Cada 18 de enero celebramos un aniversario más de Lima. Pero más allá de la fecha, vale la pena detenernos un momento y preguntarnos qué ciudad estamos construyendo y bajo qué criterios técnicos se está dando ese crecimiento.
Lima concentra hoy más del 30 % de la población del país, según cifras del INEI, y sigue expandiéndose con rapidez. El problema es que ese crecimiento no siempre ha estado acompañado de una planificación urbana sólida. Gran parte de la expansión se ha dado de manera informal, con ocupación de zonas vulnerables y con servicios básicos que llegan tarde o de forma incompleta. El propio Ministerio de Vivienda, Construcción y Saneamiento ha reconocido que buena parte del desarrollo urbano se ha producido al margen de los instrumentos de planificación.
Ahora bien, no sería preciso decir que Lima no tiene visión urbana. Existen planes y normas que plantean un desarrollo más ordenado, como el Plan de Desarrollo Metropolitano de Lima al 2040 (PLANMET 2040) o el Reglamento de Acondicionamiento Territorial y Desarrollo Urbano Sostenible. El problema está en otro lado: en la dificultad para pasar del papel a la ejecución, y en la falta de continuidad y coherencia en las decisiones sobre el territorio.
Esta brecha se vuelve especialmente crítica cuando hablamos de riesgo sísmico. Lima está ubicada en una zona de alta amenaza, y aun así una parte importante de sus edificaciones se ha levantado sin supervisión técnica formal ni cumplimiento integral del Reglamento Nacional de Edificaciones. El Colegio de Ingenieros del Perú y el Instituto Nacional de Defensa Civil han advertido en más de una ocasión que esta situación incrementa significativamente el riesgo ante un sismo de gran magnitud. En ese contexto, la ingeniería civil no solo diseña estructuras: protege vidas.
Otro aspecto que refleja las limitaciones del crecimiento urbano es el déficit de espacios públicos y áreas verdes. Lima cuenta con menos de 4 m² de áreas verdes por habitante, muy lejos de los 9 m² recomendados por la Organización Mundial de la Salud. Esta carencia afecta la calidad de vida, la salud y también la capacidad de la ciudad para adaptarse al cambio climático y a eventos extremos.
Pese a todo, Lima también tiene una oportunidad clara. La arquitectura y la ingeniería civil pueden ser herramientas reales de transformación urbana si se integran a una planificación seria y sostenida. Experiencias impulsadas por el Programa de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-Hábitat) muestran que las ciudades que apuestan por planificación técnica, vivienda segura y espacio público de calidad logran avances concretos en equidad urbana y bienestar.
En este aniversario de Lima, la reflexión es sencilla pero necesaria: la ciudad que estamos construyendo hoy condicionará la seguridad y la habitabilidad de las próximas décadas. El país cuenta con normas, planes y profesionales capacitados. El reto es aplicar ese conocimiento con responsabilidad y visión de largo plazo. Pensar Lima desde la ingeniería y la gestión pública no es un ejercicio teórico; es una responsabilidad frente a la ciudad y a quienes la habitan.