El supremacismo argentino

Es la religión del odio, especialmente el odio al distinto. Hay un sentido individualista que nos lleva a juntarnos con nuestros homogéneos, cuya deriva patológica es un egoísmo de grupo

La historia es pródiga en ejemplos de actos posesorios, tanto a nivel global como en la escena local. La Toma de la Bastilla por las turbas parisinas, el 14 de julio de 1789, reviste un significado fuertemente simbólico que designa la derrota del Ancien Règime y el nacimiento de la Revolución Francesa.

Al ocupar este símbolo, el pueblo asumía una autodeterminación de regir su propio destino. Protagonistas privilegiados de esa épica fueron los sans culottes (sin calzones), así denominada la clase baja que expresó la escuadra más radical del movimiento revolucionario liberal.

Así como ocurre en la historia universal, existe en el ámbito nacional un episodio emblemático que exhibe la presentación en sociedad de una propia identidad expresada en un acto de posesión sobre una soberanía territorial. Es una apropiación similar a la que se evidenciaría en los años sesenta por parte de las tropas norteamericanas, respecto de determinadas colinas que tuvieron una especial importancia estratégica en la guerra de Vietnam.

La invasión de los bárbaros

En idéntico sentido al francés y su significado universal, en el plano local se verifica también una emergencia y un nuevo protagonismo que cambió, para bien o para mal (según el propio gusto), la historia argentina. Algunas veces se ha ejemplificado esta ocupación donde los puros hechos son los determinantes de la realidad, con el cuento “Casa tomada” de Julio Cortázar.

El 17 de octubre es por eso mismo una fecha emblemática que evoca el día en que los cabecitas negras podemos decir que invadieron (en el sentido que hasta entonces no era algo propio) el espacio simbólico que representaba el centro del poder de la Plaza de Mayo, produciendo nada menos que el alumbramiento del peronismo, el movimiento político más importante de la historia argentina.

Aunque se trata de fenómenos completamente diversos, y no resultan comparables en su importancia, puede decirse en cambio que, de algún modo, el 17 de octubre representa la edición local de la toma del Capitolio en cuanto a su significación antisistema. En ambos casos se produce un empoderamiento prohijado desde el propio poder político.

Un solo hecho posee más fuerza que todas las teorías. Eso es algo que no se podía hacer y menos remojar las patas (sic) en la fuente, pero se hizo: fue. No puede tampoco dejar de observarse que, en ese entonces, una regla de la etiqueta epocal prohibía la visita al centro de la ciudad sin su correspondiente saco, y ellos cumplen con las reglas del decoro ciudadano, pero a partir de ese momento fue todo un signo de liberación la condición de ser un descamisado (el equivalente argentino de los sans culottes).

La expresión cabecita negra, que proviene de una especie de jilguero sudamericano, designa en sentido despectivo (luego sanado al ser adoptada por el propio peronismo) una forma de denominar a la clase trabajadora proveniente del interior del país y migrada a las grandes ciudades, especialmente la Capital Federal. El dato denuncia la oposición entre ella y la clase media de origen europeo, que con su irrupción se vio desplazada del poder político y conformó la oposición al peronismo.

La Toma del Capitolio del Día de Reyes por los supremacistas blancos recuerda otro momento significativo como fue el ataque al Palacio de Invierno que se constituyó en un ícono de la Revolución Rusa, o bien la Marcha sobre Roma de los Camicie Nere (Camisas Negras) de Benito Mussolini, y también la caída de la misma ciudad eterna en el año 476, cuando los bárbaros tomaron posesión del centro neurálgico del imperio, inaugurando una nueva era de la historia.

No parece probable ni resulta posible saber si este nuevo episodio tendrá alguna consecuencia en el futuro, pero su imprevisibilidad habla por sí misma. En todo caso representa un claro ejemplo de su disrupción en el escenario social y un indicio de que tendremos un nuevo problema en el futuro.

Si es imposible determinar cuál será el impacto que tendrá dicha desafiante presencia en el corazón mismo del sistema democrático de una nación que ejerce hoy un indiscutible liderazgo global, de lo que no hay duda es de que ella abre un amplio espacio de reflexión, porque esta historia no termina acá sino que aquí empieza.

El dato acredita una atención sobre un proceso un tanto desapercibido, que en los últimos años ha venido teniendo un creciente protagonismo en la agenda pública. Es el supremacismo, que hasta ahora hemos visualizado como fenómeno ajeno y exótico, pero que también merece ser tenido en cuenta como algo que de alguna manera ejerce una elusiva e indirecta presencia entre nosotros.

El paradigma racial eurocéntrico

El supremacismo es un constructo ideológico típicamente yanqui que reúne fuentes del nacionalismo, el autoritarismo y el populismo en distintas proporciones, situándolo dentro de la extrema derecha o en otro sentido de un fascismo genérico. El republicanismo liderado por Donald Trump suscitó su ferviente apoyo incluso en las formas más tradicionales del racismo radical como el Ku-Klux-Klan.

Es verdad que no se advierten en estas tierras (al menos en un grado ostensible) algo así como esas extrañas sociedades tan frecuentes en países supuestamente avanzados, y no solamente en los Estados Unidos, inspiradas en pulsiones xenófobas, intolerantes y antisemitas, como el Movimiento de la Creatividad o Identidad Cristiana.

Pero eso no significa que no nos infecten nuestros propios virus, cuyos signos aunque sean de otra cepa también están presentes y se advierten en forma creciente en la vida social argentina. Ellos están ahí operando silenciosamente, aunque no siempre sean percibidos y se encuentren acaso dormidos. Es prudente por eso prestar atención al nódulo antes de padecer un cáncer.

Según una creencia general los argentinos somos blancos, esto es, europeos viviendo aquí, en América; tanos, gallegos o lo que sea, pero nuestro origen es el trasplante. Algo ajeno a los indígenas o pueblos originarios, inversamente al resto de los latinoamericanos. La creencia se completa con el arraigado sentir de que no seríamos iguales a ellos, sino superiores.

Más allá de la especie del crisol de razas, ese fue el paradigma eurocéntrico con el que muchos fuimos formados en una negación de la realidad, de que la Argentina era distinta, una suerte de Suiza en el extremo sur del continente. Entonces, ¿los otros quiénes son? Los bárbaros, alguien étnicamente inferior. Por lo tanto, si no es posible invisibilizarlos, por lo menos hay que ponerlos en el cuarto de atrás.

Esta arrogante visión que fue la corriente en el pasado, está siendo paulatina e inexorablemente destruida a medida que la realidad va mostrando a los cada vez mas atribulados argentinos, que a medida que transcurre el tiempo son menos diferentes y mas iguales al resto de los otros, los pobres, por así llamarlos, tradicionales.

No obstante, esa dura comprobación de su propia caída social podría constituir una escuela del sufrimiento en un sentido positivo, porque si se lo vive con madurez, el dolor puede ser también un bien, puede ser educativo.

Desde esta perspectiva, puede sorprender también el hecho de percibir la inversión de ese canon etnocultural por parte de las gentes del interior. Los supuestos marginales mirarían así a la inmigración como un factor igualmente ajeno a la propia nacionalidad, y en todo caso atribuyéndole unos títulos menores a los propios. Tampoco los otros serían reconocidos como argentinos simplemente porque no eran de aquí y porque no hablaban castellano sino cocoliche o idish.

El país mestizo

Por eso puede constituir también un descubrimiento constatar que los antepasados de esa categoría blanca habían llegado al país a fines del siglo XIX, pero que los de los otros estaban acá desde mucho tiempo antes de esa fecha, de modo que se habían anticipado a esos recién llegados en varios centenares de años, redondamente siglos enteros.

En los pueblos del interior hay una regla no escrita que indica que los nacidos y criados (los nyc) poseen un estatuto superior a los forasteros recién arribados al pago. En el ejército, dicen, la antigüedad es un grado. Prior in tempore, potior in iure, sentencian los juristas (primero en el tiempo, mejor en el derecho).

El país real muestra una nación mayoritariamente mestiza, donde el prejuicio racial es tan vergonzante como la desconfianza latente o la animadversión al porteñismo, caracterizado como extranjerizante por parte del interior profundo. Menudo problema cuando se parte de dos exclusiones para conformar una identidad.

La mayoría criolla fue tan expresada políticamente por el peronismo como execrada por sus opositores. En el mismo Perón se reconoce una etnia indígena y el sobrenombre familiar de Cholita que tuvo Evita en su niñez refiere a que alguien percibió en ella un rasgo étnico de carácter telúrico, pese a su ascendencia vasca.

Curiosamente, en los libros de lectura justicialistas, los obreros y sus familias eran representados con rasgos blancos más propios de un ario que de mestizos como lo eran la base humana que conformó el policlasismo justicialista.

En realidad el prejuicio no es entre nosotros tan racial como social, como lo prueba el hecho de que en las clases altas el componente indígena legitima el parentesco cuando proviene de la nobleza autóctona. Al cabecita negra se lo desprecia en primer lugar porque es pobre y plebeyo, no tanto por el color de su piel o de sus ojos.

El odio al pobre

Pero el rechazo al pobre, la aporofobia según la denominación acuñada por Adela Cortina, no es exclusivo de una clase o de una ideología, e incluso puede decirse que radica más en la clase media que en la alta. Es un prejuicio siempre latente que ordinariamente se expande sin estallar de una manera violenta. Es un odio vergonzante, hecho más de silencios que de palabras.

Sin embargo, en algún momento el monstruo muestra su rostro. El asesinato cometido en forma colectiva por una banda de rugbiers hace ahora un año, es un ejemplo de que la trama racial no es un dato extraño a nuestra identidad, y ocasionalmente puede evidenciar la misma ardiente ferocidad de la que hacen gala los supremacistas norteamericanos. La sátira de un personaje imaginario llamado Dicky del Solar, que luego de viralizado marca tendencia en las redes, es un ejemplo del supremacista argentino y exhibe un retrato de esta especie.

El supremacismo es la religión del odio, especialmente el odio al distinto. Hay un sentido individualista que nos lleva a juntarnos con nuestros homogéneos, cuya deriva patológica es un egoísmo de grupo. Por eso es que hay que hacer un esfuerzo por querer al diferente, aunque la naturaleza humana sea social. Existe una verdad que solamente se encuentra en el otro.

En los últimos años asistimos a una prédica híperindividualista que tiene su raíz en el iluminismo agnóstico y que se solaza en denostar al cristianismo, en burlarse de quien se preocupa por atender las necesidades de quienes menos tienen. Se podría afirmar que una gran parte del rechazo al papa Francisco tiene su raíz en su opción de naturaleza evangélica que denuncia una realidad aún no asumida por una considerable porción de los propios cristianos.

El relato excluyente que inocula el virus del odio, igual que en Kansas o en Georgia, ha logrado hacer pie en amplios segmentos de la menguante clase media (hoy en trance de precipitarse a la baja) no solamente en la derecha sino también a izquierda del arco político.

De este modo hay un discurso de negación del otro que se genera en los colectivos políticos en su disputa del poder. Por una parte, uno de ellos dirige sus invectivas hacia un objetivo conformado por una derecha egoísta y antipatriótica, y por la otra, en su opuesto hay un rechazo a los abusos generados por el espíritu fanático que puede advertirse en las ideologías del género y de los nuevos populismos.

En este último caso el odio se prodiga en sus versiones más recientes de naturaleza supuestamente progresista e igualitaria ambiguamente escoradas hacia la izquierda. Pero ambos se consideran a sí mismos como representativos del cuerpo más auténtico de la propia nación, evidenciado en la abundancia del uso de la enseña nacional que opera como una legitimación de sus respectivos reclamos, fundada en la santidad inmarcesible de la patria. En sendos casos, su propia legitimidad se construye sobre la descalificación del otro.

El nuevo mapa de la posmodernidad

En este enfoque se ha llegado a presentar al mensaje cristiano como un factor regresivo que proclama la entronización de la pobreza y el desprecio del progreso humano. Bajo la apariencia de un cuestionamiento a la dimensión pública de la fe, es posible vislumbrar que se articula un solapado y a veces abierto y desembozado ataque al propio cristianismo, de magnitudes similares a las expresadas en los siglos pasados por el racionalismo de la Ilustración.

Ciertamente estamos aquí muy lejos de la derecha religiosa conservadora de los pastores electrónicos de los años setenta y también del nacionalismo católico que ha sido tradicionalmente un signo distintivo de la ultraderecha argentina desde las primeras décadas del siglo pasado.

La actual sensibilidad supremacista que ha comenzado a señorear en amplios espacios sociales también argentinos aparece como más próxima, en cambio, al menos a ciertos criterios que son mas bien propios del neonazismo skinhead, del “Gran Reemplazo” de Renaud Camus y de ciertas expresiones foráneas pero también autóctonas del metal, el rock duro y el punk que se han ido conformando desde hace ya más de medio siglo en el variopinto escenario de nuestra inquietante posmodernidad.

Este dato es correlativo con el proceso de secularización de la sociedad occidental y el surgimiento de nuevas corrientes culturales de un signo muy diverso que configuran una inédita realidad en el mapa de las creencias posmodernas, la mayoría de ellas ajenas a las religiones tradicionales.

En las nuevas derechas insurgentes es cada vez más nítido el influjo de un neopaganismo de raíces precristianas, evidenciado en detalles como los tatuajes celtas de Jake Angeli, el líder supremacista que se paseó por el congreso norteamericano ataviado con un uniforme que reunía una estrafalaria condición con apariencia de guerrero vikingo y arcaico indio sioux, todo un símbolo del sincretismo posmoderno.

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