Fueron muchos los que mintieron, muchos los que no buscaron más allá de los rumores, muchos los que no chequearon fuentes y muchos los que se abusaron de su autoridad de funcionarios para hacernos creer a todos la versión de la historia que más conveniente y más funcional era a sus propios intereses. Mintieron muchas de las 19 tapas de Página 12 que le dedicaron. Las tapas mintieron con desfachatez. Mintieron sin importarles que dos menores escucharan esas mentiras sobre su padre, que ya no estaba para contrarrestarlas. Mintieron cuando se asociaron con lo más recalcitrante del antisemitismo argentino diciendo que la dirigencia de la comunidad judía y su intelectualidad recibían órdenes directas del mismísimo Paul Singer. Mintió Timerman a la dirigencia judía y a los familiares, mintieron cuando no asumieron quiénes fueron los autores del Memorándum. Mintieron cuando dijeron que no se habían reunido en Alepo con los iraníes. Mintieron cuando trataron de "pseudoperiodista" a "Pepe" Eliaschev. Mintieron cuando la Presidenta de entonces, en silla de ruedas y de blanco inmaculado, dijo por cadena nacional que se había enterado de la muerte del Fiscal por la Ministra de Seguridad, y el Secretario Sergio Berni, en los medios tan ávidos por esos días, dijo que ella se enteró por él. Mintieron de manera asquerosa cuando aquella madrugada del lunes, con lo que se creía que eran apenas unas horas de muerto –pero tal vez ya llevaba un día– y charcos de sangre del Fiscal, con su madre ubicada estratégicamente junto al cuerpo inerte de su hijo, Berni y Fein, frente a las cámaras de la Policía Federal, hacían un acting oprobioso diciendo: "veamos si el Fiscal está vivo, lo primero es la vida de la persona", cuando hacía ya varias horas que estaban presentes en su departamento, y Berni ya le había dado el pésame a su madre.

Mintieron cuando dijeron que Nisman no escribió la denuncia, cuando dijeron que volvió de improviso, cuando dijeron que lo habían dejado solo, y en ese desamparo y ante el horror de lo que llamaron su "mamarracho jurídico", su "denuncia inconsistente", no resistió y se mató, pero antes consultó acerca de su salud mental a la Ministra Nilda Garré, se emborrachó para tomar coraje, se fracturó la nariz, desactivó las cámaras de vigilancia, cambió el código de acceso al ascensor principal, les dijo a los custodios que liberasen la zona, apagó el teléfono a las 9 de la noche, se inyectó ketamina, hizo una parabólica y se pegó un tiro arriba de la oreja que fue en perfecta diagonal, bien de atrás hacia adelante y procuró que no tuviera salida la bala, porque no era cuestión de hacer tanto enchastre y estar seguro que así se moría bien muerto. Después, con prolijidad quirúrgica, limpió la canilla porque siempre soñó con la fluorescencia del luminol. Estiró bien la alfombrita para que no pareciera la de un caído improvisado.
Drogado, fracturado y muerto buscó la palabra "psicodelia" en Google, y también intentó entrar a su correo de Yahoo! pero no se acordaba su clave, y entonces borró las huellas de la computadora y encendió el celular a las 7 de la mañana para dejarlo sin un solo registro de llamadas por si alguien quería venderlo como nuevo. Bueno, como nuevo no, pero podían vender algunas fotos suyas divirtiéndose con mujeres en alguna fiesta.
Mintieron para tener 24 horas para limpiar el departamento.
Seguro que, antes de borrar todo, procuró que ni el Secretario de Seguridad, Sergio Berni, ni su Subsecretario, Darío Ruíz, ni el jefe de la Policía Federal, comisario General Ramón Di Santo, ni su custodio Luis Miño le hicieran caso a su exmujer cuando ella le pidiese que la esperaran para la autopsia.
Decidió no levantar los diarios, porque con tanta sangre derramada no fuera a ser que el papel absorbiera todo. Era mejor estar de entrecasa: de hecho, le dijo a su colega que fiscalizara el operativo en chancletas sobre su sangre y que hicieran todo rápido, que era verano, así que también corroboró que el equipo tomara las huellas digitales sin guantes, sin cubre zapatos, sin cofias, sin vallar la zona, contaminando lo poco limpio que quedaba, sin secuestrar los platos ni las llaves ni la ropa sucia, sin hacer inventarios, sin peritar su camioneta, sin tomar declaraciones a los vecinos, foliando con lápiz negro las actas oficiales para poder borrar porque una equivocación la puede tener cualquiera, en especial si se trata de un Fiscal Federal que justo, casualmente, había hecho una denuncia comprometida.
Mintieron cuando dijeron que lo usaron vivo y cuando lo usaron muerto, cuando lo trataron de golpista y cuando lo acusaron de que los mencionados en su denuncia ahora eran perseguidos políticos; mintieron cuando dijeron que era un vago, porque necesitaron cuatro personas para reemplazarlo y tuvieron que sumar aproximadamente 20 más a la Fiscalía; mintieron cuando dijeron que con la plata de la UFI pagaba a su nutricionista, a sus supuestas mujeres y la mitad del sueldo de Lagomarsino, con quien dijeron que tenía una relación íntima. Mintieron porque en la auditoría oficial no faltó un solo peso de la Fiscalía. Mintió el mismo Lagomarsino cuando declaró que Nisman lo contactó primero ese sábado. Mintió el Juez Rafecas cuando dijo que había "dos Nisman" guionando el documento que dijo haber recibido de la secretaria del Fiscal.
Mintió ese mismo Juez cuando dijo que la Dra. Soledad Castro le dio lo que no le dio y cuando dijo que ella coincidía con él acerca de los problemas psiquiátricos de Nisman. Ella no le dio nada ni tampoco pensaba que el Fiscal tenía ningún trastorno. Todos mintieron cuando, con ligereza y sin pruebas, expusieron que estaba loco.
Mintieron cuando dijeron que ya en 2008 acordaba con el Memorándum. Mintieron con descaro incluso mientras la sangre, todavía roja y fresca, corría por entre la pastina de los cerámicos del baño dejando los últimos rastros de su vida que fue cierta y verdadera. Mintieron para hacernos creer que era un experto en suicidarse.
Mintieron, mintieron, mintieron para que algo quedara. Y algo quedó: la claridad de que habían mentido. Pero ya no hay un Ministro de propaganda con espíritu fascista que pueda con los que queremos saber y con los que estamos dispuestos a ponernos por encima de esas mentiras con algo muy simple y contundente: la verdad lisa y llana.
El libro Asesinaron al fiscal Nisman. Yo fui testigo fue escrito por Waldo Wolf es diputado nacional (Cambiemos) y ex presidente de la DAIA, en colaboración con la periodista Delia Sisro.
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