En Una suerte pequeña, la perturbadora novela de la escritora Claudia Piñero, uno de los personajes (Robert) se esmera por describir frente a la protagonista de la historia la diferencia entre estar roto y estar dañado, como ella, que intenta desesperadamente recomponerse de un hecho traumático: "Un daño se puede reparar, zurcir. Lo roto es difícil de reparar, casi siempre es mejor cambiarlo por otro. En cambio, lo dañado tiene una reparación posible. Una esperanza, la ilusión de volver, no digo al estado anterior al daño, pero sí a un estado en el que la vida pueda seguir fluyendo (…) Usted no podrá evitar el daño, pero sí convertir eso que hoy no la deja vivir en un dolor apaciguado".

El proceso de sanación emocional deja marcas, cicatrices que bien pueden dejarse a la vista u ocultarse con recelo. Pero según el kintsugi, una técnica centenaria japonesa que consiste en reparar piezas de cerámica rotas y que es también una filosofía de vida, ningún sentido tendrá ignorar las lastimaduras, lavarlas o disimularlas. Por el contrario, esta práctica revaloriza la belleza de las cicatrices: las roturas forman parte de la historia del objeto, lo hacen único y definen su identidad. El valor está en la imperfección, en el desgaste. Así, bajo la premisa de esta práctica, un cuenco destrozado podrá ser ornamentado con encaje y la unión de los fragmentos ser unida con un barniz espolvoreado de oro, plata o platino. Claro que con las roturas del corazón no es tan sencillo como con las piezas de cerámica. Y lleva tiempo. En el kintsugi la etapa de secado es clave para la recomposición del objeto porque es justamente lo que garantiza su solidez y durabilidad.

TROPIEZO AL ANDAR. En los procesos emocionales es el duelo el que da cuenta del procedimiento de cicatrización. Que la pérdida se entienda y todo el psiquismo se reorganice no es algo que suceda de un momento a otro. Para que haya posibilidad de rescate, analiza la médica psiquiatra y psicoanalista Lía Rincón, hay que dejar lugar a la tristeza. Permitir que la angustia drene por los poros. Más cuando hay heridas casi letales, que son muy complejas de cerrar. Ante una ausencia repentina, compara la especialista, la imagen que aparece y que la mente debe afrontar está: una mano a la que le sacan sin aviso el vaso que sujetaba y la invade el sentimiento de que ya no sirve para nada. No hay sentido alguno. "En el proceso de recomposición psíquica uno busca poder cargar de libido (o energía vital) otros objetos" (en el sentido psicoanalítico cuando se refiere a investir personas, asuntos, trabajos). Recién después de transitar ese momento somos capaces de sentir que ese "hombre", por ejemplo, no es el único al que vamos a amar o "ese trabajo" era uno entre otras tantas posibilidades y podemos obtener experiencia del dolor antes de que la herida destruya todos los aspectos de la vida. Ese aprendizaje es el que nos modifica y es, siguiendo el kintsugi, el que va configurando una trama en nuestra superficie que viene a definirnos como seres únicos y también viene a fortalecernos. Pensemos si no en la adolescencia, cuando todo lo que embiste parece mortal. "Pero siempre la paciencia y la tolerancia a ese dolor o frustración, que puede ser muy dura de soportar, es parte del camino a desandar", coincide el psicoanalista de la Asociación Psicoanalítica Argentina, APA, Ricardo Rubinstein. La profundidad de la herida, la intensidad del golpe y el apego que tenía con esa idea incide en la posibilidad de tomar distancia y seguir adelante. "Tener un ideal de perfección suele impedir que la herida cicatrice porque se juegan el orgullo y la vergüenza, cuando en realidad todos vivimos de roturas e imperfecciones", comparte Rubinstein. Es más, si pudiéramos "ecografiar" nuestro corazón emocional veríamos que se parece más a una red arañada y rugosa que a una loza aterciopelada. Sin reconocer ese mapa zigzagueante, la película realmente no tendría interés.

EL DOLOR INCOMODA. Como explica el licenciado en Comunicación social y coach ontológico Juan Pablo Husni, nadie vería la serie si mostrara a una pareja que enamora, se casa, tiene hijos, no hay conflicto. Fin. El drama es constitutivo. "Equivocadamente, a veces pensamos que si mostramos nuestra vulnerabilidad, si dejamos traslucir nuestros sentimientos no tan positivos la gente no va a querernos, cuando el efecto que provoca mostrarnos de manera genuina es el contrario. Somos seres empáticos. Cuando yo me abro, al otro se le activan también sus propias heridas, especialmente las que traemos desde la primera niñez, como el miedo al abandono o a la falta de aprobación", reflexiona Husni. El problema es que en ocasiones tenemos una tendencia a consolar y responder antes de simplemente escuchar o conectar con el otro. El dolor nos incomoda, preferimos no ver las partes oscuras. Es cuando sin detenernos realmente lanzamos conclusiones, ensayamos soluciones o empujamos al confesor a que salga lo antes posible de su estado lastimoso: "Dale, salgamos, ya pasó mucho tiempo, te va a hacer bien", "la vida es una, hay que divertirse", "jugá, tirate al mar, decile a tu mujer que la querés". Soltá. El imperativo de la alegría permanente y el goce fugaz y cortoplacista aniquila toda posibilidad de cura emocional. Son interrupciones que postergan la cicatrización real. Antes de ser resueltas, las heridas piden primero ser abrazadas. Necesitan ser miradas de frente, que bajemos a las profundidades para empezar a ser remendadas. La felicidad, aunque pueda sonar pesimista, es una consecuencia de las decisiones que tomamos y de haber entrado a los lugares donde entramos. Porque al final, dice Husni, siempre hay recompensa. Llega cuando sentís que estás atravesando con entereza y recursos los obstáculos y dificultades que te pone la vida y conectás con ese grado de plenitud que nada tiene que ver con la rapidez y el impulso frenético o escapista. Cuando te decís a vos mismo "qué bien, pude salir de acá sin golpearme tanto"; recién ahí, siguiendo a los cultivadores del arte del kintsugi, las grietas fracturadas comienzan a modelarse y mostrar su esplendor dorado, digno de veneración.

"La aceptación nos deja listos para recomenzar"

por JORGE ROVNER, médico psiquiatra, autor de psicoterapiazen.com

El sufrimiento (con sus múltiples rostros: pesar, dolor, molestia, malestar, incomodidad) es la característica primaria de toda existencia. No dice que todo es sufrimiento o pesar, sino que puede convertirse en ello. Una pareja, una amistad, un trabajo, la belleza, la situación económica, etc. A eso se llama dukkha en sánscrito. Cuando nuestro corazón se rompe suele hacerlo por dos grupos de razones, la primera es la separación, la ida, el engaño o la muerte de un ser amado. Estos fenómenos pueden tener o no arreglo; su arreglo ser próximo, mediato o inalcanzable. Pero también debemos dejar ir, soltar. Todo es impermanente e imperfecto según dice el budismo, que es muy optimista y nos promete que, con paz en el corazón y perseverancia, nuestro dolor sanará. ¿Cuánto de nuestro dukkha presente se debe a nuestro egoísmo y omnipotencia? Hay que aceptar el dolor sin peros. Sólo aceptarlo plena y sabiamente. Si nos duele tenemos derecho a que nos duela y nadie puede decirnos cuánto ni por qué duración debe dolernos. La aceptación, el dejar ir, el optimismo nos dejan listos para recomenzar. Lleva tiempo. Bien invertido.

Textos: MARA DERNI (mderni@atlantida.com.ar) Fotos: LATINSTOCK

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