
“La pandemia ha sacado a la luz patologías sociales más amplias”, dijo él.
Al hablar en la Audiencia General de este miércoles 12 de agosto, el Santo Padre se refirió a la dignidad humana como fundamento de toda la vida social.
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“El coronavirus no es la única enfermedad que hay que combatir sino que la pandemia ha sacado a la luz patologías sociales más amplias, como la visión distorsionada de la persona, una mirada que ignora su dignidad y su carácter relacional”, expresó el obispo de Roma.
Y agregó que no sanaremos el mundo si no superamos esas otras patologías.
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“El otro” no es un objeto de uso o de consumo
Hay en el mundo actual una mirada de los seres humanos como objetos, para usar y descartar, que “fomenta una cultura del descarte individualista y agresiva, que transforma el ser humano en un bien de consumo”. En una cosa.
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Nos recuerda el Santo Padre en su discurso del miércoles que Dios “no nos ha creado como objetos, sino como personas amadas y capaces de amar, nos ha creado a su imagen y semejanza”, donando al hombre una dignidad única, invitándolo a vivir en comunión con Dios, en comunión con los hermanos y hermanas, en el respeto de la creación. La creación es una armonía a la cual estamos llamados a vivir: una armonía que es comunión.
En cambio, en la relación interindividual, el otro suele ser instrumento o utensilio tanto en la vida privada como en la vida pública (política). Por ejemplo entre el dueño y el esclavo o entre el que usa la prostituta y la pobre mujer; donde el “otro” forma parte del “haber” del “dueño” o del “poseedor”. A partir de esos extremos de la relación del “otro-objeto” hasta llegar a una auténtica relación interpersonal hay múltiples grados. Y actualmente no hay sociedad que en alguna medida no sea comunitaria -lo que hay que acrecentar- ni comunidad que no posea cada día más elementos cosificantes en su estructura -lo que hay que curar-.
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Para curar es fundamental respetar la dignidad del ser humano
Volviendo a los hombres concretos y yendo a los casos más graves del mundo contemporáneo, a nadie escapa que es indigna la vida del hombre en villas o asentamientos precarios carentes de un pedazo de tierra, sin una vivienda y sin trabajo. O con un trabajo esporádico o viviendo de los magros “auxilios” del Estado. Y las magnitudes son inmensas: en el mundo no se respeta, según la Unicef, la dignidad de los niños y niñas obligados a trabajar, 151,6 millones son víctimas del trabajo infantil y casi la mitad ejercen alguna de las peores formas: esclavitud, trata, trabajo forzoso o reclutamiento para conflictos armados.
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No se respeta la dignidad del hombre y de la mujer sometidos a otras formas inhumanas de esclavitud, como cuando los que trabajan lo hacen en condiciones insalubres que provocan enfermedades y muertes anticipadas. Latinoamérica es un muestrario variopinto y trágico, en cuya realidad la Iglesia vive el Evangelio y se pronuncia desde 1511 en el Sermón de Fray Antón Montesino en Santo Domingo o en el más reciente encuentro de Aparecida del 2007 o en la encíclica Laudato si’ de Francisco del 2014 y en el Sínodo de la Amazonia de 2019.
Ejemplo de indignidad sufren trabajadores en las minas
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Este cronista quiere compartir con los lectores una brevísima síntesis libre de “En la cueva del minero”, uno de los testimonios prestado por el gran escritor y médico boliviano Jaime Mendoza.
El médico ingresa al boquerón donde lo espera un paciente gravemente enfermo tirado sobre un lecho de piedras. El escritor dice: “En medio de un olor repugnante, los esputos con sangre revocaban la pared y el piso se hallaba inundado de eyecciones”. Y explica: “Auscultando al enfermo hallé en toda la extensión del pecho lo que tan gráficamente ha denominado un eminente patólogo el ‘ruido de tempestad'. El hombre atacado de una bronconeumonía purulenta, en su último período a juzgar por el cortejo de síntomas que manifestaba…la disnea creciente y el edema general, denunciador de los trastornos circulatorios ya irremediables, en aquel organismo deshecho”. Trató de consolarlo resuelto a engañarlo hasta el último hálito de vida y trató de convencerlo que no era tan grave…le repitió: ‘no es tan grave…tienes que sanar, tienes que sanar’. Entonces el paciente le dijo: ‘Perdóneme usted doctor, pero creo que no hay para qué andar con rodeos a estas horas. Usted quiere curarme, no sea cruel. Invocando el nombre de Dios y en pleno uso de mis sentidos, yo le pido que no haga experimentos, alivie mi dolor. Déjeme morir…‘, y no dijo más. Tornó a ser rendido, jadeante, con el estertor que anunciaba la agonía.” (Bolivia en el cuento).
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Y ante el enfrentamiento de las palabras del moribundo el médico empatizó con él, entendió su sabiduría y su entrega y lo dejó en las manos de Dios; lo anestesió, claro, se quedó a su lado, advirtió el alivio y vio cómo el rostro pálido y hundido recobraba una cierta dignidad. Esperó el final inexorable y solo después se retiró del lugar.
Se pueden presumir muchos otros casos de igual dramatismo en muchos otros puntos del planeta hoy. También antes cuando el citado Fray Antón denunció la “tiránica injusticia” y las “execrables crueldades” practicadas en las minas contra los nativos, tratados como animales “sin compasión ni blandura”, y “sin piedad ni misericordia” (Santo Domingo, 1511).
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Ni indiferentes ni individualistas: compasión y empatía
“Como discípulos de Jesús no queremos ser indiferentes ni individualistas”, afirmó el Santo Padre, y pidió al Señor “que nos de ojos atentos a los hermanos y a las hermanas, especialmente a aquellos que sufren”, reconociendo “el carácter inalienable de la dignidad humana de cada persona, cualquiera sea su raza, lengua, o condición” (Constitución Pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II). Y nos deja dos conceptos: compasión y empatía, que habremos de desarrollar en nuestra próxima nota.
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