
La Campanera, ubicada en el municipio de Soyapango, en El Salvador, era considerada hace menos de tres años como la colonia “más peligrosa del mundo”. Había sido tomada por la Mara Barrio 18. Los pandilleros se apoderaron del lugar por asalto. A punta de cañón desalojaban a las familias y obligaban a los niños a hacer “de postes” para dar aviso a si hasta esos pasillos llegaba la policía. Las madres decidían no mandar a sus hijos a la escuela para evitar que sean “reclutados” y los jefes de familias que se resistían a abandonar sus hogares eran masacrados y enterrados en fosas comunes. Desde que Nayib Bukele impuso el Estado de Excepción, hace poco más de mil días, la comarca fue recuperada y la mitad del lugar ya fue reconstruido. Las propiedades fueron entregadas a sus dueños o a los deudos.
Su bien la estructura no se parece a las villas del conurbano bonaerense, de Rosario o de la ciudad de Buenos Aires, hay que transitar por largos pasillos, muchos de ellos en subida, para cruzar de un extremo a otro.

“La vida loca”
En las paredes de los alrededores de una pequeña “canchita”, un terreno baldío, aun quedan los impactos de las balas y el dibujo de calaveras con huesos cruzados. También el contorno borroneado con la letra y número “B18″ que caracteriza a esa mara.
Era el espacio elegido por los mareros para “brincar” a sus nuevos miembros. Este era el “acto de iniciación”. El aspirante a pandillero primero debía soportar una golpiza de 18 segundos. Después debía asesinar a un salvadoreño.
Este cronista recorrió el lugar enviado por Canal 26 y hoy describe esas vivencia en Infobae. Los vecinos aseguran que ya no tienen miedo ni obligan a sus hijos a permanecer en las casas. Tampoco escuchan las balaceras que sembraban terror.
“La Campanera era una comunidad muy afectada por la inseguridad. Somos sobrevivientes de la delincuencia”, describe Teresa, una de las referentes del lugar que colabora con la alcaldía y el Ministerio de Vivienda para hacer de La Campanera lo que era 20 años atrás. “Antes era preferible que los niños estuvieran adentro de sus casas y no afuera. Las pandillas reclutaban a los chicos en las escuelas”, recuerda. Está parada frente a la puerta de su casa. En la puerta montó un puesto de venta de ropa y otros artículos para ayudar con la golpeada economía doméstica. “El proceso fue muy difícil. Los que vivimos en La Campanera, somos unos diez mil, estábamos estigmatizados, creían que todos éramos pandilleros. Y no es así. Nosotros fuimos víctimas de la delincuencia, pero estamos saliendo adelante”, dice esperanzada.

El 2 de septiembre de 2009 La Campanera fue noticia mundial. Ese día el periodista franco-español Christian Poveda fue asesinado por integrantes de la Mara Barrio 18.
Durante 16 meses documentó la vida de esa pandilla, trabajo que culminó en el documental “La vida loca”.
Las investigaciones señalaron que miembros de la M18, sospechando que Poveda colaboraba con la policía, planificaron y ejecutaron su asesinato.
La versión de los vecinos es otra. El periodista se había comprometido a que su investigación no se publicaría en los medios salvadoreños. Pero, al filtrase en la TV local algunos fragmentos de aquel crudo retrato que reflejaba la guerra entre los integrantes de Barrio 18 y la Mara Salvatrucha 13, lo citaron a uno de los habituales encuentros para brindar supuestos testimonios y lo masacraron.
En marzo de 2011, un tribunal salvadoreño condenó a 11 personas por su participación en el crimen, con penas que oscilaron entre 4 y 30 años de prisión. Los que actuaron como “gatilleros” purgan condena en el CECOT, el duro Centro de Confinamiento del Terrorismo, la prisión de máxima seguridad inaugurada por el presidente Nayib Bukele para encarcelar a los pandilleros más peligrosos de El Salvador.
Su documental sigue siendo una referencia para comprender la compleja situación que vivió el país centroamericano.

“Estigmatizados por los terroristas”
En la recorrida por la colonia, el ministro de Seguridad Publica, Gustavo Villatoro, asegura que las pandillas habían copado el 85% del territorio salvadoreño.
“La Campanera fue uno de los barrios estigmatizados por estos terroristas que por más de 20 años realmente fueron los que gobernaron este país y que tenían el control casi total del territorio salvadoreño”, dice Villatoro. El ministro de mayor peso del gabinete presidencial habla en el centro de una pequeña placita de juegos. A su espalda una de las paredes está ilustrada con la figura de un niño rodeado de pájaros. Entre ellos colibrís y torogoz, el ave nacional.
Si bien en El Salvador Bukele goza de una popularidad que se asemeja a una estrella de rock por el éxito de su guerra contra el pandillaje, Villatoro es muy reconocido en las calles. Camina con su uniforme azul y gorra que dice “Gabinete de Seguridad”, chicos de menos de diez años que lo identifican lo llaman por su nombre de pila y corren para saludarlo. Lo abrazan.

Villatoro afirma que desde que se decretó el Estado de Excepción se encarceló a “más de 84 mil delincuentes” y destaca que de ellos más de 13 mil están presos en el CECOT. “Tienen que entender, y aquí vale la pena aclararlo, que el CECOT, el Centro de Confinamiento de Terroristas, está diseñado para los miembros de estas organizaciones terroristas y definimos como miembros a los asesinos seriales, no para los colaboradores”.
“Un antes y un después en La Campanera”
Son las 8.45 de la mañana. Las mujeres ya calientan las planchas metálicas para cocinar las típicas “popusas”: tortillas gruesas de maíz hechas a mano, apenas saladas y rellenas con frijoles, queso o carne de cerdo.
Las calles, como en todo El Salvador, están militarizadas. Efectivos del Ejército o la Marina, patrullan junto a la policía salvadoreña. El 19 de diciembre la seguridad fue reforzada, el ministro de Seguridad Pública, junto a la su par de Vivienda, Michelle Sol; el alcalde de San Salvador Este, José Chicas; y la representante de ACNUR -la Agencia de la ONU para los refugiados- en El Salvador, Luz Adriana García, inauguraron un nuevo Parque Conmemorativo en La Campanera, Soyapango.
“Ahora La Campanera es el reflejo de lo que logramos desde el Gabinete de Seguridad, esta es la verdadera soberanía e independencia que las personas necesitaban, que los delincuentes tenían amenazada a la población. Ahora vemos la sonrisa de las niñas y niños quienes en libertad disfrutan de estos parques que estamos construyendo”, menciona Villatoro en el acto.

El proyecto tiene como objetivo remozar más áreas verdes, parques y pintar con colores vivos las casas de La Campanera.
Antes del evento, Griselda, una vecina que colabora junto a la comunidad con el Ministerio de Vivienda me muestra la “canchita” dónde los pandilleros “brincaban” a los jovencitos aspirantes a sicarios.
“Todavía hay casitas vacías, la gente está volviendo por los cambios que ve. Ahora ya no escuchamos tiros ni gritos de dolor”, recuerda mientras transitamos por un extenso pasillo.
En la entrada del barrio, o colonia, como se dice acá, me espera Martha Cecilia Mejía Sosa, la directora de las escuela pública que está ubicada al final de la calle principal.
“Hay un antes y un después en Campanera. En el Centro Escolar teníamos una baja matrícula de chicos. Hoy el porcentaje se elevó. Las mamás tenían temor de llevar a los niños y a las niñas a la escuela”.
La maestra gira la cabeza y señala con su mano derecha un cartel, chapas pintadas con colores vivos y con la leyenda: El color del renacimiento. “Hoy vemos un renacimiento de La Campanera antes era una colonia liderada por las pandillas. Acá si ingresaba otra persona que no era del barrios las pandillas la mataban. Estábamos abandonados. Hoy vemos el después, entran los delivery, antes eso era impensado. Ahora somos libres”.

Libertad es la palabra más utilizada por los salvadoreños. Explican que, aunque vivían en democracia, estaban presos, a merced de los delincuentes violentos. El Salvador era una democracia desfondada, corrompida. Eso permitió, como en otros países, como Argentina, que hombres y mujeres que nunca había militado en política, lleguen a la presidencia.
Nayib Bukele es producto de la necesidad de los ciudadanos salvadoreños de recuperar la seguridad. Después reclamarán por las necesidades económicas que aún padece el país.
Durante 30 años El Salvador fue gobernado por los dos partidos tradicionales: el izquierdista Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) y el partido Alianza Republicana Nacionalista (ARENA). Bukele los pulverizó.
El publicista, que maneja de forma magistral la comunicación de sus actos de gobierno, fue reelecto el pasado 4 de febrero por el 84,65% de los votos válidos y goza de una aceptación popular del 92% que se palpa en las calles. La figura del mandatario está estampada en remeras. Hay hasta alcancías de yeso con su rostro.

La seguridad y el encarcelamiento de los mareros -por más que organismos de derechos humanos desde el exterior lo critiquen por la extrema dureza- lo explican.
Nayib Bukele asumió el poder el 1 de junio de 2019, con una tasa de 105 homicidios cada cien mil habitantes, la más elevada del mundo en ese momento. El 2024 cierra con una de las tasas más bajas del planeta 1,8 homicidios cada cien mil habitantes.
Para lograrlo impuso el Estado de Excepción, una herramienta constitucional que le permite suprimir garantías, como las detenciones sin orden judicial y violar la correspondencia. Un hecho que la mayoría de los ciudadanos que vivieron bajo el imperio del terror acepta.
Es el caso de Emilda Morena, una mujer de 66 años enfundada en un vestido bordó con puntillas blancas y botones al tono. Cuando me acerco para dialogar abre los brazos y sonríe mostrado sus dientes blancos. “Ahora estamos tranquilos, podemos salir a cualquier lugar y no nos pasa nada. Estamos felices. Antes la pasábamos en la casa porque teníamos miedo de la delincuencia. Los malos te azotaban. Te mataban por nada. Pero ahora, gracias a Dios estamos en la libertad”. Por ahora, para los salvadoreños ese es el resultado del “Método Bukele”.

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