Cata Bonadeo habló de su depresión, la autoexigencia y el miedo a mostrarse vulnerable: “Dormir era la única manera de apagar la mente”

En Ellas, la periodista repasó su camino personal, atravesado por momentos de oscuridad emocional, la dificultad para pedir ayuda y la presión constante que la acompañó durante años. También reflexionó sobre la importancia de hacer visibles los procesos internos, apoyarse en profesionales y en los afectos más íntimos, y sostener un trabajo cotidiano para construir bienestar

Ellas - Catalina Bonadeo

“Dormir era la única manera de apagar la mente. Y así podés pasar días. Es realmente como un yunque que tenés puesto en el cuerpo, con la cabeza que te va a mil”, relató Catalina Bonadeo en Ellas, el ciclo de entrevistas de Infobae.

Cata es periodista deportiva y conductora, y forma parte de la tercera generación de una familia profundamente ligada a los medios: es hija del reconocido periodista Gonzalo Bonadeo y nieta de Diego Bonadeo. Desarrolló su carrera en televisión, radio y medios digitales, con pasos por señales como El Trece y TN, y también condujo programas en Vorterix. Actualmente, es parte de ESPN.

Aunque en un inicio intentó alejarse del periodismo, terminó consolidando su propio camino en los medios, especialmente en el ámbito deportivo. Paralelamente, se destacó como corredora de montaña y referente del running, disciplina que combina con su actividad profesional.

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Su historia también está marcada por un fuerte proceso personal: ha hablado abiertamente sobre su lucha con trastornos alimenticios, ansiedad y depresión, y se convirtió en una voz que impulsa la visibilización de la salud mental y la importancia de pedir ayuda.

“La culpa hay que correrla”: Catalina Bonadeo y su camino para reconstruirse desde adentro. (Maximiliano Luna)

—¿Con qué Cata me encuentro? ¿En qué momento de tu vida estás?

—Ahora con una Cata más consolidada en lo personal, en el trabajo, con cambios laborales que obviamente a veces surfear la ola te pone un poco incómoda o la incertidumbre... Soy de Tauro, así que imaginate que correrme de la estructura es medio complejo. Pero la verdad es que muy contenta haciendo un laburo interno súper esperanzador también, con psicóloga. Ese tipo de cosas que te hace conocerte un poco más, interiorizar. Así que eso más consolidada.

—Viste que hay etapas de la vida que es como que uno tiene la energía habilitada para hacer todo ese insight. ¿Sentís que estás en esa?

—Sí, la verdad es que me costó bastante porque viste que ahora se habla mucho del tema de la ansiedad, la depresión... Y creo que la gente se está animando más a contar esos procesos porque cada vez es más habitual desestigmatizarlo un poquitito y, cuando te suceden esas cosas, es lo que vos decís, no estás energéticamente disponible para el disfrute, para el trabajo, para tu pareja. Y creo que ahora en esto de consolidarme hace que esté más abierta, más consciente de las cosas. Y eso obviamente hace que lo disfrute más.

—¿Cómo lográs un equilibrio antes de empezar a decir quiero hacer un insight, pero estoy pasando por todo esto?

—Siempre decimos hay gente que está peor y hay gente que está mejor, que eso te da como un poco de envidia (risas).

—Pero a veces no sé si es un consuelo...

—No, obvio. El problema es propio y cada uno hace lo que puede en la vida. Creo que el trabajo es muy extenso, es largo y hasta muchas veces dura toda la vida, con altibajos, con recaídas. Me parece que no sé si hay un punto de inflexión donde decís: “Bueno, tuve ansiedad o tuve depresión o tuve algún trastorno y a partir de acá mejoro”. El trabajo en realidad es más profundo en cuanto a la esencia y desde dónde venís, tu familia, parejas, el laburo empieza ahí. Mamá y papá claramente hicieron lo que pudieron y es parte también de entender todo eso, ¿no? De cómo te afectan o te benefician cosas en la infancia que hacen que te conviertas en quien sos. Y me parece que el punto de inflexión fue ese: poder empezar a, no sé si a perdonar, porque para mí el perdón es una palabra y un concepto bastante power. Pero sí sanar y darme cuenta que en muchas cosas nada es personal y que la culpa hay que correrla de lado. Esto de sentir ¿por qué no puedo disfrutar? ¿Por qué no puedo hacer esto? ¿Por qué no me puedo enfocar en tal cosa? Y para mí eso es todo culpa. Y la culpa hay que correrla de lado.

—¿Sentís que tuviste que trabajar y sanar muchas cosas a partir de tu recorrido desde chica?

—Sí, la verdad que sí. Una infancia muy compleja, por cuestiones de mamá y papá, por decirlo así, que le pasa a mucha gente. Una infancia muy difícil donde había una Cata muy insegura, que en el colegio no le iba muy bien, que era muy exigente. El 9 no era bueno, tenía que ser un 10. Y eso obviamente venía desde la gente que te criaba, ¿no? La exigencia fue un punto que tuve que laburar muchísimo. Entender la diferencia entre lo que es el compromiso y la exigencia me parece clave. Tuve problemas de alimentación también. Ahora tengo amigas de toda la vida del colegio, pero en su momento no me llevaba bien. Algunos casos de bullying, como que hubo una Cata muy sufrida cuando era chica, que se sentía muy culpable, que sentía que si no era perfecta no la iban a querer de la manera que ella necesitaba. Y todo eso se fue consolidando. Es un montón para sanar. Yo con tratamiento de psicóloga empecé desde muy chiquita por esta cuestión de líos y quilombos familiares, que en ese momento había que resolver sí o sí y urgente. Pero después entendí que es clave para toda la vida el hecho de pedir ayuda. El pedir ayuda es todo, es lograr correr el ego, con todo lo que eso significa y decir: “Bueno, sola no puedo”.

—El hecho de que vos hayas visibilizado ciertas partes de tu proceso, ¿invitó también a una conciencia de todo tu grupo familiar?

—Sí. A ver, visibilizado así públicamente me dio mucho miedo por esto de la estigmatización de la salud mental. Hace un par de años empecé a hablar un poco más y salieron figuras súper importantes como Tini, Chris Martin, entre otros, a contar sus experiencias. Gente que decís: “Loco, tenés la vida perfecta, ¿cómo puede ser?” Desde el lado de afuera decimos: “¡Wow!”

—Sí a ellos les pasa, ¿por qué no nos puede pasar?

—Sí. Te sentís menos raro de alguna manera y menos solo. Para mí, los que hemos sufrido este tipo de enfermedades nos sentimos muy solos, sentimos que nadie nos entiende, que nadie está en nuestros zapatos y que nadie sabe lo que realmente se siente estar ahí. Estar, no sé, inmersa en un ciclo complejo con el tema de la alimentación, no poder levantarse de la cama, no poder enfocarse en el disfrute, no disfrutar de tu familia, de las cosas del día a día. Entonces ahí viene la culpa. En mi familia no fue muy difícil contarlo, visibilizarlo. Obviamente sí un poco de temor porque mostrarse vulnerable es un montón...

—Más en un contexto familiar de súper exigencia, ¿no?

—Totalmente. Pero hablándolo me di cuenta que muchos de nuestra familia pasamos por lo mismo o tenemos distintos procesos donde se fueron encontrando con este tipo de cosas y ahí decís: “Bueno, es lógico que, viniendo de la misma familia, a todos nos haya pegado por algún lado”. Quizás a algunos nos pegó un poco más fuerte o entramos en situaciones más graves, otros menos. Pero nos unió de alguna manera saber que estábamos en la misma con mis hermanas, con mi viejo, como que nos une y nos hace acompañarnos.

—¿Y te han pedido disculpas tus padres en algún momento?

—Tengo muy buena relación con mi viejo, con mi vieja no tengo relación y... Esto muy privado, pero me siento en confianza para decírtelo. La que siempre manda mails pidiendo disculpas es mi mamá. El tema es que, en esto de no tener vínculo y de no haber podido todavía laburar un montón de cosas que pasaron, todavía no estoy lista para enfrentarme a esto. Todavía estoy con mi quilombo, con mi trabajo interno. Con mi viejo es distinto, a él le cuesta un poco más. Expresa las cosas de distinta manera. Quizás no se te sienta con una copa de vino, con un mate y te dice: “Che, perdón por esto, por esto y por esto”. Pero expresa el amor desde otros lugares.

“No podía ni levantarme de la cama”, explicó la entrevistada sobre el momento que marcó un quiebre en su vida. (Maximiliano Luna)

—¿Sentís que advierte o ve si tuvo una parte responsable en no poder asistirte en ese proceso?

—Sí, lo ve, lo re ve. El tema es que él también está con su propio proceso. Lo empezó bastante tarde y hasta ahí me voy a quedar porque es suyo y es súper privado.

—¿Qué encontrás en él como abuelo que no encontraste como papá?

—Esto de estar más presente, pero no porque él no haya querido sino porque es una persona que se rompió el lomo trabajando. Las veces que no pudo estar es…

—Estaba al aire.

—Sí, (risas). No sé, faltó a cumpleaños por los Juegos Olímpicos. Más que nada con mi hermana Martina, porque caía justo en esa época. Pero sé que no lo hizo porque realmente no podía y porque su forma de mostrarnos amor y seguridad era a través del trabajo y de los recursos. Y eso es algo de lo que nosotras no nos podemos quejar. Yo tengo mucha conciencia social, es algo que laburé muchísimo más allá de haber nacido como en una cunita, no te voy a decir de oro, pero con muchos recursos. Me abrió mucho la cabeza ir a la UBA, por ejemplo.

Vinculación con el periodismo y la carrera profesional

Catalina reconoció que durante su niñez y adolescencia sintió celos y cierto recelo hacia la figura pública de su padre. Recordó cumpleaños en los que deseaba tener a su papá solo para ella, lejos de los pedidos de fotos y autógrafos, y cómo con el tiempo entendió que era parte de su trabajo y de ser una persona expuesta. Esa exposición, que al principio generó incomodidad, hoy la comprende también desde su propia experiencia en medios.

Durante un tiempo, buscó alejarse del periodismo. Eligió estudiar medicina tras mucho trabajo interno y reflexión, con el deseo de no repetir el camino de su padre. Sin embargo, reconoció que la vocación periodística era también parte de su historia familiar y personal. Para ella, su padre y su abuelo fueron referentes en el oficio, y cargar con ese legado implicó una presión adicional.

A pesar de ese peso, pudo construir su propio recorrido. Trabajó varios años en eltrecey Telenoche en interés general, y al pasar al periodismo deportivo pudo encontrar una identidad propia, más cercana al fútbol y al análisis táctico, ámbitos en los que disfruta y se siente en su elemento. “Logré diferenciarme bastante y eso me parece que está muy copado”, afirmó.

El consejo principal que recibió de su padre, y que conserva como un mantra personal, es: “Nunca pierdas tu esencia. Siempre sé fresca, sé fiel a lo que querés, a tu historia, más allá de lo que es el laburo y estar en la tele”. Para Bonadeo, ese mensaje funciona como un punto de regreso en los momentos de duda o dispersión, tanto en su carrera como en su vida privada.

Punto de inflexión y procesos personales

—Lo que me parece que es muy loable y es interesante es que naturalizás visibilizar ese proceso, que, en general, no se muestra tanto o no se habla tanto.

—¿El proceso interno decís?

—Sí, en definitiva es lo que decías: es la vida, todo va de la mano. El crecimiento profesional, los vaivenes… es una profesión muy inestable y, si además se suman cuestiones de salud mental, el desafío es doble.

—Sí. De hecho, a mí me daba mucho miedo. Yo ya lo conté hace varios años lo que estaba pasando. Ahora, por suerte, estoy muchísimo mejor por esto de pedir ayuda, tener tratamiento, contar con profesionales, mi familia, mi novio y demás. Pero en su momento me daba mucho miedo porque es esto es mostrarte vulnerable. Y la gente quizás puede pensar un montón de cosas u opinar: “Esta persona está loca”. Y lo engloban en eso en vez de ver a la Cata profesional o a la Cata buena persona, mismo dentro de mi familia que en vez de ver a la Cata hija, la Cata novia, la Cata hermana, vean la enfermedad y como que eso te defina. Yo tenía miedo que me pase eso.

—¿En qué momento perdiste ese miedo y entendiste que eso no era así?

—Cuando entendí que era muy importante visibilizarlo. Lo decidí yo sola. No me voy a poner como ejemplo de absolutamente nada. Nunca lo haría. Pero tenemos un micrófono, Luli. Y para mí los que tenemos un micrófono tenemos una responsabilidad enorme y me parece que hizo que me muestre más humana. Y que la gente entienda que podés laburar en televisión, pero no por eso significa que sos millonario, que tenés la vida resuelta, que tu vida es perfecta, que es todo color de rosas, para nada, estamos todos en la misma y creo que es muy importante que lo sepan, porque muchas veces, erróneamente para mí, la gente te ve un poco más arriba porque laburás en televisión. Te idealizan. Y ver que esa gente está pasando por lo mismo, es un montón. También me daba mucho miedo contarlo en el trabajo. Esto fue hace un par de años. Ahora, por suerte, estoy mucho más asentada y mucho mejor. Pero en su momento lo tuve que contar y era: “Che, mirá, hoy no puedo ir a trabajar. Me está pasando esto. No me puedo levantar de la cama”.

—Físicamente, este “no me puedo levantar de la cama”, ¿cómo es?

—No es ni tengo fiaca, ni tengo sueño, ni no quiero ir al gimnasio, ni hoy, no sé, llueve y no quiero ir a trabajar. Es realmente como un yunque que tenés puesto en el cuerpo donde la cabeza, más que nada con lo que es el trastorno de ansiedad y depresión, que muchas veces se confunde, o sos ansiosa o estás hecha una lechuga ahí tirada, muchas veces es el mismo trastorno. Entonces imaginate que vos tenés la cabeza que te va a mil, pensamientos intrusivos de todo tipo y no te frena en ningún momento. Todo el tiempo pensando y pensando para adelante. Y como estás tan bloqueada por eso, entrás en una depresión, en esto de no poder conectar. La apatía para mí es la principal característica de lo que es la depresión. Te da todo igual. No tenés ganas de hacer nada. Entonces físicamente terminás en la cama. Para mí una de las principales razones y lo que me pasaba físicamente en el cuerpo y en la cabeza era que dormir era la única manera de apagar la mente. Y así podés pasar días.

—Y en ese contexto, ¿cuándo recordás que fue el primer momento que dijiste: “Necesito ayuda”?

—Volví de un viaje hace un par de años, que nos fuimos al lugar más paradisíaco del mundo, a la playa, al Caribe, con mi novio. Y la pasé muy mal. Y podés estar en el lugar más lindo del mundo, pero me quedaba llorando en el cuarto. Si no iba a entrenar antes de desayunar, por ejemplo, pensaba que la comida, ya sea el huevo revuelto con jamón o tres facturas, no importa, no hay diferencia, me iba a engordar, entonces no me iba a poner una bikini para ir a la playa. Entrás en un loop que no para. No lo podés disfrutar. Y me acuerdo que volví de las vacaciones y mi novio me dijo: “Cata me parece que hasta acá llegamos”. No en la relación, sino en cómo estaba yo. Y me dijo: “Hay que pedir ayuda”. Yo ya venía con psicóloga, pero me dijo: “Hay que expandirlo”.

“Pedir ayuda es todo”, expresó Cata en diálogo con Luli sobre el proceso que la ayudó a salir adelante. (Maximiliano Luna)

Deporte, running y estrategias de bienestar

Catalina advirtió sobre el riesgo de idealizar el deporte como única vía terapéutica. Si bien reconoció que correr, especialmente en montaña, puede funcionar como una suerte de meditación y espacio de conexión interna, subrayó que no debe confundirse con un tratamiento formal para la salud mental. Explicó que muchas personas creen que las endorfinas y la sensación de bienestar tras entrenar son suficientes para sanar, pero insistió en la necesidad de buscar ayuda profesional y acompañamiento integral.

Relató que correr en montaña es su mayor momento de meditación y conexión, y que el sur del país se ha convertido en su lugar en el mundo. Para Bonadeo, el compañerismo y el respeto por la naturaleza son centrales en esa experiencia. Recordó una reciente carrera en Bariloche, donde, tras quedar sola en el sendero, vivió un “trance” de absoluta conexión con su cuerpo y el entorno. Sin embargo, señaló que para poder disfrutar de esos espacios primero tuvo que atravesar un proceso de tratamiento y recuperación. “Si yo no hubiese tenido todo el tratamiento que tuve, ni siquiera de eso podría disfrutar. Yo no podía ir a correr. No podía salir de la cama ni para laburar, ni para ir a correr, ni para nada”.

—Me parece interesante algo que decís que es que uno convive siempre con esta situación a lo largo de la vida, que el proceso es continuo y puede haber recaídas. ¿Sentiste miedo de no poder salir y pensar que esa situación iba a ser para siempre?

—Sí, porque cuando la ves oscura es muy difícil la apatía. Que realmente no te importe nada. Decís: “¿Y si no me levanto mañana? ¿Y si no me despierto mañana? Ya está”. A lo sumo voy a tener la cabeza apagada. Y me pasó durante mi proceso, hace un par de años, de decir: “Bueno, esto es genético, esto es por lo que yo aprendí, es lo que mamé de chica, va a ser así toda la vida”. Y probablemente sea así toda la vida. No te digo el estar en ese punto oscuro sino el tener que transitar como es una enfermedad. Vos tenés una enfermedad grave y quizás la tenés que transitar durante toda tu vida. Me parece que lo mental, más que nada, es un laburo de todos los días.

—Si pudieses tomarte un mate con la Cata de hace 10 o 15 años atrás, ¿qué te dirías?

—Le diría que va a poder. Que la vida se le va a poner jodida, pero que va a llegar un momento donde va a entender que los desafíos se le presentan a gente que lo puede tolerar. Si te pasa es porque podés y vas a poder corriendo el ego, no creyéndote que sos súper poderosa, bajando la guardia y pidiendo ayuda. Creo que le diría eso. Me daría mucha ternura hablar con la Cata chiquita. La cuidaría, la abrazaría. Es algo que hablamos mucho con mi psicóloga y quiero aprovechar también para agradecerle a toda mi familia y también a todo el equipo que me acompañó en su momento. Y si esto sirve para algo o para alguien que esté escuchando del otro lado, me anima.

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