Historias de bodegueros: Extorsión, clientes que comparten sus problemas y la opinión radical sobre el alza de precios de productos

Infobae Perú dialogó con Jorge Enriquez y Magaly Romero, bodegueros que han construido y sostenido su negocio con esfuerzo, perseverancia y dedicación. Ambos nos invitan a recordar que en la cotidianidad yacen las crónicas más genuinas de nuestra sociedad.

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La historia de los empresarios ha inspirado a otros bodegueros a perseguir sus sueños. (Infobae: Rafael Montoro)
La historia de los empresarios ha inspirado a otros bodegueros a perseguir sus sueños. (Infobae: Rafael Montoro)

En la morada de los comerciantes, se reserva un espacio especial para cualquier peruano o ciudadano extranjero que busca un producto y, sobre todo, una compañía en esos momentos en los que la vida se torna complicada. La breve pero indispensable conversación que dos personas pueden entablar resulta suficiente para que uno de ellos continúe su travesía con buen ánimo, a pesar de la pesadez que a menudo acompaña la vida.

Los dedos de un cliente, que carga bolsas repletas de productos, pueden tensarse ligeramente mientras el comerciante, con voz serena, ofrece palabras de aliento, brinda consejo o, simplemente, permanece en silencio para escuchar atentamente a su comprador. En el curso de esta interacción humana, es posible que irrumpa una persona, mostrándose malhumorado y carente de cortesía al momento de pedir algunos víveres.

Aun frente al temperamento difícil de un posible cliente, el espacio dentro de la tienda de un comerciante le está igualmente abierto, permitiéndole regresar al lugar que diariamente recibe la visita tanto de vecinos como de transeúntes. No existe espacio para albergar resentimientos; prevalece, en cambio, la importancia de la cortesía en el trato y el compromiso de ofrecer un servicio de calidad a la comunidad.

Según datos revelados en 2023 por la Asociación de Bodegueros del Perú, 13.000 de sus 22.000 miembros han sufrido extorsión. (Mercado Negro)
Según datos revelados en 2023 por la Asociación de Bodegueros del Perú, 13.000 de sus 22.000 miembros han sufrido extorsión. (Mercado Negro)

En algún momento de nuestras vidas, nos hemos topado con comerciantes amables que nos saludan afectuosamente y nos regalan sonrisas. El bodeguero o bodeguera, firme detrás del mostrador lleno de diversos productos, espera con paciencia la llegada de su primer cliente del día, aquel que recibirá un buen trato. Gracias a su experiencia, puede anticipar quién será, aunque siempre permanece abierto a la posibilidad de recibir a una persona extraña en su establecimiento.

En cualquier situación, el comerciante recibe a todos con una sonrisa y amabilidad, incluso si el visitante no comparte la misma actitud. Con el paso del tiempo, los clientes llegan, ya sabiendo qué producto necesitan, pero desconociendo la historia del bodeguero. Estos hombres y mujeres de negocios se han convertido en parte de nuestra familia. Su rol va más allá de la venta de mercancías; están en sus tiendas para apoyarnos en los momentos en que más lo necesitamos.

En este contexto, Infobae Perú dialogó con Jorge Enriquez Aldana y Magaly Romero Tampi, bodegueros que han construido y sostenido su negocio con esfuerzo, perseverancia y dedicación.

Jorge Enriquez abandonó su carrera como docente a los 28 años

El alba esparcía sus primeros destellos sobre la ciudad, anunciando un día que, a primera vista, parecía no diferenciarse de los demás, aunque en Perú suceden hechos inesperados. Mientras revisaba Twitter, reflexionaba sobre las posibles historias que me compartiría mi primer entrevistado, propietario de una bodega ubicada en Avenida Insurgentes 1117, Bellavista, Callao.

Había escuchado comparaciones de bodegueros con taxistas, sabía que muchos comerciantes habían sido víctimas de delincuencia y que detrás de cada empresario hay una historia digna de ser contada. Estos hechos avivaban mi curiosidad y deseaba profundizar en estos menesteres. Por ello, tomé un taxi rumbo a la Bodega George, un lugar completamente nuevo para mí, pero del cual estaba seguro encontraría relatos fascinantes.

En menos de 40 minutos, arribé a un local cuyo color exudaba alegría. El predio estaba decorado con banderines que danzaban al compás de una brisa suave, dándonos la bienvenida. Al interior, un hombre se encontraba sentado: era Jorge Enriquez, propietario de la Bodega George, quien me recibió con una sonrisa.

Tras mediar unas cuantas palabras palabras, Jorge entró a su vivienda en busca de las llaves para abrir la puerta de su tienda, pero también para desbloquear un mundo de historias. Regresó en un instante y, luego de abrir la puerta, intercambiamos un fuerte apretón de manos, una tradición que simboliza la ausencia de armas entre nosotros. Yo, en cambio, sí portaba una: se trataba de la grabadora que, al encenderla, invitó a mi interlocutor a contar su historia.

“Yo soy comerciante desde que tengo uso de razón”, dijo el hombre de negocios. Ambos permanecíamos en un punto estratégico que nos permitía observar la calle, la mayoría de los productos de la tienda y, lo más importante, conocer a la gente.
Jorge abandonó su carrera como docente a los 28 y se enfrentaría con valentía a la delincuencia. (Infobae: Rafael Montoro)
Jorge abandonó su carrera como docente a los 28 y se enfrentaría con valentía a la delincuencia. (Infobae: Rafael Montoro)

Lo que me conmovió en los momentos iniciales de nuestra conversación fue descubrir que Jorge enfrentó la pérdida de su padre a una edad temprana. Si bien este hecho representó un duro golpe para la familia, no logró quebrantar su espíritu; más bien, se unieron con firmeza para continuar y rendir tributo al legado de su padre.

En 1982, el padre de Jorge había adquirido un camión con el objetivo de vender cerveza de forma itinerante. Con el tiempo, el negocio empezó a rendir frutos, mejorando la economía familiar; sin embargo, en 1986, se enfrentaron a la penumbra del luto tras la noticia del fallecimiento de un ser querido, un evento que, si bien los sacudió profundamente, también les impulsó a continuar con el legado de su padre.

El transcurrir del tiempo no detenía ni los sueños de una madre, quien anhelaba brindar lo mejor a sus cuatro hijos. Y así lo logró; sus esfuerzos dieron frutos, transformándolos en buenos ciudadanos. Uno de ellos, por ejemplo, se convirtió en profesor del curso de Matemáticas; enseñó en la Pre San Marcos. Este empleo le brindó gratificaciones, pero no alcanzaban la magnitud de las vivencias y satisfacciones que cosechó a lo largo de 22 años dedicados al mundo de las bodegas.

“Fui profesor de Matemáticas y por un tiempo enseñé Inglés de manera particular. Sin embargo, lo que ganaba no era suficiente para lo que aspiraba. Encontré que, siendo mi propio jefe en el negocio de la bodega, podía obtener un mejor ingreso. Este negocio me permitió desarrollar otros emprendimientos, es como si la bodega tuviera hijos”, compartió Jorge.

Gracias al negocio de la bodega, pudo iniciarse en otros emprendimientos, adquirir cosas que antes no podía, viajar, y lo que más le sorprende, hacer posible el viaje de su madre a Estados Unidos para reunirse con su tía. Ambos obtuvieron la visa, y desde entonces viajan una vez al año al país norteamericano.

Nuestra conversación abarcó diversos temas, pues estaba interesado en conocer su perspectiva de vida y si había sido víctima de extorsión. Antes de divulgar sus variadas experiencias, debo mencionar que nuestra charla fue interrumpida en más de cinco ocasiones.

Entre los clientes, recuerdo a una joven que llegó con un sinfín de preguntas sobre productos y precios. No me sorprendió la cantidad de cuestionamientos, sino el considerable número de golosinas que compró a las 10 de la mañana. Ella fue amable en todo momento, e incluso dijo por favor y gracias en más de una oportunidad.

En contraste, una persona de la tercera edad se acercó a la tienda y, tras una breve interacción con el bodeguero, su respuesta fue descortés, demostrando que no todos los clientes son amables.

Mientras observaba cómo los clientes se comportaban, recordé momentos de mi infancia, específicamente cuando asistía a la bodega con una lista elaborada por mi madre. “Mi mamá dice que nos fíes estos productos”, le decía al bodeguero de mi barrio. Al compartir esto con Jorge, él reveló que había dejado de fiar hace 10 años debido a una mala experiencia con un cliente, pero retomó esta práctica durante la pandemia ante la creciente necesidad.

“Durante la pandemia sí fiábamos, porque había mucha gente con problemas económicos. Ayudábamos como podíamos. Ahora, mucha de esa gente nos ha dejado. No hay lealtad”, explicó Jorge. A pesar de la necesidad de apoyar a la comunidad, subrayó los desafíos de fiar productos y cómo esto puede afectar las finanzas del negocio.
El negocio de las bodegas le ha dado muchas satisfacciones a Jorge: ayudó a su madre a viajar a Estados Unidos. (Infobae: Rafael Montoro)
El negocio de las bodegas le ha dado muchas satisfacciones a Jorge: ayudó a su madre a viajar a Estados Unidos. (Infobae: Rafael Montoro)

El bodeguero que le haría frente a la delincuencia

En un punto de nuestra conversación, abordamos un problema que afecta a un número considerable de bodegueros: la extorsión. Según datos revelados en 2023 por la Asociación de Bodegueros del Perú, 13.000 de sus 22.000 miembros han sufrido extorsión, forzando a muchos a cerrar sus establecimientos, que representan el único sustento de sus familias.

“En las provincias, la situación es aún más grave. Un colega, en un encuentro, compartió que a todos les exigen un pago mensual que va de los 500 a 700 soles simplemente por permitirles operar”, comentó mi interlocutor, cambiando el tono de su voz al hablar sobre este asunto.

Este empresario no ha sido víctima de extorsión ni de robos, pero es plenamente consciente de que la delincuencia podría golpear su puerta en cualquier momento. Narró cómo una vecina cercana y los dueños de una panadería ―ubicada en la esquina de su casa― habían sufrido extorsiones.

Jorge también compartió cómo reaccionaría ante una situación de extorsión. “Aunque me muera de miedo, no tendría que demostrarlo. Me enfrentaría a la situación, me negaría rotundamente a aceptar cualquier chantaje. Presentaría la denuncia correspondiente, me enfrentaría al extorsionador si fuera necesario, teniendo en cuenta que aquí hay cámaras de seguridad, y pediría protección para mi vida. No podría someterme a la extorsión. Siendo líder entre los bodegueros, si yo cediera, podría hacer que otros, por miedo, hagan lo mismo”, afirmó con convicción.

Historias que nunca olvidará

A lo largo de más de dos décadas dedicadas al comercio en su tienda de barrio, Jorge se ha convertido en el confidente de sus clientes, compartiendo momentos tanto de alegría como de tristeza. Entre las muchas historias que ha escuchado, guarda especial recuerdo de aquellas de superación personal, donde sus clientes le han confiado sus luchas contra adversidades que inspiran y motivan.

Por ejemplo, recuerda cuando una joven se acercó a su tienda para preguntarle a qué hora cerraría. Al decirle que a las 3:30 de la mañana, la mujer le solicitó si podría extender el cierre hasta las 4:00. La razón era que quería encontrarse con su hermana en la puerta de su bodega minutos antes de las 4. Jorge aceptó, aunque terminó esperando hasta las 4:10, situación que frustró a la hermana que había llegado a tiempo. En ese entonces, sin celulares, su negocio se convirtió en el punto de encuentro. Cabe señalar que ambas mujeres eran adolescentes y cada una había ido a una fiesta distinta.

Otra situación que Jorge narró fue cuando un hombre lo confrontó por no haberle dado una bolsa gratis a su esposa al comprar tres botellas de gaseosa. “Una señora compró las gaseosas y al decirle que la bolsa tenía un costo adicional de 10 céntimos, se negó a pagarla. Entonces, su esposo vino a reclamarme, diciendo que era mi deber darle una bolsa porque estaba haciendo una compra. Me insultó de la A a la Z”, contó, visiblemente indignado.

También ha tenido clientes que se bajan de su carro para comprar productos específicos para sus parejas embarazadas, evidenciando antojos por chifles o empanadas.

Las historias son una constante en la bodega. “Escuchas cosas complejas: desde el hijo que maltrata a la madre, hasta descubrimientos de infidelidades. Situaciones familiares difíciles que comparten contigo en un momento de vulnerabilidad”, relató.

Además, el bodeguero mostró su rechazo al precio etiquetado o sugerido en varios productos, lo que, según su experiencia, limita sus ganancias e incluso resulta en pérdidas al cambiar los hábitos de compra de sus clientes. Asimismo, expresó su desacuerdo con el aumento al Impuesto Selectivo al Consumo que se aplicará desde marzo de 2024 a ciertos productos. Prevé que esto reduzca la venta de bebidas alcohólicas y cigarrillos en su tienda, y potencialmente fomente el mercado negro o la economía informal.

Magaly Romero pasó de vender en quiosco de un colegio a ser propietaria

Después de concluir la entrevista, Jorge le envió un audio a su amiga Magaly a través de WhatsApp. Supe que era ella cuando él dijo: “Magy, están yendo a entrevistarte, sonríe”. Esto demostró que entre los bodegueros existe una amistad que trasciende las redes sociales. Ambos pertenecen a la Asociación de Bodegueros del Perú y se brindan consejos mutuos para mantenerse firmes en el negocio de las bodegas. Me despedí con un fuerte apretón de manos y salí de un lugar que me permitió ver la vida desde otro ángulo. Ser bodeguero no es fácil, y durante la hora que conversé con Jorge, comprendí que debemos ser amables y mantener buen humor con todos los clientes, a pesar de las circunstancias.

Desde la avenida Los Insurgentes 1117, San Miguel 07011, partí rumbo a Rivera y Dávalos 201, Lima 15003. Allí me esperaba Magaly Romero, dueña de la bodega Santa Rosa. Tras más de 40 minutos en taxi, llegué a su local, que desde la calle se veía ordenado. Cuando me aproximé a la tienda, se dio cuenta de mi presencia. Me presenté y automáticamente su semblante cambió. Me pidió esperar unos minutos mientras atendía a un joven que le entregaba mercancía.

“Ayer la vimos en el periódico, ya es famosa”, decía un joven. Ella no sonrió, quizás porque el comentario la incomodó o porque era alguien al que veía por primera vez. Luego de este suceso, Magaly atendió a los clientes con amabilidad y respeto.
Magaly pasó de vender en un pequeño quiosco de un colegio a ser propietaria de su propia bodega. (Infobae: Rafael Montoro)
Magaly pasó de vender en un pequeño quiosco de un colegio a ser propietaria de su propia bodega. (Infobae: Rafael Montoro)

Una vez que los clientes se marcharon, la empresaria movió su congeladora de helados para permitirme entrar a su bodega que, como se esperaba, lucía impecable y ordenado. Sabía que me encontraría con este panorama, pues horas antes su colega había elogiado las cualidades de Magaly y el orden de su bodega.

Conversamos sobre diversos temas, entre los que destacan el Impuesto Selectivo al Consumo (ISC). “Nuestros proveedores de cigarrillos y cerveza ya nos han informado cuánto subirán los precios, y es demasiado. Por ejemplo, un cigarrillo que cuesta 1 sol, costará S/ 1.40; uno que cuesta S/ 1.50, estará casi en 2 soles. Lógicamente, los consumidores se quejarán y dejarán de comprar, sin darse cuenta de que esto nos afectará a nosotros, ya que casi el 50% de nuestras ventas proviene de esos productos. Nos va a afectar considerablemente”, señaló. Este es un problema que afectaría a los bodegueros a partir del 1 de marzo, fecha en que se aplicarán las modificaciones al ISC.

Magaly también compartió que antes de iniciar su negocio de bodega, se dedicaba completamente a sus hijos. No obstante, el destino le tenía reservado algo interesante para su vida y su familia. Hace más de 6 años, encontró trabajo en el colegio de sus hijas: le dieron la oportunidad de vender en un quiosco dentro del colegio por un período de un año. Según cuenta, en ese tiempo le fue tan bien que pudo ahorrar lo suficiente para abrir su bodega, contando con la ayuda de sus padres, quienes le proporcionaron espacio en su casa para su negocio.

Todo fue bien en los primeros años, pero hubo un momento en que enfrentó dificultades. “Hubo un momento en el que tuve una crisis porque no sabía cómo manejar bien una bodega. Veía ingresos y pensaba que había dinero para gastar en los niños. Poco a poco me iba quedando sin mercancía”, contó.

Con pocos productos en su negocio, lo que hizo fue pedir un préstamo al banco. Por esos tiempos también conoció a la Asociación de Bodegueros del Perú, cuyos integrantes le ayudaron a manejar su bodega y hacerla crecer. Tras poner en práctica todo lo aprendido, comenzó a ver un crecimiento en su bodega. Las ganancias obtenidas con este negocio las ha invertido en la educación de sus hijos, a quienes no hubiera podido educarlos si no tuviera el negocio de la bodega. “Para una madre no hay imposible”, expresó. Antes de trabajar en el quiosco, su economía no era muy estable, pues solo el padre de sus hijos trabajaba y ella era ama de casa.

Al igual que Jorge, Magaly ha tenido experiencias que le han partido el corazón. Mientras atendía en su local, una mujer mayor se acercó y le contó sus problemas. “Una señora mayor siempre llegaba a pedir su agua y así comenzó nuestra amistad. Un día, tras no verla durante una semana, le pregunté qué había pasado. ‘He estado mal, por eso no venía’, me respondió. Desde entonces, nuestra amistad creció”, narró.

Un día, la anciana le confesó a Magaly que tenía ganas de llorar porque se sentía mal y que, aunque le expresaba a su esposo cómo se sentía, él solo la miraba y no decía nada. “Mis hijos ya no viven conmigo, pero yo los llamo y a veces no me contestan”, le dijo la anciana a la comerciante. Mientras conversaban, la bodeguera escuchó una frase que le partió el corazón: “Yo quisiera que Dios me recoja”. Luego, la misma mujer dijo: “Yo encontré en usted lo que no encuentro en mi casa”.
Magaly ha podido darle educación a sus hijos gracias al negocio de las bodegas. (Infobae: Rafael Montoro)
Magaly ha podido darle educación a sus hijos gracias al negocio de las bodegas. (Infobae: Rafael Montoro)

Los bodegueros no solo se limitan a vender productos, han llegado a ser más que eso, convirtiéndose en familiares para algunos y demostrando que son personas en las que se puede confiar. No solo para que nos fíen productos, sino también para encontrar esa compañía que quizás no tengamos en casa.

Durante nuestra conversación, varias personas se acercaron al local para comprar productos. En su tienda, pude notar el comportamiento de distintas personas, y una en particular llamó mi atención: una señora se acercó sin saludar y preguntó por un producto de manera poco amable. Al escuchar que Magaly no tenía ese producto, se molestó.

Cerca al final de la entrevista, conversamos sobre la delincuencia, un problema que no solo preocupa a los bodegueros sino también a todos los peruanos. “Gracias a Dios, puedo decir que no he tenido ese problema de extorsión, pero sí conozco casos de colegas muy cercanos que tristemente han tenido que cerrar su bodega por el miedo, a pesar del apoyo de la Asociación. Es triste porque el último caso fue una pareja que tuvo que cerrar por la seguridad de ellos, de sus hermanos y de su familia. Ella lloraba y eso nos duele”, contó.

Magaly aún no ha pensado en lo que haría si un delincuente se acercara a su tienda a extorsionarla, pero señaló que ante la presencia de un maleante le diría que se lleve todo lo que quiera y que no la lastime.

Tras finalizar la entrevista, la señora Magaly me invitó una botella de agua. Antes de que empezara el día tenía sed de escuchar historias, y durante la entrevista quería tomar agua, de modo que adivinó que quería beber el líquido elemento.

La historia de los empresarios ha inspirado a otros bodegueros a perseguir sus sueños. (Infobae: Rafael Montoro)
La historia de los empresarios ha inspirado a otros bodegueros a perseguir sus sueños. (Infobae: Rafael Montoro)

La travesía de Jorge Enriquez Aldana y Magaly Romero Tampi en el corazón de Lima culmina no solo como un relato sobre el comercio, sino como una crónica de vida que resalta la humanidad y la calidez que persiste en los rincones más sencillos de nuestras ciudades. A través de sus ojos, la bodega se transforma en un escenario donde cada producto tiene una historia y cada visita es un capítulo más en la gran narrativa de una comunidad.

Ambos bodegueros nos invitan a recordar que, en la cotidianidad de lo aparentemente insignificante, yacen las crónicas más genuinas de nuestra sociedad. Su historia trasciende lo comercial para convertirse en un relato de resistencia y calidez que perdura en Lima.