
Una declaración científica del Colegio Americano de Cardiología (ACC) plantea que el ejercicio debe prescribirse como componente central de la prevención y el tratamiento de las enfermedades cardiovasculares. El documento, publicado en la revista JACC, propone que los profesionales incorporen indicaciones personalizadas de actividad física en la atención habitual, con objetivos posibles de sostener en el tiempo.
La recomendación, que fue destacada por el médico cardiólogo y divulgador Eric Topol en su cuenta de X, parte de un problema conocido: pese a la amplia información disponible sobre sus beneficios, el ejercicio todavía no se integra de modo consistente en las consultas cardiovasculares.
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Para el ACC, debería tener un lugar comparable al de otras intervenciones dirigidas a controlar factores de riesgo, como la hipertensión, el colesterol elevado, el tabaquismo o la diabetes.
El mayor beneficio aparece cuando una persona sedentaria empieza a moverse

La declaración pone el foco en una idea que busca alejar la exigencia de metas deportivas: cualquier nivel de actividad física es preferible a la inactividad. Los mayores beneficios absolutos para el sistema cardiovascular se observan cuando una persona que llevaba una vida sedentaria incorpora movimiento, aunque sea en una cantidad moderada.
“Los pacientes no necesitan convertirse en atletas para mejorar su salud cardiovascular”, afirmó Jonathan N. Myers, científico investigador del sistema de salud para veteranos de Palo Alto y presidente del comité de redacción del documento. “Pequeños aumentos en la actividad física pueden producir beneficios importantes, especialmente para quienes hoy son inactivos”.
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La baja aptitud cardiorrespiratoria, señala el ACC, anticipa el riesgo de enfermedad cardiovascular futura de una forma comparable a otros factores clínicos tradicionales. En cambio, mejorar esa capacidad se asocia con una mayor tolerancia al esfuerzo, menos hospitalizaciones y una mejor calidad de vida.
El comunicado también revisa los datos sobre caminatas. Aunque la meta de 10.000 pasos diarios se instaló como referencia popular, los datos analizados indican que entre 5.000 y 7.000 pasos diarios ya se vinculan con mejoras clínicamente relevantes y con una reducción de la mortalidad cardiovascular y total en muchos adultos.
La receta de ejercicio debe adaptarse a cada paciente

El ACC no plantea una fórmula única. La prescripción debe considerar el diagnóstico cardiovascular, los síntomas, la capacidad funcional, las metas del tratamiento y las preferencias de cada persona. El objetivo, según el texto, es que el plan sea seguro, alcanzable y sostenible.
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Esto incluye definir el tipo de actividad, la frecuencia, la duración y la intensidad adecuadas. El documento aborda ejercicios aeróbicos, de fuerza, equilibrio y flexibilidad, y sostiene que el entrenamiento de resistencia debería complementar el trabajo aeróbico en la mayoría de los adultos.
Las pruebas de esfuerzo previas tampoco son indispensables para todos. El comunicado indica que no suelen ser necesarias en personas sin síntomas o clínicamente estables que desean comenzar a hacer actividad física. Sin embargo, pueden ser útiles cuando el equipo médico necesita establecer una línea de base, evaluar la seguridad o definir la intensidad apropiada en pacientes determinados.
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En quienes viven con enfermedad coronaria, insuficiencia cardíaca, hipertensión, enfermedad arterial periférica, miocardiopatías, obesidad o cardiopatías congénitas, las indicaciones requieren una adaptación aún más precisa.
El movimiento protege al corazón más allá del peso corporal

El enfoque del ACC coincide con una revisión reciente de la Asociación Estadounidense del Corazón (AHA) relevada en una nota de Infobae sobre actividad física, obesidad y salud cardiovascular. Ese trabajo advirtió que el aporte del ejercicio no debería medirse únicamente por los kilos que se pierden.
La actividad física regular puede mejorar la presión arterial, la sensibilidad a la insulina, los niveles de colesterol y la aptitud cardiorrespiratoria en personas con sobrepeso u obesidad, incluso cuando no hay una reducción relevante del peso. Para la salud cardíaca, esos efectos tienen valor propio.
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El ejercicio favorece una mayor eficiencia del corazón y de los vasos sanguíneos para transportar oxígeno y nutrientes a los tejidos. También puede ayudar a disminuir o regular la presión arterial y a mejorar el perfil de lípidos.
La AHA recomienda como referencia al menos 150 minutos por semana de actividad aeróbica moderada —como caminar rápido, nadar o andar en bicicleta— o 75 minutos de actividad vigorosa. A ello suma dos jornadas semanales de ejercicios de fuerza. Pero el nuevo documento del ACC remarca que esas pautas generales deben ajustarse a cada situación clínica y que avanzar desde cero ya representa un cambio relevante.
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La rehabilitación cardíaca sigue como tratamiento de primera línea

Para los pacientes con enfermedad cardiovascular diagnosticada, la rehabilitación cardíaca ocupa un lugar prioritario. El ACC considera que estos programas son un tratamiento de primera línea y pide ampliar su acceso, ante las dificultades de cobertura, traslados y disponibilidad que limitan la participación de muchas personas.
La declaración respalda los modelos supervisados, domiciliarios, híbridos y virtuales. Cuando alguien no puede acceder a un programa formal, los autores sugieren que reciba un plan de ejercicio individualizado en lugar de quedar sin orientación.
Los dispositivos portátiles, como relojes inteligentes y pulseras de actividad, también pueden contribuir al seguimiento de pasos, frecuencia cardíaca y metas personales. El documento los considera herramientas complementarias para el autocontrol y la adherencia, sobre todo si forman parte de un programa estructurado. Su uso, no obstante, requiere contemplar las desigualdades de acceso y de alfabetización digital.
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El desafío es convertir el consejo general en una indicación concreta

La declaración propone que el asesoramiento sobre actividad física deje de depender de recomendaciones genéricas dadas al final de una consulta. Para ello, pide mejorar la capacitación de los equipos de salud, integrar la prescripción de ejercicio a la atención cardiovascular cotidiana e investigar estrategias que ayuden a mantener el hábito a largo plazo.
El mensaje final del ACC es que una indicación útil no se mide por su exigencia, sino por su posibilidad de sostenerse. Caminar más, sumar ejercicios de fuerza o participar en rehabilitación cardíaca pueden formar parte de una intervención terapéutica cuando el plan contempla la condición clínica y la vida cotidiana de cada paciente.
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