Las negociaciones del acuerdo Mercosur-Unión Europea deberían entrar en el libro Guinness. Pocas negociaciones se han extendido tanto tiempo y es probable que terminen con un acuerdo insatisfactorio donde predominen las excepciones y las cuotas. Cuando, en el año 2000, se iniciaron las conversaciones, la Unión Europea constituía un ejemplo virtuoso de la globalización. Los países de Europa central se alineaban en la puerta para incorporarse a una comunidad generosa, con un comercio creciente y un importante flujo de inversiones hacia terceros países. El Mercosur aspiraba a asociarse a un polo dinámico de la economía mundial y todo indicaba que las afinidades políticas serían una fuerza coadyuvante para cerrar un acuerdo en un plazo breve.

Sucedió todo lo contrario. Las preferencias de la Unión Europea residían, por razones geopolíticas, en Europa central y el norte de África, la ayuda a la producción agrícola había sido cuestionada y limitada en la Organización Mundial del Comercio (OMC), y la agroindustria se había desarrollado detrás de una estructura arancelaria escalonada. Ante esa realidad, los funcionarios en Bruselas inventaron toda clase de conceptos para justificar la protección: desde la necesidad de mantener el trabajo familiar y artesanal de los agricultores, el tratamiento diferencial de los animales, razones ambientales, las denominaciones geográficas para aumentar el valor agregado hasta la escenografía de la campiña (Macron) donde los europeos pasan sus fines de semana. El Mercosur no estaba exento de problemas. La industria automotriz y el azúcar no forman parte del acuerdo de integración ni tampoco existe la libre circulación de bienes entre los cuatro países.

El reclamo de la protección de la propiedad intelectual estaba en sus inicios respaldado por el acuerdo TRIPS de la OMC. Desde ese entonces las demandas de concesiones en los acuerdos bilaterales o regionales han crecido e incluyen la información confidencial y los plazos estrictos para el otorgamiento de las patentes y las extensiones por parte de los institutos nacionales para que las empresas puedan usufructuar los beneficios del monopolio en el máximo plazo. El capítulo de propiedad intelectual del acuerdo TPP constituye hoy el nuevo mojón para los países desarrollados que buscan expandir las exportaciones de productos y servicios intensivos en conocimientos.

La Unión Europea aceptó el principio de trato especial y diferenciado debido a la desigualdad entre ambos bloques. Pero siempre insistió en que no podría aplicarlo en los capítulos 1-24 porque el Mercosur era considerado una potencia agrícola. Al mismo tiempo, no consideraba las consecuencias de la derivación de las ayudas internas ámbar o verdes a la producción agrícola sobre las exportaciones del sector porque, al contar con el aval de los acuerdos de la OMC, eran legales. Las retenciones a las exportaciones, instrumento utilizado por el Mercosur, nunca recibió la misma consideración. En esa época era interesante escuchar a Pascal Lamy hablar de un acuerdo ambicioso que cubriera el 90% del comercio sin hacer referencia a las posiciones arancelarias donde no lo había.

Después de 17 años de gestiones a todos los niveles, tratativas o negociaciones, los trascendidos indican que persisten las mismas dificultades y que las ofertas de apertura en el sector automotriz, agroindustrial y agrícola no satisfacen a los sectores involucrados. Las 99 mil toneladas de carne vacuna ofrecidas por la Unión Europea después de largos conciliábulos representan el 1,3% sobre la producción europea. Quizás, y respondiendo a los mismos criterios, el Mercosur debería ofrecer una cuota similar sobre la producción de automotores y autopartes para resolver el tema sobre bases equivalentes.

En las negociaciones comerciales la Unión Europea enfrenta la disyuntiva de querer promover sus exportaciones de mayor valor agregado y proteger su mercado en los sectores tradicionales por el desarrollo desigual interno y la presión política. Con esta visión será difícil obtener un resultado equilibrado, porque no deja posibilidades para compensar los flujos comerciales ni agregar incentivos a las inversiones. El acuerdo Mercosur-Unión Europea, al igual que todos los acuerdos de libre comercio, será positivo en la medida en que contribuya a crear las condiciones para generar nuevas corrientes comerciales y mayores inversiones.

El autor es diplomático.