Tres días después del golpe sorpresivo y brutal que el Brexit les propinó a los británicos, los españoles votaron por segunda vez en seis meses, para elegir un nuevo gobierno.
España, que es una monarquía constitucional y tiene un sistema político en el que cada cuatro años se elige un presidente de gobierno (no un primer ministro, como en otros países con monarquías, Gran Bretaña u Holanda, por ejemplo).
Ese presidente de gobierno se mantiene en el cargo toda una legislatura, apoyado por los diputados de su partido y, eventualmente, por alguna coalición de gobierno. El domingo, el Partido Popular (PP) conducido por Mariano Rajoy obtuvo la mayoría de bancas (137), superó holgadamente al Partido Socialista Obrero Español (PSOE) (85), a Podemos (71) y a las demás formaciones políticas menores.
El problema para Mariano Rajoy y para el PP es ahora formar gobierno, ya que carece de la cantidad necesaria de diputados para ser investido como presidente (179); tiene solamente 137. En ese marco, la política de alianzas se hace imprescindible, dado que si los diputados de los otros partidos votan en contra, no podrá ser electo presidente.
Es decir que si bien el PP y Rajoy han obtenido un triunfo electoral importante (33% de los votos), no han conseguido la mayoría necesaria para gobernar solos; necesitan apoyos o la abstención de sus adversarios para llegar al gobierno.
Esta situación, que sería realmente preocupante no solamente para el partido de la derecha española sino para España en su conjunto, se diluye un tanto por el hecho de que el PP incrementó en 14 diputados en relación con la elección de diciembre pasado y aumentó en 700 mil sus votos, mientras que el PSOE, el segundo, ha visto mermar en cinco sus diputados y Podemos, el tercero y que había creado un clima de victoria, bajó su cuota de diputados, perdió sustanciales votos.
En síntesis, el PP y Rajoy han sido los triunfadores de las elecciones del domingo, aunque todavía les quede un trecho para conjugar una alianza que les permita llegar al gobierno.
La pregunta que se hacen en España y en Europa es por qué Podemos perdió votos y por qué Rajoy los aumentó. Creemos que ello se debió en un porcentaje no desdeñable al resultado del referéndum británico y al pánico que produjo ante la posibilidad de que el rechazo a la política tradicional europea y a los partidos tradicionales comenzara a esparcirse en todas las capitales del continente en un efecto dominó.
La ducha fría que recibieron los dos grandes partidos británicos, el Conservador y el Laborista, que durante más de un siglo han gobernado, ha confirmado que la ola de escepticismo y desprecio ciudadano hacia ellos no es una cuestión menor, forma parte del mapa político europeo.
Las dificultades para seguir gozando del Estado de Bienestar por parte de todos, las migraciones imparables que lamentablemente dejan su secuela de miedo y rompen la unidad cultural de sociedades con largas y acendradas tradiciones ha impulsado este "miedo al otro" que describió con precisión Jean-Paul Sartre y ha consolidado odios raciales y respuestas xenófobas que parecían haber quedado enterrados en la historia.
En ese marco es que deben ser evaluadas estas elecciones españolas, donde el resultado del referéndum británico y sus probables y ya palpables consecuencias económicas y políticas no se detienen en los países europeos, sino que se extienden y repercuten en todo el mundo.
El poder de Rusia, en particular, y el de China, en menor medida, se acrecientan al perder la Unión Europea uno de sus socios más importantes. Si bien Gran Bretaña nunca se sintió cómoda en la Unión, esta siempre quiso mantenerla dentro de su marco referencial y geopolítico. Además, se comparten grandes valores y los sostienen en la agenda internacional: la defensa del medioambiente, los derechos humanos y la democracia, por ejemplo.
Ello también es una pérdida para el continente americano, que ha visto en el proceso de integración europeo un espacio geográfico para estudiar y copiar en sus partes importantes y trasladables a una realidad geográfica e histórica distinta, pero con valores comunes.
Por otro lado, ese temor europeo después del referéndum británico es también una de las razones del avance del PP en las elecciones españolas y el porqué del segundo término del PSOE, que, contra los pronósticos, logró adelantarse al populismo de izquierda que enarboló Podemos y que a esta agrupación, en diciembre pasado, le había otorgado tan buen resultado.
Hoy los europeos tienen miedo de perder más de medio siglo de paz y prosperidad, que fue lo que se buscó con la creación de la Unión Europea. Ello les puede ser arrebatado ahora por los populismos de derecha o de izquierda, que avanzan con consignas por lo general nacionales o populares y que, ante la crisis económica, el desempleo, el terrorismo islámico y la pérdida de empleos, anuncian soluciones facilistas, desprovistas de sustentabilidad y de realismo.
En esa tensión entre las dos propuestas que se ha dado en Europa, la semana pasada, en una ganaron el nacionalismo y la xenofobia, en la otra se detuvo la ola populista de izquierda y fueron los partidos tradicionales (PP-PSOE) los que conservaron la representación de la mayoría de los españoles.
El autor es embajador, ex representante permanente ante la ONU