En 1955 el geólogo norteamericano M. Hubbert pronosticó que el pico de producción de petróleo en Estados Unidos ocurriría entre 1965-1970 para luego decrecer hasta su agotamiento. Posteriormente estimó que el cenit del petróleo a nivel mundial se alcanzaría entre 1995 y 2000. Si bien estos pronósticos no se cumplieron según se esperaba, estas investigaciones abrieron un campo de estudio sobre el agotamiento de los combustibles fósiles, que, desde la revolución industrial, han sostenido el desarrollo económico y el bienestar de la sociedad.
En la actualidad la producción de energía en el mundo proviene, aproximadamente, en un 86% de combustibles fósiles. A pesar de los avances significativos en la producción de energía de fuentes renovables, todavía está lejos la posibilidad de que estos recursos sustituyan a los fósiles.
El desplazamiento del momento culmine de la extracción de hidrocarburos es el resultado de adelantos tecnológicos que han revolucionado su producción, tanto en la recuperación secundaria y terciaria de los pozos existentes como en el aprovechamiento de los yacimientos de petróleo y gas no convencional (shale oil y shale gas).
El nivel de la producción de los combustibles fósiles está sujeto a su demanda y las variables que la definen. Una de ellas, el crecimiento de la población mundial.
La cantidad de habitantes del planeta creció lentamente hasta 1800 y se aceleró exponencialmente en los últimos 200 años, producto de cambios en la alimentación, la sanidad y los medicamentos. En tanto que la mayor complejidad de las actividades económicas aumentó los consumos de energías primarias y secundarias.
Durante las últimas dos centurias la tasa de crecimiento anual de la demanda de energía ha sido superior a la tasa de crecimiento anual de la población. Surgiendo, a fines del siglo pasado, una notoria diferencia entre el mayor crecimiento de la demanda de energía de los países en vías de desarrollo respecto del de los países desarrollados. Las tasas de variación anual de los primeros duplican y hasta triplican las del segundo grupo. La energía eléctrica representa la mitad del incremento de la demanda energética.
Una gran proporción del aumento de la demanda de energía resulta del rápido crecimiento de las economías asiáticas, especialmente China e India. El consumo de estos países crece a las tasas más altas y probablemente en las próximas dos décadas duplicarán los actuales niveles de demanda. Para afrontar el rápido crecimiento de los requerimientos energéticos, la actual matriz energética mundial, fuertemente concentrada en combustibles fósiles, no tendrá cambios significativos en los próximos años.
Esta imposibilidad conduce inevitablemente a otro desafío: el calentamiento global fruto de las emisiones de gases efecto invernadero (GEI), originadas en las actividades antrópicas. Las actividades humanas, desde la revolución industrial, han producido un incremento del 40% en la concentración atmosférica del dióxido de carbono. Las emisiones de este gas provienen principalmente del uso de combustibles fósiles como el petróleo, el gas y el carbón.
Con la trayectoria actual de las emisiones, la temperatura de la Tierra superaría el límite fijado por los expertos como peligroso de 2°C, a mediados de la década 2030-2040, con efectos potencialmente dañinos para la subsistencia humana. Dado que las emisiones antrópicas de GEI, más allá de dónde se originen, afectan a todo el orbe, desde los años 70 del siglo pasado se han realizado reuniones mundiales para buscar soluciones conjuntas a este problema.
Con la firma del Protocolo de Kioto, en 1997, varios países se comprometieron a reducir sus emisiones de GEI. Sin embargo, los grandes emisores como Estados Unidos, China, India y Rusia no lo ratificaron, dado que la reducción de las emisiones afectaría negativamente sus economías. Países en vías de desarrollo, como China e India, sostenían que los países industrializados debían hacer el mayor esfuerzo de reducción, porque eran los responsables primeros de la contaminación existente.
En la última reunión mundial en París, en 2015, se logró unanimidad para suscribir un acuerdo vinculante para mantener el incremento de la temperatura media por debajo de los 2°C con respecto a los niveles preindustriales. Y los países industrializados aceptaron su responsabilidad en las emisiones históricas. Pero recientemente el nuevo gobierno de Estados Unidos, como parte de un proceso de revisión de sus políticas ambientales, anunció su retiro de dicho acuerdo.
Sugestivamente grandes empresas estadounidenses, incluidas petroleras, han criticado la decisión de Donald Trump, lo que evidencia que en el mundo empresario hay convicción de la necesidad de avanzar en el uso de energías renovables, en las que seguramente ya están realizando importantes inversiones.
La reacción del resto de los países comprometidos todavía no se materializó y mientras tanto el problema se sigue agravando.
El autor es especialista en economía de la energía.