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Un mundo con expansiones problemáticas

Las fisuras del liderazgo norteamericano y la sobrecapacidad manufacturera asiática anticipan una etapa de choques, defensas comerciales y reacomodamientos globales

Rodríguez Mackay señaló que Perú debe mantener sus vínculos con China y recuperar espacio económico con Estados Unidos.
Estados Unidos y China (Imagen ilustrativa)
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El discurso de EEUU parece estar enredado con múltiples nudos y contradicciones internas y externas, poniendo así de manifiesto, pese a su enorme poderío, ciertas vulnerabilidades. La guerra contra Irán ha socavado la idea de que aliarse con EEUU sea realmente útil como garantía de seguridad. Lo prueba la reciente alianza defensiva acordada entre Pakistán (país nuclear), Arabia Saudita (potencia energética y financiera) y Turquía (país clave por su posición geopolítica y miembro de la OTAN); la llaman la OTAN sunnita. Además, el poderío militar está siendo cuestionado en cuanto a su utilidad práctica: un adversario con menores capacidades puede aprovechar sus asimetrías para debilitar a un ejército mucho más poderoso. Nuevos sistemas de armas, como drones y misiles, han reducido al mínimo las reservas de armas estadounidenses, muy caras y de reposición lenta. Misiles Patriot, interceptores THAAD y drones MQ-9 Reaper valen fortunas, y su fabricación lleva más de dos años. Y un stock excesivamente alto resultaría demasiado oneroso.

Esta guerra comenzó con objetivos confusos, desde destruir el programa de misiles balísticos de Irán hasta impedir que Teherán obtuviera armas nucleares. Ahora se centra en la disputa por el estrecho de Ormuz, que durante los 47 años del régimen de los ayatolas estuvo abierto al tráfico marítimo. Parece absurdo y revela cierta confusión estratégica. EEUU no logró anticipar que Irán tenía un plan B: utilizar sus nuevos y convenientes sistemas de armas, de bajo costo, para atacar las bases norteamericanas en Medio Oriente (Irán destruyó gran parte de la base logística en Bahréin y un radar esencial de 500 millones de dólares del sistema antimisiles THAAD en Jordania), además de poder controlar el estrecho de Ormuz. Logros obtenidos pese a disponer de fuerzas armadas muy inferiores a las de EEUU y bastante destruidas. Típica guerra irrestricta o híbrida.

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Resulta sorprendente que EEUU no haya tenido en cuenta estas posibles acciones. Antes las guerras se ganaban mediante masa y energía. Hoy se ganan con información. Haberla iniciado ha sido su gran error estratégico. Las explicaciones de estas vulnerabilidades pueden encontrarse en una de las clásicas “leyes” de la geopolítica: la sobreextensión imperial. Esto ocurre cuando un Estado amplía su poder militar, territorial o sus compromisos económicos más allá de lo que sus recursos internos pueden sostener. Las fronteras o áreas de influencia se vuelven demasiado extensas, costosas de defender, y hasta resulta difícil comprender integralmente sus características propias, debido a que los adversarios aprenden a ocultar sus estrategias y también porque los defensores tienen hoy una ventaja real sobre los atacantes, ya que no necesitan ganar; solo necesitan no perder. Las grandes potencias, en cambio, deben ganar, terminar la guerra y volver a casa. Eso es cada vez más difícil. Lo sufre también Rusia en Ucrania. Además, los gastos militares desproporcionados descuidan la base económica y productiva del propio país (por ejemplo, ahora faltan municiones). En consecuencia, se producen déficits fiscales elevados por mantener bases o intervenciones en lugares remotos, se deteriora la infraestructura nacional, hay inflación y desindustrialización por exceso de gastos de defensa. Así se va perdiendo gradualmente el control y la capacidad de respuesta frente a las potencias emergentes.

Pero veamos qué pasa con China. Globalmente hay quejas por el exceso de capacidad productiva de China, por el aumento de sus exportaciones y por su superávit comercial. Más del 50% de la producción industrial del mundo está en China. Un desequilibrio que afecta no solo a las grandes potencias, sino también a la posibilidad de un desarrollo armónico de los países intermedios, especialmente aquellos de desarrollo industrial y tecnológico intermedio, como es el caso de Argentina. Esta situación está llegando a un punto crítico y habrá reacciones. Muchos países estaban dispuestos a aceptar productos manufacturados a precios bajos a cambio de mantener baja la inflación, tal como se pregonaba en la globalización inicial de los años 90. Pero, con el avance de la industrialización china, muchas veces basada en subsidios financieros y en una paridad artificial del renminbi, sus exportaciones masivas producen desindustrialización y caída del empleo en el resto del mundo, lo cual se vuelve imposible de soportar para casi cualquier gobierno, de cualquier signo político. El proteccionismo frente a la formidable hipereficiencia china y a su política de dumping se va a volver inevitable, hasta lograr un nuevo equilibrio. En las últimas décadas, China logró el mayor superávit comercial de la historia; en 2025, alcanzó casi 1.200 millones de dólares. Un modelo estratégicamente beneficioso para China y desinflacionario para el resto del mundo a corto plazo, pero política y estructuralmente insostenible.

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La extraña paradoja de China es que no solo compite simultáneamente con EEUU o Europa en inteligencia artificial, vehículos eléctricos y electrónica, sino también con las naciones más pobres del mundo en la fabricación de textiles, prendas de vestir y artículos para el hogar. Esto desafía cualquier precedente histórico. En su momento, Corea del Sur y Taiwán abandonaron la manufactura de bajo valor agregado a medida que aumentaban los salarios internos. Esto refleja la convicción de Xi, un ingeniero, de que, si bien China debe acelerar la construcción de la economía digital, la economía real es la base y no se pueden abandonar las diversas industrias manufactureras.

La principal fortaleza económica de China es su base industrial, que le permite aumentar su capacidad militar y el desarrollo de sistemas de armas cada vez más sofisticados. Es decir, mantener una gran capacidad industrial se vuelve necesario para fabricar nuevos sistemas de armas en cantidad suficiente y durante largos períodos. Uno de los fundamentos básicos de la arquitectura conceptual de la guerra irrestricta es que la capacidad para enfrentar potenciales conflictos futuros siempre depende de la potencia económica e industrial de las naciones.

Las fábricas chinas tienen la capacidad de producir aproximadamente 1.200 gigavatios de infraestructura solar al año, casi el doble de la cantidad instalada a nivel mundial el año pasado. El volumen de exportaciones chinas de células solares, que componen los paneles solares, aumentó un 73% en el primer semestre de 2025 con respecto al año anterior, mientras que el precio unitario promedio de dichas células disminuyó aproximadamente un 25% interanual. De ese modo, no dejan el mínimo espacio para que otros países puedan desempeñar un papel en la fabricación de productos de energía limpia.

Más problemática es la situación de los vehículos eléctricos. En 2025, las exportaciones chinas aumentaron un 21%, alcanzando los 142.000 millones de dólares, y los envíos de baterías de iones de litio llegaron a los 77.000 millones de dólares. China sigue aumentando su capacidad de fabricar vehículos eléctricos e híbridos, manteniendo su propia demanda interna en torno a los 12 millones anuales. La demanda mundial se sitúa en 23 millones (2026). China tiene la capacidad de producir aproximadamente 55 millones de automóviles, incluyendo vehículos eléctricos y de combustión interna, lo que representa aproximadamente el 60% del mercado mundial (aproximadamente 90 millones). Como los chinos están anticipando problemas y son previsores, están diversificando su estrategia y han comenzado a trasladar algunas fábricas al exterior (España y Hungría en Europa; Brasil en Sudamérica), aprovechando las uniones aduaneras. Igualmente, habrá resistencias geopolíticas y proteccionistas que ralenticen el avance chino.

La situación se mantendrá estable mientras el mundo pueda absorber la industria china. Pero las leyes de la aritmética plantean un gran desafío. En 2026, el superávit comercial de China crecerá a más del 20% interanual, mientras el FMI proyecta que la economía mundial crecerá solo un 3,1% este año. A este ritmo, la demanda mundial no crece lo suficientemente rápido como para absorber las exportaciones chinas, ni en sectores clave ni en conjunto. Eso implica problemas para las nuevas fábricas en China, al igual que sucedió anteriormente con el mercado inmobiliario. El superávit comercial de China podría descender y, para mantener la expansión, deberán apelar al crecimiento de su mercado interno. Lo cual significa un modelo de construcción de poder geopolítico diferente del actual. Estaríamos en presencia de otro caso de sobreextensión imperial, aunque de diferente naturaleza al de EEUU.

Argentina debería tratar de entender todo lo que está ocurriendo en el mundo y tomar medidas preventivas para, al menos, no seguir destruyendo los sectores de gran valor agregado con altas posibilidades de transformar el futuro nacional.