La comunicación es una competencia esencial en salud. Mucho más en situaciones extraordinarias como lo es una pandemia. En este marco, comunicar se convierte en un acto irrepetible: una vez que se dijo algo es muy difícil volver atrás. Esto se debe a que la percepción de la comunicación en una situación de riesgo es filtrada primero por las emociones más que por los hechos. Son momentos donde a la capacidad de comunicar y fundamentar el mensaje se le suman los dotes de liderazgo que se espera que tenga, valga la redundancia, un líder.

Decir que “esto va para largo” requiere de un filtro y gestión que, ante lo incierto que presupone un va para largo, lleve la mayor tranquilidad posible. Para ello elementos no faltan. Provienen de la ciencia y el conocimiento, no solo de la infectología como parece ser que es la lente obligada por el que pasan las decisiones en un Poder Ejecutivo superconcentrado. Es que después de varias semanas de confinamiento se hace necesario vislumbrar un horizonte por más incierto que pueda imaginarse. Especialmente si cada vez somos más los que desde la comunidad científica pensamos que “esto va para largo…”. Por eso, las medidas de reducción deben ser pensadas e implementadas de manera cuidados y planificada. Las pandemias comienzan con agentes infecciosos, pero se transforman en un tema de salud pública y con el tiempo, como es el Covid-19, en una crisis social y, por lo tanto, en una situación que requiere el abordaje interdisciplinario.

Sabemos que un brote epidémico como es una pandemia se limita por dos causas: la aparición de una vacuna frente al agente infeccioso o la llamada “inmunidad de rebaño”. ¿Qué certezas tenemos sobre estos dos elementos que nos permitan pensar que “esto va para largo”?

La Escuela de Salud Pública y Medicina Tropical de Londres, una de las más prestigiosas del mundo, tiene registradas y da seguimiento a 157 líneas de desarrollo de vacunas. De estas, solo la que pertenece al Instituto de Biotecnología de Beijíng se encuentra en fase II. Hay otras cuatro líneas entre fase I y II y otras seis en Fase I. Aún falta recorrer la fase III y la obtención de la licencia. Pensar que se logrará tener la vacuna antes de fin de año no solo es un pronóstico extremadamente optimista, sino que sería la primera vez en la historia en que se consiga una vacuna en tan corto tiempo frente a un agente desconocido. Además, luego de ello habrá que manufacturarla y distribuirla lo que llevará un tiempo considerable. Allí es donde cierra el cálculo: deberá pasar cuanto menos un año o año y medio para lograr una vacuna accesible para gran parte del mundo.

Veamos el tema de la inmunidad de rebaño. El miércoles pasado se presentó en España, el estudio de seroprevalencia de población. Estos estudios buscan ser una foto que muestre que porcentaje de la población estuvo en contacto con el virus. Es una forma de valorar en que grado esta esa posibilidad de la inmunidad de rebaño. En España el estudio mostró que apenas el 5% de la población tenía registro inmunológico de Covid-19. Es más, el grupo de profesionales sanitarios que debería tener mayor registro por el grado de exposición apenas alcanzó el 5.3%. Esto va en sintonía con otros estudios provenientes de Europa: según el Centro Europeo de Control de Enfermedades, en Dinamarca el porcentaje apenas llegó al 2%; en Helsinki, la capital de Finlandia, fue 3.5%, porcentaje casi igual que en Holanda. En Alemania, en la municipalidad de Gangelt, uno de los lugares con mayor propagación fue del 14%. En Estados Unidos las cosas no son muy diferentes. En el Estado de Nueva York, el grado de positividad es del 14% y en la ciudad de Nueva York, donde la pandemia fue devastadora, apenas llegó al 21%. Todos porcentajes muy alejados del 60% mínimo que se espera para lograr la llamada inmunidad de rebaño. ¿Cuánto tiempo sería necesario para alcanzar ese mínimo del 60%? Se estima dos años como mínimo.

Por todo esto, no alcanza con decir “esto va para largo”. A la vista de la evidencia, decir que va para largo es decir que con mucha suerte en el 2021 podremos recuperar algo de la normalidad con la que vivíamos antes de la llegada del coronavirus. Va para largo es decir olvidémonos de la libertad de disponer una forma de vida como la conocíamos hasta entrado el próximo año cuanto menos. La norma de los meses por venir será un ida y vuelta del confinamiento a una libertad controlada. Dentro de la incertidumbre con la que a diario convivimos los médicos, sabemos que hay cuestiones menos inciertas que otras. Una sociedad mejor informada, con datos confiables y un mensaje que transmita liderazgo, tiene mejores resultados en salud. La evidencia sobre alfabetismo en salud o health literacy así lo respalda.

Seguir observando como un cíclope (infectológico) una situación que requiere de otras aproximaciones no solo es obsoleto a esta altura, sino peligroso. Especialmente cuando ya se mezclaron política con salud, frase que sonó muy fuerte en la anterior pandemia de la Gripe A durante 2009, una combinación temeraria que alguno o alguna parece haber olvidado. La realidad es que lo que supuestamente era imposible que llegara finalmente llegó. En Chile se dieron cuenta antes y ya en febrero tenían comprada una considerable cantidad de reactivos. En Argentina recién comenzaron a buscarlos en marzo cuando el mercado internacional de estos insumos era una subasta al mejor postor. La ausencia de inteligencia epidemiológica fue notable. La salud y el bienestar de la población son bienes públicos que debemos cuidar y merecen de cautela. A pesar de ello, parece ser que tampoco nadie está reparando en la importancia de una buena comunicación de riesgo, total esto va para largo.

Doctor en Medicina, Universidad de Salamanca, España. Profesor Titular de Medicina, Universidad Nacional de Mar del Plata, Argentina. Profesor Titular de Postgrado, Fundación Barceló, Buenos Aires, Argentina.