100 primeros días de Trump: reaganismo ma non troppo

El Presidente estadounidense, que ganó las elecciones como un emergente del "antisistema", viene dando muestras de que pertenece a la élite empresarial del país, la fuerza dominante en la sociedad estadounidense desde 1981, año en el que Ronald Reagan asumió la presidencia, con una plataforma cuya síntesis lo decía todo: "El Estado es el problema, no la solución".

Eliminación de todas las regulaciones posibles, reducción de los impuestos a las empresas, fuerte aumento del gasto de Defensa; he aquí todo lo que repite ahora Donald Trump en sus 100 primeros días. Pero en lo que se diferencia de Reagan es en que éste era partidario del libre comercio, mientras que el actual presidente proclama un proteccionismo económico reducido al mercado interno, una especie de autarquía del siglo XXI recordando a Colbert, el ministro de Finanzas en los tiempos de Luis XIV, el "Rey Sol" de Francia, cuya célebre frase lo dice todo: "El Estado soy yo".

El equipo de gobierno de Trump está integrado por tres sectores importantes: a) un ala que propugna el nacionalismo económico en el plano interno y el aislacionismo en el plano externo; b) los militares con grandes antecedentes, que dominan todas las áreas de la Seguridad Nacional, tanto en el plano interno como en el ámbito internacional; y c) el sector de la élite económica que controla la Secretaria del Tesoro, el Consejo Económico Nacional y todos los puestos vinculados a la economía del país.

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En estos 100 días, el presidente Trump se mostró agresivo en política exterior en Siria, Corea del Norte, Irán, Yemen, Afganistán e Irak, permitiendo a los jefes militares mucha más libertad de acción en el terreno que lo que autorizaba Barack Obama, algo que apoya con fuerza porque le permite mostrarse ante aliados y adversarios como un líder fuerte, duro y ejecutivo.

El ala económica se opone a toda política agresiva que pueda desatar una guerra comercial de gran alcance entre las superpotencias económicas, porque sus consecuencias serían muy negativas para todos y también para los Estados Unidos.

La personalidad de los dirigentes incide en sus políticas más de lo que suele creerse. Y la de Trump es fuertemente narcisista, algo comprensible por su pasado de empresario exitoso, pero que define una necesidad de mostrarse siempre ganador y dificulta el reconocimiento de que algunos fracasos se deben a errores propios.

La sistemática búsqueda de la aprobación de su base electoral, motivada en parte por su condición de "outsider" respecto a la clase política, lo lleva a acelerar los tiempos políticos de cualquier decisión importante, a fin de poder afirmar que en ese plazo simbólico de los 100 primeros días ya hizo mucho más que los anteriores presidentes en todos sus mandatos. Pero la realidad ha sido esquiva, porque en estos 100 días no ha conseguido la aprobación de ninguna de las leyes que promovió, empezando por la derogación del Obamacare que hasta ahora no pasa siquiera la barrera de la Cámara de Representantes.

Lo que no ha dejado de hacer es aprobar órdenes ejecutivas para que se analicen las medidas a sancionar para lograr que el "America First" sea una realidad. Su publicitada reforma tributaria la mostró al mundo en una sola carilla, cuando se trata de un tema de extraordinaria complejidad por los vastos y contradictorios intereses en juego.

A Donald Trump se lo califica como un presidente con un libreto populista, lo que es realmente absurdo aplicado a un hombre que está rodeado de billonarios, no sólo de millonarios, entrando él mismo en esta categoría, por lo que se podría pensar que la principal preocupación de esta élite empresaria no es cómo mejorar el estándar de vida de la población con menores recursos, sino como ampliar sus negocios y aumentar su riqueza personal. Trump parece no tener nada de populista y, sí mucho de actor televisivo con un gran instinto publicitario y teatral.

Estados Unidos salió de la Segunda Guerra Mundial con una aspiración imperial en el plano mundial, mientras que en el ámbito interno imperó una sociedad democrática. Ahora bien, las leyes que rigen los imperios son por completo diferentes de las leyes de una sociedad democrática en la que rige la división de poderes, los derechos y garantías constitucionales y el voto universal.

En Estados Unidos, desde la década de 1980 hasta ahora, la élite ha tomado el control político a través de las contribuciones masivas a los candidatos a los puestos públicos, y a través de la puerta giratoria en virtud de la cual los funcionarios se van al sector privado, para trabajar en todo aquello que tenían que controlar, y viceversa, vuelven al gobierno impulsados por los sectores económicos para los cuales trabajan.

Ahora bien, como no se conoce ningún imperio que haya terminado siendo absolutamente respetuoso de las leyes de un sistema democrático y Estados Unidos no es la excepción, cabe pensar que con Trump en la presidencia los sectores del poder económico, un poco antes o un poco después, pueden colisionar con el profundo espíritu democrático del pueblo estadounidense, que aspira a que con la nueva presidencia del país se reduzca la brecha social, la brecha educativa, la brecha de ingresos, y sobre todo la brecha de oportunidades.

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