El recuerdo de una ciudad borrada del mapa en cuestión de minutos permanece intacto en la memoria de Javier León León, uno de los pocos sobrevivientes del aluvión que sepultó Yungay en 1970. Tras la reciente tragedia de Nepal, donde un deslizamiento dejó decenas de muertos y cientos de desaparecidos, su testimonio revive la magnitud de lo ocurrido en el Perú hace más de medio siglo.
La tarde del 31 de mayo de 1970, León León se despidió de sus padres en Yungay. “Tomé una chompa. Al despedirme de mi papá y mi mamá, ella me dice: ‘¿Pero por qué llevas chompa? Porque tú así nomás no llevas’. Le digo: ‘Bueno, de repente demoro en volver porque ya son las tres de la tarde’. ‘Ah, ya. Cuídate, que te vaya bien’. Esa fue la, la despedida con mis padres”, narró a 24 Horas.
Junto a un grupo de amigos, Javier se dirigió hacia la zona de la capilla del cementerio, un lugar que, sin saberlo, se convertiría en refugio frente a uno de los desastres más devastadores del país. Mientras jugaban, el ambiente cambió abruptamente. Un estruendo y una “especie de nube negra” comenzó a acercarse a la ciudad.
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El instante en que todo cambió
Según relató León a 24 Horas, ante la inminencia del peligro, él y sus amigos tomaron una decisión que resultó vital. “Nos hemos tomado de la mano y una vez que pasó ya el movimiento, hemos tratado de volver hacia la ciudad. Y cuando nos hemos estado acercando, vimos que se venía una tremenda especie de nube negra sobre la ciudad”. Decidieron retroceder hasta unas grandes rocas y buscar protección allí.
El ruido, cada vez más intenso, llenó el entorno. “El ruido se hacía tan fuerte al acercarse. Nos hemos cubierto la cabeza, bueno, como quien dice, hay que esperar lo que venga”, recordó.
Cuando el estrépito cesó, los sobrevivientes salieron de su improvisado refugio y se enfrentaron a un panorama irreconocible. “Vimos que el ruido ya disminuía. Nos quitamos la chompa, lo que teníamos cubierto la cabeza. Hemos visto que todo era una pampa grande cubierta de lodo. No había casas, no había árboles, no había nada. Toda la ciudad había desaparecido”, recordó.
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La dimensión de la tragedia
El desastre de Yungay se produjo minutos después de un terremoto de magnitud 7,9 que sacudió el norte de Perú. Según reportes recogidos por la prensa de la época, una gigantesca masa de hielo, lodo y rocas descendió del nevado Huascarán y cubrió la ciudad y localidades vecinas.
Solo en Yungay, unas 20 mil personas fallecieron, mientras cerca de 300 sobrevivientes, en su mayoría niños, lograron ponerse a salvo en una zona elevada del cementerio.
La Cruz Roja Peruana calculó que el total de víctimas en la región superó los 75 mil muertos y 150 mil heridos. Las labores de rescate, de acuerdo con los testimonios recogidos, se complicaron por una densa nube de polvo que impidió el acceso aéreo durante días. Periodistas y rescatistas describieron un paisaje de destrucción en el que solo permanecieron en pie cuatro palmeras y la imagen del Cristo Redentor en la parte alta de la ciudad.
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El impacto en la memoria colectiva
El relato de Javier León León, transmitido por 24 Horas, permite reconstruir los momentos previos y posteriores a la tragedia con una perspectiva humana. La frase “toda la ciudad había desaparecido” resume el efecto de una avalancha que borró en minutos lo que generaciones habían construido.
El testimonio cobra vigencia ante nuevas catástrofes en otras partes del mundo, como la reciente en Nepal, donde las autoridades confirmaron al menos 95 muertos y 384 turistas desaparecidos tras un deslizamiento en la frontera con China.
Ambas tragedias, separadas por décadas y miles de kilómetros, muestran la vulnerabilidad de las comunidades de montaña ante fenómenos naturales extremos. Los testimonios como el de León no solo mantienen viva la memoria de los hechos, sino que invitan a reflexionar sobre los desafíos que enfrentan quienes viven en zonas de riesgo.
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