¿Cuándo nos convencimos de que la Argentina se había jodido?

45 años después, en el Perú por el que preguntaba Vargas LLosa, la economía iba tirando, Lima se recuperaba y se convertía en una meca gastronómica internacional

i[N. del E: "¿En qué momento se jodió Argentina?" es una serie de reflexiones a cargo de los más reconocidos pensadores de nuestro país que Infobae publicará todos los domingos]/i

Cuando Vargas Llosa publicó Conversación en La Catedral, en 1969, sus compatriotas se preguntaban con Zavalita, el protagonista de la novela, en qué momento se había jodido el Perú. Conversación en La Catedral transcurre durante la dictadura de Odría (1948-1956), antes de que el país atravesara los tiempos de Velasco Alvarado, de Fujimori o de Kuczynski, hubiera oído hablar de Sendero Luminoso, de las masivas migraciones hacia la capital o de la corrupción de presidentes sucesivos. Visité Lima por primera vez a mediados de los noventa y me encontré con una ciudad pobrísima, tugurizada y violenta. Cuarenta y cinco años después de Zavalita y veinticinco de Vargas Llosa, no tuve dudas de que el Perú se había jodido. Pero volví a Lima en esta década y, para mi sorpresa, la economía iba tirando, la ciudad se recuperaba y hasta se había convertido en una meca gastronómica internacional.

Es que los milagros ocurren, pero no nos tocan. En esa primera visita a Lima no me parecía que a la Argentina pudiera pasarle algo parecido. No es que estuviéramos muy bien entonces y yo mismo había sido testigo de tres dictaduras militares (la última fue de una crueldad y una virulencia inéditas), de gobiernos corruptos y autoritarios, de revoluciones mesiánicas, de dos hiperinflaciones, de una democracia que nunca terminaba de arrancar y del final de la economía de relativa abundancia, movilidad social ascendente y pleno empleo que llegué a conocer en mi adolescencia. Pero me parecía un país más rico, más desarrollado y más justo, al abrigo de catástrofes tan definitivas como las peruanas.

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Sin embargo hoy, como una buena parte de los argentinos, no creo lo mismo. Al contrario, por aquí se suele discutir en qué momento del siglo XX o del XXI se jodió la Argentina, pero estamos seguros de que se jodió. Desde aquel primer viaje a Lima atravesamos los tenebrosos sucesos de 2001 y una ininterrumpida sucesión de presidencias fallidas. En ese tiempo envejecí, me empobrecí y vi cómo el periodismo, la profesión que había elegido desde esos años noventa, veía deteriorarse sus estándares de calidad y sus perspectivas de progreso. Hace casi quince años, además, que vivo en un pueblo a 300 km de Buenos Aires en el que asistí al progresivo deterioro de la calidad de vida y de las expectativas económicas y sociales de sus habitantes.

Por eso, tal vez sea menos interesante averiguar cuándo comenzó el deterioro definitivo o cuándo se volvió inevitable que preguntarse cuándo nos convencimos de que la Argentina se había jodido más allá de la coyuntura o de la mayor o menor antipatía por el gobierno de turno. Arriesgaría que fue muy recientemente y gracias a la conjunción de tres factores. Primero, hay una cuestión global. Si tomamos un adulto de cualquier país occidental, es muy probable que piense que a su país también le pasó algo grave. El fin de la movilidad social es un fenómeno universal que acompaña a una insatisfacción generalizada que se refleja en enfrentamientos nacionales, sociales, raciales y religiosos que no parecen la antesala de un futuro pacífico, tolerante, armonioso ni próspero para la mayoría. Dicho de otro modo, la provocadora frase de Vargas Llosa resultó un patrón aplicable crecientemente a casi cualquier circunstancia histórica o geográfica de los últimos años (no creo que los peruanos, a pesar de los que vi mejorar, piensen muy distinto).

Segundo: si bien hubo regiones en las que se asistió a una recuperación notoria (Europa occidental y Japón después de la segunda guerra, China y el sudeste asiático en los últimos años), la Argentina nunca tuvo esa suerte. Después de las grandes crisis, los rebotes no alcanzaron los índices de la etapa anterior. Es decir: nunca vimos una verdadera mejora en la Argentina y nos acostumbramos a pensar que jamás lo haremos.

En tercer lugar, vivimos en un estado de división y beligerancia interna que no parece destinado a cambiar por muchos años. La Argentina (lo mismo ocurre hoy en otras partes y ocurrió, especialmente, en las circunstancias más tenebrosas de la humanidad) es un país que busca chivos expiatorios, grupos sociales o políticos que no merecen el beneficio de los derechos humanos universales, de los inmigrantes a los burgueses, de los peronistas a los macristas. Para confirmarlo, esta semana vimos cómo la Corte Suprema aceptó una ley penal retroactiva y suprimió el derecho de la legislación más benigna para los condenados por delitos de lesa humanidad. Mientras eso ocurría, las denuncias de abuso sexual salieron de la órbita de los tribunales para instalarse y multiplicarse en la calle y los medios. Creo que este es el síntoma definitivo de que toda posibilidad de recuperación quedó atrás: nos ha ido tan mal que tenemos una sociedad de víctimas, víctimas de todo tipo de abusos (reales e imaginarios) que miran al pasado y solo esperan del futuro la posibilidad de vengar sus agravios. Cuando todos son víctimas irredentas, los países solo conocen una manera de saldar sus disputas y esa es la guerra. No estamos tan lejos de terminar jodiéndonos del todo.

El autor es crítico de cine y periodista.

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