Dejar el pesimismo no es sencillo, pero sí posible (Shuttersotck)
Dejar el pesimismo no es sencillo, pero sí posible (Shuttersotck)

En el clásico cinematográfico italiano La vida es bella (1997), un padre explota su imaginación para recrear una realidad alternativa que proteja a su pequeño hijo de las atrocidades que les toca vivir en un campo de concentración nazi.

El film, escrito, dirigido y protagonizado por Roberto Benigni, apela a la posibilidad constante de un mundo mejor, a partir de un optimismo que sustenta todas las elucubraciones fantásticas de este progenitor que no se rinde ante la evidencia, ante el dolor, ante la desesperación. Y esa ilusión, que él también se termina creyendo, es la clave, el motor, la esencia humana que permite seguir hacia adelante.

En el marco del ciclo científico de Infobae #La vida secreta de la mente, Mariano Sigman, doctor en Neurociencia, invitó a trazar una línea imaginaria, en donde los pesimistas se ubican en el 1 y los optimistas en el 10.

"¿Dónde te ubicás? Cada uno, se coloca en un lugar distinto. ¿Qué hace que seamos optimistas o pesimistas? ¿Qué es mejor?"

Sigman comentó que existen muchos indicios de que tanto uno como el otro tenga un componente genético: "Se hicieron estudios con trillizos que mostraron un posible 30% de carga genética en esta características de las personalidad, lo que no se sabe todavía cuáles son los genes que contribuyen a esto. De hecho, son rasgos que se expresan muy pronto en la vida, relacionados al temperamento, lo que demuestra que tienen un fuerte componente en el ADN".

Para el neurocientista existe una "idea natural, pero equivocada", que asegura que conviene ser pesimista. Y ejemplificó: "Si se va al cine y te dicen que la película es muy buena, las expectativas pueden convertirse en tan altas que no puede sino defraudarte".

"Muchas veces se tiene la intuición que conviene poner expectativas bajas, ser pesimista, pensar que las cosas van a ser malas, para que luego la realidad sea mejor y uno se sienta bien. Esto no funciona por tres razones", explicó el director del Laboratorio de Neurociencia de la Universidad Di Tella e investigador del CONICET.

"Los pesimistas se autoboicotean la vida. Hay un montón de razones que demuestran que conviene ser optimista, de manera razonable, tampoco es bueno tomar riesgos completamente innecesarios. El optimismo es un motor para la acción y en el pesimista pasa exactamente todo lo contrario. El pesimista en su creencia puede llevar a que ni siquiera intente realizarlo".

Las tres claves para dejar el pesimismo

Primera: "Lo que define a los optimistas o pesimistas no es tanto las expectativas que tienen sobre el futuro, sino cómo interpretan las cosas. El optimismo no tiene que ver con el futuro, sino con el pasado".

Por ejemplo: cómo reacciona alguien frente a un examen. "Supongamos el caso de que rendimos una prueba y nos fue mal". Ante este resultado hay dos posibilidades, dijo Sigman, se pueden pensar dos cosas: "soy un burro, no sé nada o tuve mala suerte, me dieron el tema equivocado".

"El optimista piensa que una mala noticia del pasado -ir mal en el examen- no tiene nada que ver con él y que cuando se repita esta situación va a salir bien. En cambio, el pesimista piensa que eso se va perpetuar, que siempre va a ser así. El optimista es un tenista que pierde un set y piensa 'el segundo lo voy a ganar porque no tiene nada que ver con el primero'. Con los éxitos en el pasado es al revés. El optimista piensa 'me fue bien porque soy un campeón', el pesimista cree que tuvo suerte y en la siguiente le va a ir mal".

Segunda: Más allá del encuentro entre las expectativas y lo que sucede después, una gran diferencia es cómo viven los optimistas "el camino".

"Hay un estudio precioso que hicieron unos economistas. Les dijeron: Imaginá que una persona que te gusta mucho, que puede ser famosa, te va a dar un beso. Y le dieron la posibilidad de elegir cuándo: un día, dos, una semana, un año. Además, les dijeron que debían pagar por cada día que retraso en el encuentro. Si era de inmediato era gratis, pero después por cada día de espera aumentaba la suma".

El especialista sostuvo que para los economistas la respuesta natural era que lo elijan enseguida, que es cuando las cosas tienen valor. Sin embargo, "la gente lo pedía más tarde; o sea, preferían pagar. Todo el mundo elegía que eso, que era muy placentero, sucediera en 5, 15 ó 20 días. Y eso es porque el camino de esos 20 días era parte del disfrute. Es decir, el optimista disfruta todo el camino más allá del final".

Tercera: "Hay una razón que explica porque el optimista es más feliz y generalmente le va mejor es porque hay una suerte de profecía autocumplida. Cuando una persona tiene mucha confianza en poder lograr algo, eso no solo cambia su estado anímico, la manera de sentirse, sino la capacidad que tiene de alcanzar sus metas. El ejemplo más exagerado es el del pesimismo extremo, una persona depresiva, que se encierra y literalmente sigue esa creencia".

Para Sigman esta rasgo  negativo "se puede trabajar", pero se necesita "voluntad, motivación, paciencia, tiempo y esfuerzo, ya que los resultados que no son drásticos. No basta con proponérselo, no hay una receta mágica. Sí conocer que el optimismo tiene que ver con aprender a ignorar algunas cosas del pasado, con no recordar tanto las malas noticias, sino comenzar a ignorarlas".

"Como muchos sesgos del temperamento es difícil elegir si ser optimista o pesimista. Es algo que tiene ver con quiénes somos y es un tema muy idiosincrático y profundo. Pero reconocer esto, saber que sirve trabajar el optimismo, que nos lleva a un lugar mejor, es un buen punto de partida para comenzar a cambiar", finalizó.