La Unión Sudamericana de Naciones (Unasur), además de ser un órgano de coordinación política, enfrenta aún el desafío principal de constituirse en un instrumento técnico con capacidad de acelerar la realización de obras de infraestructura desde Maracaibo hasta Tierra del Fuego y del Atlántico al Pacífico. Está pendiente el objetivo revolucionario de integrar físicamente una topografía que vincule, con ejes múltiples, la cordillera, las tierras bajas (principalmente las llanuras del Amazonas con la chaco-pampeana o del Plata) y el escudo continental que incluye los macizos de Brasilia, patagónico y guyanés.
La ausencia de una infraestructura adecuada de alcance regional limita las posibilidades de un mercado ampliado dinámico de libre circulación de personas y bienes. También de las transformaciones estructurales que requiere el desarrollo de un ámbito biogeográfico de significativa importancia económica y comercial. De acuerdo con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en la región se encuentra el 20% de las reservas probadas de petróleo como cantidades significativas de los principales minerales, muchos de carácter estratégico. También un tercio del agua dulce del planeta y 12% de la superficie cultivable.
Es cada día más urgente el rediseño del mapa de interconexión territorial de América del Sur y concretar el desarrollo y la modernización de las infraestructuras de transporte, energía y comunicaciones que fortalezcan la integración geográfica de los doce países sudamericanos bajo un patrón de desarrollo territorial equitativo y sustentable. También la proyección de ejes de desarrollo que cambie de manera sustantiva las características del mapa geográfico para expandir de manera geométrica los medios de vinculación y conectividad de la región, incluyendo interconexiones de tránsito bioceánicas.
La aceleración de la implementación de la estrategia IIRSA tendría beneficios concretos (económicos, comerciales y políticos) para todos los países de la región. Abocarse a objetivos de obras de infraestructura regional actuaría, entre otros propósitos, como una medida de fomento de la confianza y contribuiría a una mayor armonía regional. Sería además un complemento sustantivo a los diversos esquemas de integración económica y comercial en curso, además de facilitar mayor homogeneidad tendiente a reducir asimetrías y desigualdades regionales.
El trabajo técnico básico, incluyendo muchos estudios de factibilidad de obras, está en carpeta (31 proyectos estructurados conformados por 103 individuales). Los diez proyectos que más interés generan pertenecen al eje del Amazonas, el eje Mercosur-Chile e interoceánico central. La financiación de la mayoría de las obras de las definidas no parece enfrentar mayores dificultades. El tema central de demoras y parálisis ha sido, principalmente, por falta de voluntad política para emprender con celeridad y mayor vocación un proyecto de integración física regional que tendría efectos transformadores en la realidad socioeconómica de los 413 millones de habitantes de América del Sur.
Argentina tendrá la presidencia pro témpore del Consejo Suramericano de Infraestructura y Planeamiento (Cosiplan) a partir de abril del 2017 y la responsabilidad, junto a la Secretaría Técnica ejercida por el Instituto para la Integración de América Latina y el Caribe (Intal), de dar mayor impulso a los distintos proyectos. Es de esperar que el próximo secretario general de Unasur reciba el mandato para acelerar, con aires renovados, la integración física de América del Sur. Convertir al Plan de Acción Estratégico 2012-2022 (PAE) en la máxima prioridad política regional permitiría a toda América del Sur enfrentar, con mayores perspectivas de éxito, la desafiante dinámica internacional del siglo XXI.