Cómo restaurar los ecosistemas más poblados: las ciudades

Las urbes deberán transformarse para ser capaces de identificar los síntomas de las patologías ambientales y diseñar mecanismos y dispositivos para aliviarlos

Lagos de Palermo
Lagos de Palermo

Este año el Día Mundial del Medio Ambiente nos invita a orientar la acción ambiental hacia la restauración de los distintos ambientes, bajo el lema “reimagina, recupera, restaura”. Esta fecha nos convoca a ser la generación que pueda hacer las paces con la naturaleza, protegiendo lo que queda y reparando lo que ha sido dañado. Estamos iniciando oficialmente el “Decenio de las Naciones Unidas sobre la Restauración de Ecosistemas”, cuyo fin es prevenir, detener y revertir la degradación de los ecosistemas, como requisito para poder erradicar la pobreza, combatir el cambio climático y asegurar la supervivencia del ser humano en la Tierra.

En esta cruzada, las ciudades ocupan un rol central. Aunque ocupan menos de 1% de la superficie del planeta albergan a más de la mitad de la población mundial. Los distintos ecosistemas urbanos son esenciales para garantizar una calidad de vida adecuada, ya que nos protegen de amenazas como inundaciones, contaminación atmosférica y el efecto Isla Urbana de Calor (acumulación de calor por la inmensa mole de hormigón de las ciudades), a la vez que nos proveen de espacios para el descanso y el esparcimiento y para la proliferación de la biodiversidad.

Para restaurarlos el desafío radica en encarar una planificación urbana que priorice los espacios verdes, las superficies permeables, el uso de vegetación nativa, los humedales urbanos, el arbolado público y la limpieza de los cursos de agua. Además, que contemple la mixtura de usos, las áreas peatonales, el ordenamiento del tránsito y el fomento a la electromovilidad y el uso de la bicicleta. Implica pensar ciudades que sean capaces de metabolizar de forma sostenible los residuos y la contaminación que generan, y de ser eficientes con la energía que consumen. Es decir, urbes capaces de identificar los síntomas de las patologías urbanas y diseñar mecanismos y dispositivos para aliviarlos. Cuando hablamos de saneamiento, de economía circular, de eficiencia energética, de un transporte ordenado, estamos hablando de ambiente, de salud y de futuro.

Como legislador de la Ciudad de Buenos Aires, presenté distintas iniciativas para traccionar este cambio de paradigma. Por ejemplo las “supermanzanas” cuyo objetivo es generar espacio público de cercanía, o el Programa de Agricultura Urbana (ambas propuestas convertidas en ley). También la creación de calles verdes o el etiquetado de eficiencia energética de viviendas -contempladas en el Plan de Acción Climática 2050- y la prohibición de sorbetes plásticos, que hoy ya es una realidad en nuestra Ciudad. A nivel nacional, también he presentado distintos proyectos de ley en la Cámara de Diputados para acompañar este proceso, como la promoción de la movilidad sostenible y la economía verde, la creación de la tarifa eléctrica verde, la protección de humedales, el etiquetado de reparabilidad de aparatos eléctricos y electrónicos y la aprobación y jerarquía Constitucional para el Acuerdo de Escazú.

Buenos Aires es un ejemplo de ciudad resiliente e inclusiva que ha encarado una transformación profunda bajo estos parámetros de sustentabilidad, y que continúa intensificando sus compromisos a través de la reciente presentación del Plan de Acción Climática 2050 para alcanzar la neutralidad en carbono. En este sentido, la Ciudad ha dado comienzo a la actualización del Plan Urbano Ambiental, tomando como premisa que -como parte integrante del área Metropolitana- debe tener una mirada ampliada sobre las problemáticas y desafíos que se replican en todos los grandes conglomerados urbanos. Estos hitos nos hablan de una ciudad de puertas abiertas que no teme a los desafíos, dispuesta a adaptarse, a innovar, a remediar sus viejas heridas y a apostar a nuevas soluciones para un mañana más verde.

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