
Hace unos días fue noticia que la empresa Toyota tenía dificultades para conseguir 200 jóvenes que, con secundario completo, tuvieran la comprensión lectora necesaria para, al menos, leer el diario. Su presidente, Daniel Herrero, expresó su frustración con una frase que resume todo: “En Buenos Aires (por la provincia) se perdió el valor de un secundario”.
La queja no puede tomar por sorpresa a nadie, porque cuando algo se destruye sistemáticamente durante mucho tiempo, cuando deja de importar si se aprenden o no se aprende y se hacen oídos sordos a los datos de comprensión lectora y de conocimientos matemáticos, la sangre termina llegando al río y el problema se vuelve tan difícil de resolver que se lo termina por negar.
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El costo de darle lugar al relato por sobre la verdad y de inventar conquistas y logros que no se corresponden con la realidad cotidiana de la gente es este: cuando llega la hora de la verdad, no tenemos chicos mínimamente capacitados para trabajar en una fábrica.
Ahora ya es evidente que hay que ocuparse de los jóvenes que terminaron el secundario y que no tienen el nivel necesario para entrar a una fábrica como Toyota (versión moderna del empleo fabril, constructor de la clase media del siglo XX que a tantos nostálgicos conmueve). Pero también hay que ocuparse de los que hoy están en la secundaria, sin aprender, y de los que nunca la terminaron.
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¿Qué vale un secundario? ¿Cuánto es el valor que destruimos? Cuento una anécdota personal. En un grupo de WhatsApp en el que estoy, donde hay políticos y empresarios, pregunté cuántos de ellos tenían algún hijo estudiando para ser docente. Cero. Y arriesgo que si les hubiera preguntado a cuántos de ellos les hubiera gustado que algún hijo lo fuera, la respuesta no sería diferente.
Esto no es nuevo, son décadas de desatención a la educación y de una clase política que, con algunas excepciones, no encaraba el tema con la seriedad necesaria porque los resultados dramáticos que sabíamos que traía no eran tan visibles. Hoy lo son, el daño está hecho. Y el daño se hace carne en el lenguaje.
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Siempre me gustó más la palabra “maestro” que docente. Maestro solía ser un elogio (¡qué maestro!) y quedó en desuso (hoy se dice “qué capo” y la diferencia en el origen de la metáfora habla por sí sola). Es fundamental revalorizar al maestro y fomentar que más jóvenes estudien la carrera docente porque el perfil del estudiante de la carrera es cada vez menos variado.
Cuanto más valoremos al maestro, más estamos valorando la educación. No es casual que los países que mejor educan y mejor nivel educativo tienen sean países donde el maestro o maestra es un miembro muy respetado de la sociedad. En Finlandia, por ejemplo, hay tantos chicos que quieren ser maestros, que de cada 100 estudiantes que se presentan, solo 8 logran el sueño. La ministra de Educación de la ciudad Soledad Acuña lo dijo hace un año y fue atacada sin razón: son pocos quienes hoy en día eligen ser maestros como primera opción.
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La vocación, sentimiento noble y valioso, no puede ser la única razón para elegir ser maestro como primera opción. Les estamos pidiendo una abnegación, un compromiso y un sacrificio que es injusto, no está apropiadamente retribuido e influye directamente en la calidad de la enseñanza. No quiero que las historias de maestros sean heroicas, el hecho de ser maestro ya tiene su cuota de heroísmo, el resto del camino tiene que estar allanado.
Vemos el valor que una sociedad le da a la educación, y por ende al secundario, secundario cuando miramos quiénes son referentes culturales de esa sociedad. Quiénes son ejemplo para los demás. En términos más actuales: ¿vivimos en un país de ciudadanos que valoran el esfuerzo y el trabajo o en una Argentina de vivos? El Presidente había asegurado que la Argentina de los vivos se había terminado, pero no pudo sostener su afirmación con el ejemplo.
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No se terminó esa Argentina, lamentablemente, y eso afecta el valor de un secundario. Cuando los que llegan a posiciones relevantes o de poder actúan sin escrúpulos, sin entender que deben ser más ejemplo que nunca, entonces la sociedad comienza a imitar sus comportamientos. Sin un cambio profundo en nuestra manera de actuar, de tratarnos, de hablar del otro y de respetarnos no va a cambiar el valor que hoy nuestra sociedad le da a educarse. Si lo hacemos, será un paso en el camino correcto.
Esto es sólo el comienzo del camino para recuperar el valor del secundario. Para que la frase “secundario completo” vuelva a significar algo, a representar algo. Un camino que debe incluir un compromiso de toda la dirigencia, porque no basta con un compromiso político. Por supuesto que la principal responsabilidad es del Estado y por eso el cambio debe comenzar por allí. Pero tienen un rol que jugar los empresarios, los sindicalistas, los padres que dieron una gran batalla para la vuelta a la presencialidad. Tenemos que involucrarnos todos para cortar de cuajo este gran simulacro de que se enseña y se aprende, como dijo Guillermina Tiramonti en una nota reciente.
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El caso Toyota puso el problema frente a nosotros, finalmente. Es de esperar que no pase desapercibido y que el shock inicial y el escándalo que revela den lugar a un trabajo a conciencia para revertir la situación. Que va a ser a largo plazo, que va a traer tensiones y disputas, pero que es un deber difícil de exagerar.
Podemos discutir cuál es el rol del Estado, pero que la educación es un servicio público esencial e ineludible está fuera de discusión. Revela su incompetencia el presidente cuando, en medio de esta situación, sale a anunciar que buscará hacer de internet un servicio público. Ampliar las obligaciones del Estado es un truco barato y demasiado evidente para intentar ocultar los fracasos que se arrastran y que ya son de público conocimiento. Hace muchos años que la educación trae más problemas que los que resuelve, ahora tenemos el precipicio a la vista. Enderecemos el rumbo.
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