
Me desperté con la noticia de que el premio Nobel de 2022 es para Annie Ernaux y supongo que debí ponerme contenta. La escritora francesa usa su vida desde hace décadas para contar la sensibilidad femenina y también la forma en que las mujeres lidiamos con las violencias para poder sobrevivir.
El acontecimiento (2020) es un libro necesario cuando el mundo todavía avanza sin tregua sobre el cuerpo de tantas. En Medio Oriente, donde siguen matando adolescentes por rebelarse contra el terror del régimen islámico, y en Occidente, donde ningún derecho está a salvo, y hay incluso mujeres como Georgia Meloni o Cayetana Alvarez de Toledo (que tan bien recibida fue hace unos meses en la Argentina) que basan su popularidad y hasta ganan elecciones con un discurso reaccionario cuyo menú principal es el regreso a la “familia natural” y la crítica de la llamada “ideología de género”.
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Mis amigos que más entienden de literatura dicen que debieron haber ganado Salman Rushdie o Stephen King; sobre todo Rushdie, que hoy más que nunca –después del atentado del que se recupera desde agosto, tras décadas de eludir a la fatua– representa a la libertad en jaque que tenemos que defender. Supongo que es tan cierto como que los símbolos se van quedando cada vez más cortos, cada vez más huecos.
Son hermosas Juliette Binoche, Marion Cotillard y también nuestra Juana Viale sacrificando un mechón de sus melenas libres en nombre de la lucha de las iraníes, y al menos le responden a los señores que sin voluntad de cortarse (ni de hacer) nada, preguntan dónde están las feministas o las famosas locales cuando hay que dar señales, y se maravillan por las “verdaderas valientes” desde la cobardía de sus teléfonos. Pero, ¿de qué sirve responderles? ¿El gesto es para ellos? ¿Cómo hacemos para acompañar a esas mujeres en serio?
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De nuevo, los símbolos –como las declaraciones de principios hechas en posteos para las redes– se van quedando cada vez más cortos y más inútiles. Hace rato que a nadie le importa el premio Nobel y queda bien darle la palmadita a una mujer mientras las cosas siguen iguales. El señor que se ofende porque ninguna feminista se cortó el pelo, escribe su tuit y vuelve al confort de su café, sus opiniones y su vida de señor moderno. No sé cómo se sale del postureo, no sé si me volví muy cínica, me cuesta ver la realidad de las cosas.
Esto es real: Nika era una chica de 17 años que desapareció el 20 de septiembre último en Teherán durante las protestas por la muerte de Mahsa Amini. Fue encontrada muerta diez días después. Según los forenses, la violaron y torturaron sin pausa durante ocho días. Su cuerpo fue cosido desde el estómago hasta el pecho antes de ser abandonado en la calle.
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Desde Irán, una mujer que ya es mi amiga me ruega que seamos su voz, que no las dejemos solas mientras las patrullas morales siguen matando y torturando niñas. No sé si alcanza con un mechón de pelo cortado para la foto o el video en Occidente. No sé si alcanza con premiar a una escritora mujer cuando el aborto clandestino sigue siendo una amenaza tan vigente en países supuestamente desarrollados.
Anoche vi Argentina, 1985 con mi hijo adolescente. Me gustó por muchas cosas y me gustó especialmente verla con él. Cuando salimos del cine me dijo que la épica de Julio Strassera y su equipo hoy sería imposible, que había algo romántico en ese mundo recién salido de la oscuridad que hoy ya no tiene sentido, que ya no hay héroes. Hablamos de los chicos de su edad que votan a personajes como Meloni o llenan los actos de negacionistas como Javier Milei.
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El lado oscuro está a un paso, pequeño padawan. El problema es que ya nada alcanza. Mi hijo también lo sabe. Me da pena que crezca sabiendo lo poco que se puede hacer para cambiar las circunstancias. Se supone que ser adolescente te da ese superpoder, el de creer en el cambio.
Y sin embargo –como dice el personaje de Norman Briski en la película de Santiago Mitre–, de vez en cuando, muy de vez en cuando, se abre una ventana, una rendija por la que entra la luz y nos quita todos los velos y hace grandes a los héroes más inesperados. Ignorar el peligro y seguir investigando en ese contexto, ¡eso era compromiso!, no cumplir con el desafío del pelito ni inventar un hashtag desde Palermo.
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Otra vez, perdón por el cinismo, pero también es cansancio. También de los machitos que nos dicen cómo portarnos y hasta de los que nos dan premios. De los dieciocho miembros de la Academia Sueca –depurada tras el escándalo por el encubrimiento de un encumbradísimo depredador sexual–, sólo seis son mujeres. Otra cucarda para que todo siga igual. Supongo que igual debería estar contenta. Ernaux es una escritora fenomenal.
Como sea, quiero seguir creyendo en las rendijas. En que la memoria nos puede salvar de un futuro horrendo. En que la llave está justo en los chicos que, como mi hijo, se quedaron por primera vez en la vida sentados en el cine con la luz prendida, porque el horror de los testimonios y la fuerza de una sociedad que abrió finalmente los ojos ante la violencia y la clandestinidad, los dejó sin aliento incluso aunque ahora se estudie el Nunca Más en el colegio.
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Quiero seguir creyendo aunque todos los gestos me parezcan insuficientes y hasta burdos. Quiero, pero pienso, como siempre, que nadie nos interpretó mejor que Charly. Y que después de todo es como cantaba él en 1977, cuando arreciaba el horror: ¿Qué se puede hacer, salvo ver películas? Si hay una para ver en este momento, es Argentina, 1985.
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