Varias de las organizaciones que al interior de Cuba enfrentan la dictadura dinástica de los Castro han promovido en los últimos años proyectos y planes que, con sus diferentes pautas, formulan estar comprometidos con el establecimiento de una sociedad de derechos en la isla.
El precedente de estos manifiestos se remonta a los tiempos de la lucha por la independencia y procesos posteriores a favor de la democracia, pero sin dudas fue durante los primeros años del régimen que organizaciones de la lucha armada elaboraron declaraciones de principios en las que se enfatizaba las razones de una nueva guerra necesaria, a la vez que se instituían normas y compromisos a seguir cuando el régimen fuera derrocado.
Con satisfacción hay que reconocer que las enseñanzas de los patricios del siglo XIX sobrevivieron al control mental del régimen, porque, tal y como se hiciera en el pasado, se están impulsando los valores democráticos con conceptos y acciones.
Cada uno de estos proyectos demuestra que, a pesar de décadas de opresión, hay numerosas personas, particularmente jóvenes, dispuestas a correr los riesgos que sean necesarios para lograr el deseado cambio.
Cierto que el totalitarismo ha causado profundos daños a la nación cubana, que la doble moral, el oportunismo y la falta de compromiso social están presentes en la sociedad. No obstante, el tremedal que la dictadura ha establecido en Cuba no ha evitado que haya ciudadanos con conciencia cívica. Aun más, no ha impedido que muchos de los nacidos en la oscuridad de la esclavitud estén asumiendo el control de la lucha que las generaciones que le precedieron están obligadas a entregarles.
Cierto que lo más importante de una propuesta es el éxito que alcance, pero después de tanto batallar es válido destacar la trascendencia del compromiso que contraen las personas cuando hacen propuestas que llevan a la práctica sin que los amilanen sacrificios y riesgos, y sin que los abatan las derrotas. Hay una gran verdad a compartir, los laureles de la victoria distinguen al triunfador, pero muchas de sus glorias están cimentadas en las obras de los que quedaron en el camino.
Una de estas propuestas es conducida por Rosa María Payá, una joven mujer que ha tenido la visión de vincular la entidad que lidera con un organismo de proyección internacional como es la Red Latinoamericana de Jóvenes por la Democracia, una estrategia que ha puesto a la dictadura a la defensiva.
La asociación ha sido fructífera para la causa democrática cubana, una realidad que se acrecentó cuando decidió entregar el año pasado el premio Oswaldo Payá "Libertad y Vida", a Luis Almagro, secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), y la dictadura, en su iluminismo totalitario, le prohibió el ingreso a la isla, tal como hizo este 2018, cuando les negó también el ingreso a los ex presidentes Jorge Quiroga, de Bolivia, y Andrés Pastrana, de Colombia. Con ello da un férreo aldabonazo a la conciencia de quienes callan ante las atrocidades de una tiranía de casi sesenta años.
Uno de los logros más importantes para un activista es que se le reconozca su eficiencia y en eso Payá ha marcado pautas, porque, como comenta la periodista Elena María Rodríguez, la activista se ha distinguido por su habilidad de colocar a la dictadura a la defensiva tal y como hizo su difunto padre cuando ideó el Proyecto Varela e instrumentó una campaña de firma en la que retaba al régimen.
Sin importar los años, las frustraciones y las desavenencias, se debería considerar un deber de todos los que estén comprometidos con la democracia respaldar las gestas que dentro o fuera de la isla auspicie un compatriota. Con independencia de la simpatía o el desencanto que provoquen el prójimo y sus propuestas, se debe analizar hasta qué punto sus compromisos coinciden con los propios, la honestidad de sus planteamientos y los riesgos que está dispuesto a enfrentar para concretar su objetivo.
Es tiempo de asumir que no hay un poseedor absoluto de la verdad, soluciones y buenas intenciones, incluidos los que ofrendaron su vida en la lucha por la libertad y nuestros derechos.