La inédita crisis sanitaria y socioeconómica que a escala global está generando la pandemia del COVID-19 ha llevado a la casi totalidad de los Estados a recurrir a las capacidades logísticas, de transporte, sanitarias y de control, de sus fuerzas militares. Latinoamérica no ha sido la excepción a esta regla. Una recorrida rápida por sus países nos mostraría como primera conclusión que en aquellos países en donde las FFAA ya venían teniendo roles destacados y activos en materia de seguridad interior y con fuerte presencia en la vida cotidiana del país, tomaron un lugar aún más relevante. En casos como el chileno, la emergencia sanitaria cambió radicalmente la situación de agitación callejera y política que se venía arrastrando desde octubre del año pasado. Sectores de ultraizquierda, nacionales y extranjeros, anarquistas así como pandillas de narcos aprovecharon durante los últimos meses de 2019 las protestas estudiantiles y de sectores medios y populares para llevar a cabo una activa estrategia de destrucción de infraestructuras como el transporte público y de carga, puestos policiales, escuelas, universidades y aún clínicas y centros médicos. Cuando luego de las vacaciones de verano la situación parecía volver a iniciarse -con la consigna de hacer renunciar al presidente Sebastián Piñera-, la fuerte irrupción del COVID-19 volvió todo a foja cero, con el agregado del toque de queda y el despliegue masivo de fuerzas del Ejército e Infantería de Marina en las calles y puntos estratégicos del país. Desde hace pocas semanas, se sumó la misión de apoyar a las fuerzas policiales contra la actividad delincuencial. Una situación semejante, si bien a mucha menor escala, se dio en Colombia. El mismo Maduro desde Venezuela hablaba eufórico en cadena nacional de cómo el plan de agitación popular avanzaba según lo planeado. Si bien todo indica que las causas en Chile tenían raíces profundamente domésticas y centradas en las expectativas crecientes de la ascendente clase media en materia de salarios, seguro médico y acceso a la educación más barata, el castrochavismo se atribuía su conducción y articulación.

En el caso del gigante brasileño, el impacto del COVID-19 vino a potenciar al extremo tensiones preexistentes entre el gobierno y la oposición y aún dentro del oficialismo, incluyendo el despido de un popular ministro de salud y la renuncia de su sucesor hace pocos días atrás. El desembarco del muy respetado general Braga Netto, hombre con fama de buen negociador y duro a la vez, como Jefe la Casa Civil, fue el camino elegido por el Ejecutivo y los ex mandos militares que ocupan 106 puestos claves en el Gobierno, para mejorar la articulación entre las diversas agencias del Estado y con el sector privado de la salud y de la producción y distribución de medicamentos y materiales de uso médico. En este sentido, la Presidencia ha dado la orden de buscar recuperar lo más rápido posible la autarquía del país en la producción de ciertos productos químicos básicos para la industria farmacéutica así como en el campo de medicamentos y vacunas. Una tendencia que se ha generalizado a nivel global, comenzando por la decisión del presidente Trump de acotar al máximo la necesidad de importar materias primas usadas para el área de la salud así como medicamentos provenientes del exterior en general y de China en particular.

Asimismo, la crisis económica que acompañará a la casi totalidad de los países de la región no hará más que potenciar el recurrir a las FFAA como factores de apoyo logístico y aún en misiones de combate frente a la delincuencia y el crimen organizado. El cual tendrá un caldo de cultivo más que fértil para reclutar y actuar.

En el caso argentino, desde 2003 el kirchnerismo decidió estratégicamente poner a las FFAA como blanco de criticas. Una cacería de leones en el zoológico, a diferencia de la década de los 80 en donde a Raúl Alfonsin y a ministros como Horacio Jaunarena les tocó lidiar con leones jóvenes y en plena selva. Sin duda la opción de 2003 fue útil para que los núcleos intensos de la izquierda y de organismos ligados a la revisión del pasado se sumasen al proyecto y le brindaron un blindaje formidable.

Antes de la actual pandemia, la coalición kirchnerista, massista y peronista parecía dar señales de distensión y acercamiento a los militares, quizás por el hecho de que en las elecciones el año pasado, las docenas de miles de uniformados de las FFAA y de seguridad desplegados en todo el país para custodiar el proceso electoral pudieron votar, y casi un 90 por ciento no optó por la fórmula que se impuso. El articulado y respetuoso discurso del Presidente de la Nación en Campo de Mayo fue bien recibido por las fuerzas. No obstante, bastaron horas para que surgieran críticas y pedidos de aclaraciones por parte de organismos de DDHH. Pocas semanas más tarde, el COVID-19 obligaba al Gobierno a movilizar todos los recursos estatales, incluyendo un rol activo de las FFAA, tanto en materia de transporte logístico, alistamiento de hospitales de campaña, producción de barbijos, otros materiales y también el despliegue en el corazón del conurbano bonaerense. Quedaron a cargo de la elaboración y distribución de miles de raciones de comida para los sectores más vulnerables, en especial en alguna intendencias dirigidas por los núcleos más activos y supuestamente ideologizados del mundo K. A esto se sumó un refuerzo del Presupuesto de Defensa por 500 millones de pesos. Cabe recordar que pocos meses antes se le había ordenado un recorte y reasignar esos fondos a una nueva repartición estatal. Por todo ello, a nivel de discurso y de relato, será difícil que el oficialismo, especialmente para los sectores que se sitúan a la izquierda, post COVID-19 pueda volver cómodamente a cuestionar a las FFAA y buscar giros discursivos para mantenerla como un punching ball de alto rédito y nulo riesgo.

Finalmente, cabe destacar algunas de las conclusiones más importantes obtenidas por amplio y detallado trabajo de campo llevado a cabo por dos destacados académicos de la Florida International University, Frank Mora y Brian Fonseca, sobre la vocación, principios y estado anímico de los militares Argentina. Lo que más sorprendió de este informe fue comprobar que el ethos militar, y en especial en los oficiales más jóvenes, se mantenía fuerte pese largos años de bajo presupuesto y bombardeo político y mediático en los últimas décadas.