
Las próximas elecciones presidenciales en Irán (28 de junio) no parecerían alterar las características teocráticas del régimen pese a fuertes síntomas de desgaste interno y cuatro décadas de un disruptivo perfil internacional. Tampoco estaría amenazada la línea fundamentalista que domina todas las ramas del poder, electas como no electas. Sin embargo, la lucha de los distintos sectores conservadores puede llegar a ser la más intensa desde la instalación de la República islámica en 1979 en virtud que no solo está en juego la elección presidencial, sino que subterráneamente incluye la selección del futuro líder religioso supremo y autoridad principal del país. El fallecido Ebrahim Raisi era el delfín natural para reemplazar al ayatola Ali Jaminei (85 años y sucesor del ayatola Jomeini), en el poder desde 1989.
En la estructura piramidal iraní la figura presidencial es como la de un primer ministro. El poder real recae en el líder religioso supremo que conduce las fuerzas armadas, los grupos para militares que integran la Guardia Revolucionaria Islámica, el poder judicial y tiene la última palabra en todas las decisiones ejecutivas y legislativas. Por lo tanto, el sistema endogámico no permite un presidente con visiones autónomas o modernizantes. De alguna forma, ese criterio ha estado presente en las características gubernamentales desde la fundación de la República Islámica, 6 de los 8 presidentes han sido miembros del clero chiita.
Hasta la fecha nunca ha habido un candidato presidencial critico u opositor al statu quo. Todos han sido siempre seleccionados con el beneplácito del líder religioso y del consejo de notables del clero. En esta ocasión, hay un solo candidato religioso (Mostafa Pourmohammadi, ex Ministro del Interior). La mayoría son militantes conservadores con fuertes vínculos con la jerarquía clerical como el actual vicepresidente Amir Hossein Hashemi, el alcalde de Teherán Alireza Zakani, el ex vicecanciller Said Jalili (negociador del programa nuclear) o el miembro de la Guardia Revolucionaria Mohamed Baqer Qalibat. La lista incluye un reformista, Massoud Pezeshkian.
Atento que lo que está en juego es en definitiva la credibilidad del sistema político y el enjambre de privilegios de grupos que rodean el poder religioso del régimen, el gran debate no es entre conservadores y reformistas sino dentro del propio grupo conservador y en particular con la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) que ha ganado mucho espacio económico y casi el monopolio del ejercicio de la fuerza.
Dado que la IRGC es la custodia pretoriana del líder religioso, muchos observadores auguran que el sucesor de Ali Jamenei podría ser su propio hijo, Mojtaba (clérigo de 55 años que nunca ha ocupado un cargo gubernamental). La duda es si los sectores clericales más significativos estarían dispuestos a aceptar silenciosamente una sucesión dinástica.
Es previsible que la participación de la ciudadanía en las próximas elecciones presidenciales vuelva a ser muy baja dada la falta de entusiasmo de las nuevas generaciones (45% del padrón en las últimas legislativas). También por los efectos de una crisis económica agudizada por las sanciones contra el polémico programa nuclear que ha empobrecido al país. Sin embargo, no hay indicios en lo inmediato de cambios en la orientación general del Irán teocrático menos aun en alineamientos de política exterior, en los agresivos objetivos militares o en la utilización del fundamentalismo chiita en acciones terroristas.
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