A lo largo de varias décadas, la mayoría de las carreras profesionales u oficios más técnicos se iniciaban de la misma manera: desde los puestos operativos. Se trataba de tareas elementales y repetitivas, a veces imperceptibles: elaborar informes, organizar bases de datos, responder correos electrónicos (o cartas antes del Internet), brindar apoyo a un equipo senior o simplemente examinar información que nadie más quería hacer porque eran tareas muy operativas y demandaban una gran cantidad de tiempo. Y esto dio lugar a la famosa frase “derecho de piso”. Pero lejos de ser despectiva, era precisamente en estas funciones donde uno aprendía a trabajar y a conocer reglas tácitas del mundo laboral. Sin embargo, con la irrupción de la IA, este primer escalón se está borrando.
Esto no viene ocurriendo de forma dramática sino de manera silenciosa: disminuciones de posiciones juniors producto de reestructuraciones internas en las empresas, que vienen reduciendo equipos a raíz de la implementación de más herramientas de Inteligencia Artificial (IA). Y cuando los recién graduados se incorporan al mundo laboral, encuentran una realidad inquietante: menores opciones para iniciar su camino profesional.
Y los datos hablan por sí solos.
Una investigación del Stanford Digital Economy Lab reveló que, desde 2022, la ocupación laboral de los jóvenes adultos (de entre 22 y 25 años) en trabajos con mayor riesgo de ser automatizados ha disminuido más que en otros grupos etarios. Esto indica que sus labores están siendo reemplazadas por procedimientos automatizados y asistidos por la IA, lo cual está limitando las oportunidades laborales iniciales en algunos sectores.
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Por su parte, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha señalado en distintos informes que, aunque la implementación de la IA puede crear oportunidades económicas, también tiene la tendencia de aumentar las diferencias entre naciones y trabajadores en función de su habilidad para incorporar tecnologías avanzadas. Esto podría dejar fuera a quienes realizan trabajos rutinarios o con poca especialización si no se ponen en marcha políticas activas de apoyo y capacitación.
Un caso emblemático que puede ser una suerte de ventana al futuro para nuestro país es el que ocurre en Reino Unido. Estudios de empleo realizados por Adzuna y publicados en The Guardian indican que las vacantes de nivel inicial —en particular en ocupaciones donde es posible la automatización de tareas rutinarias— han registrado una reducción notable desde 2022, año en el cual se lanzaron herramientas generativas como ChatGPT.
Durante muchos años, el primer trabajo (ya sea a través de prácticas pre o profesionales, puestos junior o roles técnicos de apoyo) sirvió como una suerte de escuela para la vida laboral. Allí se adquiría experiencia y se establecía una primera red de contactos. Era la fase de instrucción del ciclo de vida profesional. Eso no solo fomentaba competencias técnicas, sino que también promovía el criterio profesional.
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Pero como ha podido apreciarse con los datos brindados, ese primer escalón está desapareciendo. A su vez, esto genera consecuencias significativas que pocas veces se discuten o visibilizan con la seriedad que merecen:
La primera es que dejar de utilizar herramientas de IA ya no es una opción viable. Quien no desarrolle competencias básicas para manejarlas tendrá cada vez más dificultades para superar los primeros filtros de selección en las empresas.
La segunda es que el empleo de herramientas de manera superficial, como si fueran un buscador más veloz, no cambia la metodología laboral. Si bien es posible consultar un asistente de IA, eso no implica necesariamente saber cómo incorporar los resultados que se arrojen en un proceso laboral eficiente. La integración requiere de criterio, juicio, capacidad para establecer lo que es relevante y lo que no, así como de evaluación crítica. Y eso no se adquiere con prompts, sino mediante práctica, supervisión y, por supuesto, tiempo.
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Aquí es donde la brecha se profundiza y no hacia el futuro, sino en el presente. Quienes integren las herramientas de IA para potenciar su eficiencia —sin renunciar a su criterio— obtendrán mayor visibilidad dentro de sus organizaciones, ampliarán su margen de negociación y tendrán más opciones para moverse entre roles cada vez más complejos.
La IA no solo impulsa la productividad; también redefine quién ejerce influencia y quién corre el riesgo de quedar al margen.
Ahora, esta reconfiguración no solo tiene implicancias económicas, sino también sociales y psicológicas. Para muchos jóvenes, el reto no es únicamente conseguir trabajo, sino también hallar un sitio donde puedan aprender a ser profesionales. Sin la experiencia previa, las universidades se transforman en plataformas de certificados con menor impacto en la capacidad de sus egresados para ejercer sus oficios.
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Por otro lado, se pasa por alto un aspecto esencial en el discurso optimista que sostiene que “la tecnología democratiza las oportunidades”: estas no son iguales para todos ni se reparten de forma justa. Afirmar que “todo el mundo puede aprender IA” no toma en cuenta que adquirir el uso de estas herramientas con criterio requiere recursos —tiempo, dinero, contextos de apoyo, mentoría— que no están al alcance de todos. Proporcionar acceso a una herramienta no significa que se esté creando una capacidad efectiva para utilizarla.
Esto no es únicamente un problema de empleabilidad, sino también un reto en términos de justicia entre generaciones. Conforme se normaliza que los roles de entrada desaparezcan como algo “inevitable”, se establecen brechas en el acceso al trabajo y se crean entornos laborales en los que únicamente las personas que ya están avanzadas tienen la oportunidad de continuar su crecimiento.
Por eso, no basta con celebrar que la IA genere nuevos roles o funciones. También debemos formularnos preguntas más incómodas: ¿quién asume realmente el costo de esta transición? ¿Estamos preparados, como sociedad, para aceptar una generación que podría quedarse sin puntos claros de entrada al mercado laboral? Estas interrogantes requieren debates amplios y un trabajo conjunto entre la academia, las empresas y, por supuesto, el Estado. No esperemos a que una nueva crisis social surja como consecuencia de una brecha laboral que seguimos ampliando sin atender.
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