El presidente Mauricio Macri ya anticipó a su círculo íntimo que no solo va a vetar, si es necesario, la ley de modificación de las tarifas. Además dijo que, de ahora en más, no va a dudar en decir públicamente la más cruda verdad, aunque en esa decisión se le sigan escapando los votos de 2019.
¿Macri se volvió loco, se cansó de batallar y quiere volver a su casa? No. Está probando con una fórmula nueva, que Jaime Durán Barba viene repitiendo en los dos últimos años: los nuevos votantes prefieren dirigentes que les digan la verdad, aunque sea amarga, por sobre otros que especulan, hacen trampa y operaciones secretas para llegar al poder.
El jefe de Estado es un gran tomador de riesgos, pero, para encarar esta nueva "epopeya", tiene dos dificultades originales.
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La primera: debería haber empezado antes, porque ya lleva más de dos años y medio de gobierno.
La segunda: debería incluir, para que el sinceramiento sea completo, la lista de errores no forzados y de equivocaciones que su administración cometió, y que él mismo protagonizó.
El primer pecado original fue no blanquear la magnitud de la crisis.
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El segundo fue generar enormes expectativas que terminaron siendo imposibles de cumplir, tal y como fueron presentadas.
Pero hay un tercer elemento: desarmar esa imagen de administración fría, soberbia y sabelotodo, a la que "no le entra una bala" ni se le puede sugerir la más mínima idea, sea porque ya se la probó y no funciona, sea porque se desconfía del dirigente o del sector que pretende aportarla.
Escuchar nunca está de más. Y escuchar con buena predisposición, aunque después no se tome la idea, mejora el vínculo entre las personas y las organizaciones.
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Lo contrario es empezar a poner toda la responsabilidad en otros, o en el otro: eso no es decir la verdad; es solo el capítulo uno del manual del kirchnerismo puro y duro.
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