Los argentinos hemos traicionado el "Nunca Más"

Margarita Stolbizer

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Ernesto Sábado entrega al entonces presidente Raúl Alfonsín el informe “Nunca más”

Mis padres fueron médicos, ambos trabajadores incansables de hospital público. Tengo muy presente su pasión por la medicina y por el cuidado de los cuerpos. Por este motivo decidí hoy tomar su ejemplo y escribir a partir de la noción de cuerpo, pero esta vez como metáfora para analizar nuestro presente político.

En los últimos tiempos, el cuerpo político argentino, nuestro propio cuerpo democrático, se ha acostumbrado a inocular dosis antidemocráticas. No es casual que el kirchnerismo haya tenido en sus primeras filas al hoy acusado por crímenes de lesa humanidad César Milani o que el macrismo cuente en uno de los cargos fundamentales para la ejecución de un plan económico con el carapintada Juan José Gómez Centurión. Milani actuó durante la dictadura militar. Gómez Centurión participó de los levantamientos de Semana Santa que buscaban interrumpir el Gobierno democrático de Raúl Alfonsín. Ambos enemigos de la democracia fueron invitados por los últimos gobiernos democráticos a formar parte de sus equipos de gestión y tomar decisiones en nuestro nombre.

En medicina, a fines del siglo XIX se descubre la vacunación. Esta consiste en la incorporación de dosis no letales del mismo virus del que se quiere sanar al cuerpo. Trabajando a partir de la metáfora inmunológica, me pongo a pensar que el cuerpo democrático argentino ha inoculado el virus de la antidemocracia. De aquí, dos preguntas. La primera: ¿cuán alta es la dosis del agente patógeno? O, dicho de otro modo, ¿puede pensarse en los elementos antidemocráticos como el virus presente en una vacuna que busca fortalecer al cuerpo democrático? La segunda: si no se tratara de una vacuna sino más bien de una enfermedad, ¿no tendríamos que pensar por qué está en el cuerpo democrático?, ¿acaso no hemos roto los pactos preexistentes acerca de qué significa la democracia?

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Creo que las dos preguntas se excluyen mutuamente. La primera busca justificar la presencia injustificable de personas que atentaron contra la democracia. La segunda pretende poner en evidencia que la enfermedad reside en la misma democracia y en lo que con ella no hemos podido conseguir. La democracia nacida en 1983 no ha podido, como quería Alfonsín, resolver las problemáticas de la pobreza, la educación, la salud y la seguridad. Pero tampoco hemos podido defenderla tal como lo hizo Alfonsín. Hemos traicionado el "Nunca más", un juicio histórico y emblemático para el mundo entero. Hemos perdido la conciencia de las vidas que se han ido defendiendo la democracia, hemos jugado con la idea de que las partes enfrentadas eran equivalentes.

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Sólo una confusión como esta permite que en estos tiempos se pueda armar una serie en la que, sólo para enunciar lo primero que se me viene a la mente, se ha puesto en duda la cantidad de desaparecidos, lo impoluto de los pañuelos de las madres, los justos y necesarios reclamos de las abuelas, la imposibilidad de que un acusado de crímenes de lesa humanidad ocupe un cargo clave en las Fuerzas Armadas o tenga a su disposición la información más sensible del país. Así como que una persona que atentó contra la incipiente democracia de los ochenta hoy forme parte de la joven y cada vez más debilitada democracia actual.

En esta Argentina se han roto los pactos democráticos. Hemos dado un paso atrás respecto del "Nunca Más". Le hemos dicho al mundo que "nunca" en realidad es "de vez en cuando". A veces, cuando nos conviene, les damos poder democrático a los que atentaron contra la democracia. A veces, los defensores de los derechos humanos abandonan sus luchas por corrupción (económica, pero también ideológica). Hemos cambiado la convicción por la conveniencia. Este intercambio nos lleva, necesariamente, a un debilitamiento de los valores democráticos. Este no es un problema exclusivo de un gobierno, ni siquiera de la clase política. Este es un problema que atraviesa al cuerpo político, a la sociedad toda.

Es necesario, es urgente, contar con médicos entregados a la salud pública para reconstruir este cuerpo argentino. Pero, cuidado, ningún médico puede sanar este cuerpo si está solo. Esta es una tarea que nos involucra a todos.

La autora es diputada nacional por la provincia de Buenos Aires y presidente del bloque del GEN.

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