Las prioridades del Gobierno: vacaciones sí, escuelas no

Según datos oficiales, en 2021 se destinaron 50 mil millones de pesos para financiar el Plan PreViaje, subsidiando el turismo nacional. Diez veces más recursos que para volver a la escuela

Aunque los organismos internacionales anunciaban las consecuencias, acá se insistió en una política de privación de la educación (REUTERS/Agustin Marcarian)
Aunque los organismos internacionales anunciaban las consecuencias, acá se insistió en una política de privación de la educación (REUTERS/Agustin Marcarian)

Argentina tuvo uno de los cierres de escuelas más prolongados del mundo durante la pandemia con consecuencias devastadoras en el abandono escolar y la pérdida de aprendizaje, siendo los sectores vulnerables los más golpeados. Aun cuando, desde el comienzo, los organismos internacionales anunciaban las consecuencias y pedían a los gobiernos que previnieran la “catástrofe generacional” que implicaba privar a los niños y jóvenes del derecho a la educación, acá se insistió en una política de privación.

Ahora, ya instalada la peor crisis del sistema educativo argentino, estamos iniciando un nuevo año sin datos y sin plan. El discurso oficial habla de “presencialidad plena” y pasaron semanas discutiendo los protocolos de reapertura, cuando todas las actividades sociales se han reanudado sin tantas vueltas. Los vericuetos argumentativos, las infinitas reuniones, las giras por provincias capturadas en fotos idénticas registran el “trabajo de gobernar la reapertura”. Bastarían tres o cuatro indicaciones claras y fundadas en evidencias (que sobran en el mundo) para que cada escuela, con la responsabilidad que le cabe, organice el inicio de clases. ¿Al servicio de qué están estos gestos sobreactuados de gobierno?

No hay datos. No se sabe exactamente cuántos alumnos quedaron desvinculados de la escuela y cuán profundas han sido las pérdidas de aprendizaje y los daños emocionales por la privación de escuela. Argentina no tiene una base nacional nominal que permita seguir la trayectoria escolar de los estudiantes, a pesar de que hay una ley que obliga a tenerla. Y además no hay resultados de evaluaciones nacionales sobre el estado de los aprendizajes, en primaria porque recién se tomaron las pruebas en diciembre pasado y en secundaria porque directamente se suspendieron. Los países a los que les importa la educación han seguido de cerca los impactos con información relevante y oportuna que les permite ir tomando decisiones y poner en marcha distintas estrategias de recuperación en tiempo real, mientras Argentina optó por hacer estimaciones, proyecciones, aproximaciones. Se estimó en 2020 que había un millón de estudiantes desvinculados, ahora se calcula que son 500 mil. Sólo muy pocas provincias construyen esa información precisa gracias a sistemas propios. ¿Pero, a nivel nacional, cuántos son los que abandonaron y cuáles son los aprendizajes que todos, los que se cayeron y los que siguieron, perdieron? Nadie sabe, nadie contesta.

No hay, en consecuencia, un plan de recuperación serio. En realidad, el Gobierno nacional nunca ha tenido un Plan Educativo, ni siquiera en el inicio, para los cuatro años que le toca gobernar. Cuando estalló la pandemia en marzo 2020, ya habían pasado los famosos 100 días del nuevo gobierno, esos días que se dicen cruciales para instalar las bases estratégicas de gobierno. Nunca se conoció un Plan, es decir de qué diagnóstico se parte, cuáles es la visión de la educación y cuáles las prioridades y las líneas de acción. Después vino la pandemia y la política de clausura escolar.

Ahora, la medida es la conformación de un Fondo Nacional de 5.000 millones de pesos para revincular a los alumnos de las 24 provincias bajo el Programa “Volvé a la Escuela”. Ese fondo equivale aproximadamente a 50 millones de dólares oficiales, si son un millón los chicos que abandonaron corresponde a 50 dólares por alumno, si son 500 mil chicos, el gobierno estaría destinando 100 dólares por alumno. Nada, si se tiene en cuenta que reinsertar a un alumno en el sistema educativo requiere recursos humanos, materiales, tecnológicos específicos que acompañen por lo menos tres años el proceso de inclusión. Este simple cálculo sirve para mostrar en metal cuánto importa la educación, cuánto se pone para que “todos, todas, todes” vuelvan a la escuela. En cambio, según datos oficiales, el gobierno destinó en 2021 cerca de 50 mil millones de pesos para financiar el Plan Pre Viaje, subsidiando el turismo nacional. Diez veces más recursos para volver a las vacaciones que para volver a la escuela. El Ministro de Turismo reconoce que es la política más importante para la industria del Turismo y afirma que se “redistribuyeron recursos con perspectiva federal”, a pesar de que los datos indican el 80% de las compras anticipadas se realizaron en Ciudad de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y la provincia de Buenos Aires, donde probablemente los sectores medios informados pudieron beneficiarse.

El Turismo se reactivó y ese sector vio de inmediato los beneficios. En educación también pueden traducirse los impactos (positivos y negativos) en términos económicos, aunque los grandes efectos sean diferidos en el tiempo porque los perdedores en educación hoy son perdedores también en oportunidades futuras. La pérdida en los aprendizajes durante la crisis ocasionada por la Segunda Guerra Mundial siguió teniendo impactos negativos 40 años más tarde, sobre la vida de quienes fueron estudiantes en esa época. La generación de estudiantes COVID está en riesgo de perder unos 17 billones de dólares estadounidenses, en valor actual, del total de ingresos que percibirán durante toda la vida, o cerca del 14 por ciento del PIB mundial actual, como consecuencia del cierre de las escuelas durante la pandemia, según un nuevo informe publicado a fines de 2021 por el Banco Mundial, UNESCO y UNICEF. El pronóstico es más grave que las estimaciones calculadas en 2020.

La manta es corta y por eso las prioridades del Gobierno son tan importantes. En este momento los países están frente a la oportunidad de reconstruir los sistemas educativos en mejores condiciones y producir políticas de mediano y largo plazo en temas como currícula y métodos de enseñanza, formación y carrera docente, financiamiento e incentivos para la mejora continua y la participación de las familias. Pero junto a estos retos están los urgentes: no retroceder, ampliar el tiempo destinado a la enseñanza y no dejar ni un solo alumno en el camino.

Es poco probable que los chicos que perdieron su conexión con la escuela durante la pandemia, que son los más vulnerables en una sociedad donde la mayoría de los niños y jóvenes ya son pobres, se hayan ido de vacaciones a Ushuaia, El Calafate, Iguazú, Villa La Angostura que fueron entre los destinos más elegidos por el PreViaje. Sus destinos han sido otros: hacer changas, deambular sin rumbo, cuidar hermanos o hijos, volverse soldaditos de la droga, limpiar la casa, buscar el mango, como sea, para comer. Sin políticas de rescate, esos destinos serán cada vez más oscuros. Los de ellos y los de todos. Porque en la educación reside el capital social y económico de toda la sociedad.

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