José María Salcedo, o simplemente Chema, abre la puerta de su refugio en Miraflores con la serenidad de quien invita a cruzar no solo un umbral, sino también su propia memoria. El ambiente parece afinado por melodías antes que por páginas impresas. En los estantes hay más CD de música de películas que libros. La impronta del séptimo arte se impone con naturalidad, aunque los volúmenes —leídos con rigor y marcados por el paso del tiempo— conservan su lugar.
Durante años, la pantalla fue su otra gran pasión, un territorio paralelo al periodismo. Ya no frecuenta tanto el cine, pero la devoción permanece en cada carátula y en el eco de cada banda sonora. Un reproductor de vinilos aguarda en una esquina, con la aguja suspendida, listo para devolverle al presente alguna escena que aún guarda con cariño.
Las paredes murmuran episodios de distintas estaciones de su vida. Fotografías enmarcadas conviven con una bufanda rojiblanca del Athletic Club de Bilbao, su club del alma. La tela no cuelga al azar: rodea la cabeza de un chullachaqui tallado, figura que recogió durante su paso por la selva peruana. El ser mítico que, según la leyenda, extravía a los viajeros, aquí parece haber decidido custodiar recuerdos en vez de desorientar caminos. La lana abraza la madera con complicidad; la escultura observa en silencio, como si supiera más de lo que muestra.
En ese rincón especial, Chema comparte con Infobae Perú la realidad de su salud, la lucha diaria contra la enfermedad y el deseo de conservar la dignidad. Reflexiona sobre el periodismo de hoy, las tensiones que impone la inmediatez digital y el vértigo de las redes sociales, y compara la estridencia de estos tiempos con la forma en que se vivía el oficio en sus inicios. Habla pausado, hilando ideas como quien deja sonar un disco completo, convencido de que las mejores historias —como las buenas películas— necesitan tiempo para revelarse.
Su situación actual
Ya no pertenece a PBO. el periodismo lo dice con claridad, sin resentimientos y con una gratitud intacta hacia Philip Butters, quien lo reincorporó al periodismo tras ser detectado en 2018, cuando había quedado fuera del circuito laboral. “Me rescató, me contrató y me dio cuatro horas diarias de lunes a sábado”, recuerda. Sin embargo, la salud volvió a interponerse en el camino. “Respecto a los sábados, me pidió que asistiera dos veces, el 24 (enero) y el 31 (enero), pero hasta ahí llegó todo. No hubo más”, relata. Hoy, su energía se orienta a nuevos proyectos y a cerrar un ciclo importante.
A sus casi 80 años, no concibe alejarse de su profesión. “Quiero seguir en el periodismo porque es lo que sé hacer. No soy joven y, si bien necesito ingresos, también necesito tiempo para terminar mi libro Memorias, en el que estoy trabajando actualmente.” Mientras busca nuevas oportunidades laborales y evalúa propuestas, su mayor anhelo es mantenerse parcialmente vinculado a la profesión y dedicar las tardes a ese texto que aspira a dejar como legado.
“Nuestro ego consiste en querer que, aunque desaparezcamos, permanezcamos en la memoria de la gente. Los libros ayudan a eso; quiero que quienes me lean me recuerden y así trascender. No espero hacerme millonario, sino dejar una huella en quienes me hayan conocido”, señala.
Su lucha contra la enfermedad
Chema recalca que no le teme a la muerte, pero sí “a una mala vejez”. En este momento, confiesa, atraviesa una serie de exámenes médicos para decidir cómo enfrentar el cáncer y el nuevo tumor que lo acompaña. “No soy optimista”, admite sin rodeos. Su principal anhelo es tener tiempo suficiente para terminar de escribir su libro, aunque no sabe si podrá lograrlo.
Para él, la muerte no es enemiga siempre que llegue de forma súbita, sin arrastrar a quienes ama por un largo dolor. “Si la muerte viene de golpe, mientras camino por la calle o trabajo, sería una maravilla. Pero si llega en forma de una larga agonía, no, gracias. Prefiero la eutanasia antes que condenar a mi familia y a mí a años de sufrimiento y dependencia”, menciona.
Por ahora, su horizonte es la incertidumbre de los tratamientos y la esperanza de no perder la dignidad ni la autonomía en el tramo final. “Vamos a ver qué pasa”, dice con serenidad, fiel a esa honestidad que ha marcado su vida.
Periodismo peruano
Hoy, el periodismo que aprendió Chema Salcedo poco se parece al que ve desplegarse en la actualidad. El impacto de las redes sociales ha alterado la naturaleza misma de la información pública. Salcedo observa con inquietud cómo estas plataformas propician el extremismo, priorizando los mensajes más agresivos y simplificados. “Las redes sociales fomentan el extremismo porque lo que vende es lo violento”, advierte. En ese entorno, señala que la notoriedad se alcanza polarizando y reduciendo el discurso a posturas rígidas.
“Al simplificar, se pierden los contextos y se golpea al adversario. Se deshumaniza al otro. Para eso sirven las redes sociales, donde el anonimato es la regla”, sostiene. Ese anonimato convierte a las plataformas en potentes agentes de desestabilización para la democracia. Aunque reconoce que existen excepciones, Salcedo considera que la tendencia dominante es peligrosa y que la hostilidad se ha vuelto la norma para quienes buscan visibilidad.
No solo la conversación pública se ha endurecido; la política también. Chema observa que cualquiera puede llegar a la presidencia, pero la falta de representatividad de los candidatos —que acceden a la segunda vuelta con porcentajes mínimos— genera inestabilidad y facilita vacancias frecuentes. “No veo ningún político que convoque a la unidad, porque lo que vende hoy es la agresividad y la confrontación. Las posturas de centro no tienen espacio y no soy optimista al respecto”, sostiene.
El fenómeno afecta tanto las formas como el fondo del oficio. “Hoy día tienes sistemas para informarte absolutamente increíbles, pero la necesidad de competir ha convertido el periodismo en un instrumento para vender publicidad”, reflexiona. La consecuencia es una simplificación acelerada: la primicia pesa más que la verdad, la verificación se posterga y la opinión desplaza a la noticia.
“La noticia ha sido reemplazada por la opinión. La opinión es barata, la opinión es gratis. Cualquiera puede decir cualquier cosa, amparándose en que es su opinión”, lamenta. De acuerdo con Chema, el lenguaje también se ha empobrecido, y la figura del corrector, clave en cualquier redacción, ha desaparecido en nombre de la inmediatez y la reducción de costos. La verdad, insiste, se ha sacrificado en aras de la velocidad.
“Ahora la noticia está en redes sociales, muchas veces sin verificación. Con la IA, es casi imposible no toparse con videos manipulados. Antes era fácil distinguir lo falso, ahora ya no”. Compara el fenómeno con el mercado de los diamantes: solo un certificado muy elaborado puede probar el origen auténtico de una joya. “Eso está pasando con la información y va a continuar”.
A quienes empiezan en la profesión, Chema Salcedo les aconseja: “No se dejen secuestrar por esos aparatos fascinantes. Úsenlos, pero no permitan que los aparatos los usen a ustedes”. Ser periodista, afirma, exige curiosidad, inconformismo y una duda constante: “La verdad evidente no existe. La duda es el camino del progreso”. Hoy, el reto es mayor y la responsabilidad, ineludible.
Periodismo de sus tiempos
Para Chema Salcedo, el periodismo siempre implicó riesgos y decisiones rápidas. Relata cómo, en sus inicios, se disfrazó de paciente psiquiátrico para ingresar a un hospital y reportear sobre salud mental en el Perú, experiencia que plasmó en la revista Quehacer junto al fotógrafo Chino Domínguez. También recuerda coberturas en zonas peligrosas de Ica y Ayacucho, donde la perseverancia y la intuición fueron clave para documentar hechos de violencia en contextos marcados por el miedo y la desconfianza.
Durante la época del terrorismo, nunca sintió temor por su seguridad, pero lo persigue el remordimiento por colegas asesinados, como Luis Morales Ortega, a quien intentó proteger sin éxito. Para Salcedo, el periodismo exige tomar decisiones éticas constantemente: hasta dónde llegar, cómo proteger a otros y qué límites no cruzar.
Considera que la profesión es arriesgada porque obliga a acercarse al peligro en busca de la verdad. Cita a figuras como Pérez Reverte y Robert Capa para ilustrar que el buen periodismo se hace “cerca de la muerte, del balazo”. Es una apuesta constante entre la información y la vida.
A pesar de una trayectoria amplia, reconoce que hay entrevistas soñadas que no logró realizar: le hubiese gustado dialogar con personajes como Antonio Tabucchi, Johan Cruyff o Fidel Castro, pero el oficio, admite, está lleno de límites impuestos por las circunstancias y la estructura de los medios. El periodismo, concluye, también es aprender a aceptar que no siempre se puede llegar a todo.
Carlos ‘Chino’ Domínguez
Chema menciona que, en la colaboración con Domínguez, quien se adaptaba al enfoque visual era él mismo. “En este caso, el que estaba alineado era yo con la visión que él tenía”, afirma. Para Salcedo, su colega representó un referente indiscutible. “Es el reportero gráfico más grande que ha tenido el Perú”. No tiene el dato de cuándo iniciaron sus coberturas compartidas, pero sí la cantidad de jornadas vividas juntos y cómo de esa sociedad nació el libro Los peruanos.
El fotógrafo prefería apartarse del grupo y descubrir perspectivas poco habituales, lejos del bullicio de otros reporteros. Chema admite que observarlo le permitía descubrir nuevas formas de mirar la realidad.
“De él aprendí a ver las cosas de otra manera”. Esa diferencia de carácter los volvía un equipo sólido. “Éramos muy distintos, pero nos entendíamos bien. Tenía un espíritu criollo, me llevaba a peñas por las noches. Gracias a su compañía, conocí al San Bocadero y compartimos buenos rones en La Victoria y otros rincones”, recuerda.
El aprecio hacia su compañero es genuino. “Siempre lo admiré, era mayor”. En las redacciones, la complicidad era tan notoria que, cuando se armaba una comisión, todos sabían que irían juntos. Aunque esa etapa duró poco, dejó una marca profunda en la visión periodística de Chema.