
El camino de la economía parecería tener un aspecto muy relevante, que estaría “cantado”: concretar un acuerdo con el FMI. No acordar con el Fondo Monetario Internacional sería sumamente negativo.
Para nosotros, los argentinos (en general) pero también, para el gobierno, no acordar con el FMI sería el pasaporte para un salto del tipo de cambio a $300 por dólar, o más, un clima muy angustiante, y finalmente un estallido, financiero, económico, social y político.
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En el Gobierno hablan de acordar antes de marzo. Pero la situación de disponibilidad de reservas internacionales netas, líquidas y disponibles propias del Banco Central (RNLD) es tan crítica que cada día que pase desde el lunes sin acordar con el FMI es a puro costo.
Ya las RNLD (sin encajes, ni swaps, ni tenencias de oro, ni DEG y otros pasivos externos de corto plazo), ya serían negativas en unos USD 1.000 millones. Es decir, se estarían usando, indebidamente, encajes que pertenecen a los bancos (en realidad, a los depositantes del sector privado).
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En ese acuerdo con el FMI, deberá quedar en evidencia una aceptación (en general) de la inversión privada como motor del crecimiento económico, y por ende una aceptación (en general) de que deben removerse obstáculos regulatorios e impositivos que compliquen las inversiones y la creación de empleo.
Luego, la parte más jugosa, el programa económico deberá contener la aceptación (en general) de que el país debe aspirar al superávit fiscal primario, con un sendero concreto inicial decreciente, tal vez de 3% del PBI para 2022 y del orden de 2% del PBI el año siguiente.
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Y habrá que acordar la estrategia para alcanzar estos resultados: cuanto por suba natural de la recaudación por encima de los gastos (por ahora, poco para esperar por esta vía, al estar los egresos relevantes como los jubilatorios, muy atados a la variación de los recursos tributarios que perciba la Anses), cuánto por subas impositivas, y cuanto por baja del resto de las obligaciones corrientes.
La brecha cambiaria
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Tras estas importantes definiciones, el Gobierno deberá comprometerse a bajar las brechas cambiarias, básicamente por 3 vías:
a) el propio ajuste fiscal, que implicaría menos emisión de base monetaria, y consiguiente menor suba del dólar CCL/MEP/blue;
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b) la propia confianza “general” del acuerdo, que implicaría más demanda de pesos, y consiguientemente, menos de dólares;
c) el incesante aumento diario del dólar oficial (crawling-peg).
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Y si estas vías no alcanzaran, aparecería en escena la tan temida maxi devaluación. Una maxi devaluación podría hacerse “de una”, antes o al inicio del acuerdo con el FMI, o más adelante, si como decía, las estrategias antes mencionadas no alcanzaran.
Es un tema muy espinoso: maxi devaluar en el contexto de una inflación del 50%, con un gobierno, que en el mejor de los casos pasaría de ser “muy poco creíble” a “un poco creíble”, es una operación riesgosa.
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Una maxi devaluación que no saliera bien podría implicar que el CCL/MEP no se quede quieto. Y si esto ocurriera, y las brechas bajaran muy poco, no se lograrían beneficios, y habría muchos costos, entre ellos, una “nominalidad” muy alta (sucesivos rounds de aumentos de salarios, tarifas, dólar, etc.), que podrían disparar la altísima inflación actual a valores mayores aún (70 por ciento?).
En cuanto a la faz política, veremos si Cristina Fernández de Kirchner asume que es gobierno, o adopta la actitud de “cuántica” de estar y no estar a la vez. Estar, para nombrar funcionarios adictos, y no estar para poder dirigirse al pueblo y decirle: “yo me reuní 18 veces más con Alberto, pero el Presidente no hizo lo que yo le decía que había que hacer…”. En fin.
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Empieza una nueva etapa, y veremos si con la ayuda del peronismo “tradicional”, y una actitud “benévola” de Cristina, los próximos 2 años se tornan más vivibles que los últimos. Como suele decir Juan Carlos de Pablo: ánimo!
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