
Lo sucedido durante la semana que pasó dio respuesta a la pregunta que me hacía, desde estas mismas líneas, ni bien terminada la elección que consagró a Javier Milei como Presidente electo. No va a haber una transición cooperativa, al menos en materia económica.
En efecto, el ministro-candidato se borró, y los presidentes salientes y entrantes jugaron a tomar el té en Olivos, y posaron para una foto, pero nada más.
Y, hasta donde se sabe, el equipo de transición del Presidente electo no le requirió al equipo económico actual que instrumentara ninguna medida en preparación del 11 de diciembre.
¿Qué hubiera significado una transición cooperativa?
En primer lugar, modificar la política cambiaria para actualizar el dólar de importación, emprolijando algo el mamarracho de régimen cambiario que tenemos hoy, en dónde se observa un precio del dólar relativamente “razonable” para las exportaciones y un precio inexistente para el pago de importaciones, prácticamente paralizados desde hace semanas.
Es cierto que en camino a las elecciones el Gobierno vació de reservas el Banco Central, de manera que el nuevo precio para el dólar de importación hubiera sido cuasi “testimonial”. Pero no es menos cierto que algunas importaciones se pagan y que, al menos, empezarían a blanquearse algunos precios que hoy toman como referencia al dólar oficial de importación, en particular en combustibles y energía.
En segundo lugar, y vinculado con lo anterior, una transición cooperativa también debía incluir el descongelamiento de los precios de los servicios públicos reduciendo el monto de los subsidios a la energía y al transporte -en este último caso, principalmente a los correspondientes al área metropolitana-. Esto hubiera permitido empezar a sincerar algunos precios y que el esfuerzo fiscal a heredar fuera menor.
En otras palabras, una transición cooperativa hubiera permitido que la inflación reprimida a recibir por el nuevo gobierno fuera menor y que el déficit fiscal a reducir también lo fuera.

Todavía queda la expectativa respecto al presupuesto 2024 que está hoy con tratamiento pendiente en el Congreso, pero, con la información disponible al momento de escribir esta columna, no parecen haberse iniciado conversaciones en torno a los cambios que pudiera pretender el nuevo gobierno.
Por último, también hubiera sido importante revertir la absurda reforma demagógica del impuesto a las Ganancias de las personas y reemplazarla por un impuesto a los ingresos, progresivo y razonable como el que rige en la mayoría de los países del mundo.
Sin embargo, por sus declaraciones públicas, por ahora el presidente electo parece insistir en mantenerla.
Sin transición, entonces, el desafío fiscal para el próximo gobierno resulta superlativo.
En efecto, el presidente Milei ha explicitado un diagnóstico correcto sobre la raíz fiscal del problema macroeconómico argentino.
En ese sentido, el eventual “cierre del Banco Central” evita recurrir a la salida fácil de la emisión monetaria para cubrir dicho déficit, es decir quita una fuente de financiamiento hacia adelante, pero hay que arreglar el problema de hoy.
Y para solucionar el problema de hoy hay que cerrar el déficit fiscal de manera genuina.
Otra vez, sin revertir la mala reforma impositiva, y sin una fuerte reducción de los subsidios a la energía y el transporte a los sectores de mayores ingresos, habrá que ir a buscar entre 4 y 5 puntos del PBI, si se quiere cerrar el déficit primario y otros dos puntos adicionales, si se pretende cubrir también los pagos de intereses de la deuda
Sin incremento del impuesto a los combustibles, y otros impuestos internos (¿tabaco?), y habiendo rechazado otros aumentos de impuestos, esos puntos habrá que obtenerlos de una reducción del gasto.
Licuar más los pagos de jubilaciones no solo luce difícil sino también inmoral, y lo mismo sucede con algunos rubros ligados a la política de protección a los sectores de menores recursos.
Si esto es así, esos 4/6 puntos hay que reducirlos de los 10/11 puntos del gasto público nacional remanente.
Visto en detalle, parece una tarea ciclópea y compleja de instrumentar, aun consiguiendo consensos políticos amplios.
Quizás así se explique el “pragmatismo” de Milei en la composición final del gabinete.
Finalmente, el punto más importante.
Un ajuste fiscal de la magnitud explicada es una señal muy potente de cambio de régimen, si se lograra. Pero el “no hay plata” da idea de una baja de “emergencia” y no permanente. Más si se combina con una mala reforma impositiva.
Y la Argentina necesita generar una señal de más largo plazo de equilibrio fiscal. Quizás allí radique la insistencia del presidente en torno al cierre del Banco Central como señal complementaria de la emergencia fiscal.
Pero acá también, el presidente Milei deberá aclarar que cierre del Banco Central no es dolarización, sino romper la maquinita.
De lo contrario, estaremos conviviendo con una contradicción extraña, que podría llevar a una fuerte inestabilidad de corto plazo.
Por un lado, una política fiscal y monetaria potente para defender al peso, y por otro lado un anuncio de dolarización futura para terminar con el peso.
Por ahora, como corresponde, hay que darle a la nueva administración el beneficio de la duda y tiempo, sobre todo dada la magnitud de la herencia que recibe, derivada de cuatro años de una política fiscal, monetaria, cambiaria, y de deuda totalmente desastrosa, a lo que se agregó, en los últimos meses, la irresponsabilidad pre electoral.
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