgarro de pantorrilla y una fractura de peroné, y a mi mujer, tres caídas en un año, con las correspondientes resonancias magnéticas y radiografía de las rodillas.
La cuestión tiene dos caras. El gobierno de la Ciudad ha mejorado algunas áreas, sin duda, pero insuficientes. Las empresas que excavan por reparaciones tapan tarde, mal y pronto, y andá a cantarle a Gardel. Y los frentistas, responsables legales de sus propias veredas, creen que el mundo empieza desde la puerta de calle hacia adentro. Van del pipí cucú a la nada, a la desidia.
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Algunos no tienen la moneda necesaria para encarar el problema, pero a otros les sobra, y lo mismo se hacen los osos.
Vivo en Paraguay al 1200. El consorcio es pequeño: apenas doce departamentos. Carecemos de opulencia, pero no de vergüenza, y por eso hicimos construir una vereda modelo: sólida, estética, y sujeta a mantenimiento al menor amago de deterioro, aunque algunos de la misma manzana –la calle Talcahuano, sobre todo– nos miren con gesto de "Qué ganas de tirar la plata".
Y así se va amasando una doble ciudad. Mitad orgullosa para mostrar a los turistas, y mitad un puzzle de escombros y de baldosas disímiles de color, tamaño y remiendos, sin contar el excremento perruno. Porque aquí, de pala y bolsita, ni soñar…
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Consejo para el viajero, porque el habitante ya perdió toda esperanza: venga a La Reina del Plata, pero mire más para abajo que para arriba: sus vacaciones pueden terminar en una ambulancia del SAME y el consabido yeso firmado por sus amigos…