Todo indica que los políticos argentinos han sido superados por las circunstancias. O, para decirlo de otra manera, la realidad es tan grave y los responsables de encontrar soluciones, tan cobardes que un profundo abismo se ha abierto entre ambos. La gente va por un lado y los funcionarios por el otro. Más temprano que tarde esta fractura tendrá consecuencias electorales y la corrección política será barrida por un vendaval de furia desatado por la inoperancia y la frivolidad.
Los políticos están para las fotos, los emolumentos y las prebendas. De cumplir con sus obligaciones y con el pueblo que los votó, ni hablar. Recorrer las páginas sociales de diarios y revistas y verlos rodeados de mujeres bellas, esculpidas en mármol, y moverse con soltura entre canapés, sushi y champagne da vergüenza, por no decir asco, al comprender que nuestro país está más cerca de Haití que de Suiza.
La Ciudad de Buenos Aires estuvo sitiada durante dos semanas por militantes del caos y el desorden. ¿Qué hizo el Gobierno de la Ciudad? Nada, absolutamente nada. Por el contrario, el señor Diego Santilli, vicejefe del Gobierno de la Ciudad, les ha pedido paciencia a los sufridos habitantes. Mucha paciencia. Mientras su jefe, el señor Horacio Rodríguez Larreta, nos miente afirmando enfáticamente y con palabras grandilocuentes que todo esto será solucionado a partir del 1º de enero. Ahora no se sabe muy bien si es porque ha resuelto actuar o porque a partir de esa fecha la ciudad queda vacía. Señor Larreta: con la ciudad desierta, el orden lo garantiza una maestra jardinera o una compañía de Boy Scouts. ¡Y usted lo sabe!
El crimen del joven Brian Aguinaco a manos de asesinos, como son en general los delincuentes que supimos conseguir, ha revelado, una vez más, el fracaso de la dirigencia política. No tienen respuesta. Las imágenes de vecinos enardecidos frente y dentro de la Comisaría 38 muestran el grado de descontento social que seguirá explotando por pulsiones hasta que un político en serio nos venga a gobernar. La policía, en el mejor de los casos, tiene las manos atadas, pues en caso de actuar como corresponde, los políticos, el periodismo bien pensante y la progresía pondrán el grito en el cielo ante el accionar legal del Estado. ¿Estamos o no estamos en guerra contra los delincuentes? Si estamos en guerra, habrá que actuar en consecuencia. Recupero para la política actual las ideas y las palabras del general Julio Argentino Roca cuando, al explicar su programa político-militar para acabar con la delincuencia en las pampas, manifestó: Más de ciento treinta años los argentinos convivimos con el problema del indio. Robaba, violaba, incendiaba y raptaba en sus feroces entradas sobre las poblaciones. Era dueño de un territorio en donde el Estado nacional no ejercía control ni dominio. "Fronteras interiores" denominaba Roca a esas tierras. Como ejemplo de esto último está el recuerdo de las infelices cautivas. Esclavizadas en los aduares y en el mejor de los casos rescatadas por medio del pago de abultadas sumas de dinero. Se llegó al escándalo de que el Banco Provincia abriera una línea de crédito para rescatar cautivas. Era imposible continuar viviendo asediados por el robo, la muerte y la violencia, o se triunfaba de manera clara y contundente o los pueblos de frontera continuarían desangrándose. El general Roca decidió asumir los costos políticos y la responsabilidad de la tarea.
"Vamos, pues, a disputarles sus propias guaridas, lo que no conseguiremos sino por medio de la fuerza. A mi juicio, el mejor sistema de concluir con los indios es el de la guerra ofensiva. Hay que ir a buscarlos a sus guaridas y causarles un terror y un espanto indescriptibles" (Roca).