Cada mejora, que las hubo, ha sido efímera; y una vez finalizado el apogeo, la situación fue peor: híper inflación e híper desocupación.
En 1975 se marcó un quiebre entre la trayectoria de años de crecimiento del PBI por habitante -con breves períodos de estancamiento o caída- y las más de cuatro décadas de estancamiento o declinación, -con breves períodos de crecimiento-.
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Las razones que se alegan para el quiebre son diversas. El hecho es irrefutable. ¿Por qué crecimos -tendencia de largo plazo- hasta 1975? Para algunos el quiebre estaba implícito en el modo de crecimiento: la inviabilidad de su continuidad. Para otros fue consecuencia del abandono de ese modo de crecimiento.
Está comprobada la inviabilidad de generar crecimiento con los modos que se procuraron posteriormente. Los números certifican la continuidad del ascenso hasta 1975 y del descenso desde ese momento.
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Federico Sturzenegger en su último libro expone que desde 1900 hasta 1975 la Argentina mantenía un PBI por habitante equivalente al 70% del de Australia. Si hubiéramos mantenido esa relación nuestro PBI per cápita hoy sería de USD 36.000 y no USD 8.841 (Banco Mundial); la pobreza no sería mayor que la que teníamos en 1975 (4% de la población) y la deuda social, sería tan “manejable” como la deuda externa que entonces teníamos.
Gerardo Della Paolera y Roberto Cortés Conde, señalan de nuestra economía el “notable pésimo comportamiento luego de 1975″: Nueva Historia … (pág.25). Martín Rapetti mostró que el PBI por habitante de 2020 fue igual al de 1974.
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No es menos cierto que en 1983 -sea por la derrota en la Guerra de Malvinas o por el hartazgo de la amoralidad ínsita del Genocidio de la represión; o por el ocaso de la violencia guerrillera para instalar el socialismo por las armas- logramos instalar un sistema de convivencia democrática en torno a la Constitución de 1853, violada desde 1930.
Pésimas reformas constitucionales
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Durante el proceso democrático una ambición desmedida de un presidente que quiso perpetuarse en el poder -y la profunda debilidad de las instituciones y de una verdadera cultura democrática- nos llevó a la Reforma Constitucional de 1994 negociada con los demás partidos de una manera, como mínimo, obscura.
De ello resultó un engendro que hizo, de cada período gubernamental, el territorio para lograr la reelección. Peor aún. No fue suficiente un gobierno de seis más cuatro años. Después, Cristina Fernández de Kirchner (al grito de “Cristina eterna”) procuró otra reforma para garantizarse la re-reelección después de 8 años. ¿Lo hemos olvidado?
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Desde 1983 las reformas para prolongarse en el poder han sido intentadas cada vez que la popularidad -transitoria- permitía abocarse a la búsqueda de una perpetuidad que, en todos los casos y cada vez que se intentó, terminó con una situación económica y social peor de la que existía cuando el sueño de la continuidad anuló la cabeza de los dirigentes y sus seguidores.
La vocación de perpetuidad en el gobierno va unida -particularmente entre nosotros- a una obsesión de exclusión. Desde quién ejerce el poder, los “otros” son la síntesis del mal. Son los enemigos del progreso, del bien, del pueblo. Eso que llamamos “grieta” tal vez sea también la consecuencia de la vocación de perpetuarse y -por lo tanto- de la necesidad de demonizar al adversario.
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En esas condiciones, “ganar la próxima” es “el programa” de gobierno: gobernar es “continuar” y por lo tanto demonizar y excluir.

Fracasos y extravíos tienen un mismo origen: la ausencia de pensamiento situado. Las dos cosas necesarias: pensar y hacerlo desde el “aquí y ahora”. Ausencia de pensamiento porque todo es encuestadores y marketing político. No hay idea ni de tiempo ni de dónde estamos, porque la realidad es ignorada. Por los que están en el poder y por los que aspiran a ocuparlo. Por eso nunca se hacen las preguntas: ¿De dónde viene esta situación de deterioro? ¿Qué tenemos en el presente? ¿Qué futuro deseamos? ¿Cuál es el futuro posible?
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La derrota del oficialismo, que fue el castigo a la incapacidad para formular las preguntas y a no tratar de responderlas, produjo la pérdida del Senado controlado desde 1983. El conurbano no logró arrastrar la voluntad federal y también perdió la superioridad electoral en la provincia de Buenos Aires.
El sumun de la ausencia de “pensamiento situado” es la convocatoria de Alberto Fernández a un acuerdo y luego celebrar un triunfo imaginario. Una convocatoria vacía.
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El Presidente no ha dado señal de tener respuestas a aquellas preguntas básicas. Tampoco parece estar interesado en formular un menú de propuestas viables. No cree en “planes”.
Sin menú propositivo no puede haber acuerdo. ¿Qué estarían acordando?
El no tener menú fue la condición necesaria para no haber tenido rumbo desde 1975. El gobierno de la improvisación.
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