Quien tiene el maravilloso privilegio de ser padre no puede no recordar aquella hermosa canción de Hugo Midón y Carlos Gianni que seguramente sus hijos han cantado en el jardín de infantes, cuando eran muy pequeños: “Miramos la misma luna. Buscamos el mismo amor. Tenemos la misma risa. Sufrimos la misma tos. Nos dan las mismas vacunas. Por el mismo sarampión (…) Yo no soy mejor que nadie y nadie es mejor que yo (…) Pisamos la misma tierra. Tenemos el mismo sol. Pinchamos la misma papa con el mismo tenedor. Yo no soy mejor que nadie y nadie es mejor que yo”.

Cómo no asociarla al triste episodio vivido días atrás, cuando por las medidas tomadas frente al coronavirus, Suecia fue utilizada como un ejemplo de lo que no se debe hacer.

Esta nota no apoya ni se opone a los dichos del Presidente, sino sencillamente intenta explicar por qué es razonable que dos sociedades tan distintas enfrenten la pandemia en forma diferente. Probablemente, de seguir Argentina la política sueca conduciría a un desastre sanitario y, por otra parte, carecería de sentido que el gobierno sueco lleve a cabo una política similar a la de nuestro país, dada sus propias características culturales y sociales. No somos mejores ni peores que nadie, sencillamente todos somos distintos y no tiene nada de malo el serlo.

Suecia es un país cuya sociedad privilegia la libertad, por supuesto con responsabilidad. Por ello, como menciona el reciente comunicado de su Embajada en Buenos Aires: “Una parte importante de las medidas de prevención de Suecia consiste en proporcionar a los ciudadanos información confiable que los ayude a asumir la responsabilidad de su propia salud. La base de esto es la confianza mutua entre las autoridades estatales y los ciudadanos que se ha ido construyendo a través del tiempo. A modo de ejemplo, la administración de las vacunas del calendario infantil sueco es opcional y ha alcanzado una cobertura de vacunación del 97% entre los niños de Suecia”. Es claro que estamos frente a una sociedad muy distinta a la nuestra.

Veamos otro ejemplo: su hasta impensable, para nuestra realidad, sistema educativo. Hace ya casi 15 años, el hoy Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, se preguntaba en una nota: “¿Cuántos de los lectores de este artículo saben que en Suecia funciona desde hace años y con absoluto éxito el sistema de bonos escolares para estimular la competencia entre colegios y permitir a los padres de familia una mayor libertad de elección de los planteles donde quieren educar a sus hijos? Yo, por lo menos, lo ignoraba. Antes, en Suecia, uno pertenecía obligatoriamente a la escuela de su barrio. Ahora, decide libremente dónde quiere educarse, si en instituciones públicas o privadas -con o sin fines de lucro- y el Estado se limita a proporcionarle el bono con que pagará por aquellos servicios”.

Por ello, carece de sentido comparar las políticas públicas de ambos países. Para el ciudadano sueco el concepto de la libertad está firmemente arraigado en lo mas profundo de su ser, la historia de nuestro país es clara evidencia de una sociedad muy distinta, una sociedad autoritaria. Una sociedad para la cual aquel importante texto de Erich Fromm, “El miedo a la libertad”, es relevante para comprenderla. Es más, me atrevo a afirmar que de haber seguido el gobierno argentino una estrategia similar a la de Suecia se hubiese producido una tragedia sanitaria.

No hay motivo siquiera para descartar, a priori, que las políticas llevadas a cabo por Suecia y Argentina, no han sido en ambos casos las correctas. En el transcurso de unos meses lo sabremos, al evaluar los resultados de las medidas. Al fin y al cabo, como escribió aquel genio que fue Hugo Midón, “yo no soy mejor que nadie, ni nadie es mejor que yo”.

El autor es rector de la Universidad del CEMA y Miembro de la Academia Nacional de Educación