Araceli González
Araceli González

Mi mundo está lleno de mujeres. La mayoría -me animo a decir casi todas- trabaja para que el mundo sea un lugar más justo para todos y especialmente para otras mujeres y niñas, y especialmente las mujeres y niñas pobres. No les preguntaría si son feministas, no me interesa y me partiría el corazón que alguien las tratara mal por no decirse feministas.

No nací feminista, ni sabía lo que era el feminismo hasta hace diez años, porque no lo enseñan en la escuela ni en la universidad. No es una obligación saber qué es el feminismo. Empecé a decir que soy feminista de grande. Llegué como llegamos muchísimas, por lo biográfico, a todas o a la mayoría de las mujeres nos pasan cosas más o menos espantosas relacionadas con la desigualdad, que esas cosas sean más menos violentas depende en general del contexto y del azar.

Casi todas las mujeres hemos sufrido la desigualdad en carne propia. Tres de cada cinco mujeres sufrirá un abuso en sus vidas, dice Inés Hercovich. Y las que no fuimos abusadas o violadas tenemos miedo de serlo, tuvimos un laburo en el que nos pagaron menos que a un flaco que hacía el mismo trabajo o vimos a las mujeres de nuestra familia y de otras familias cargadas con las tareas de cuidado y el trabajo doméstico que nadie paga como enseña Mercedes D'Alessandro en su libro "Economía feminista". Sufrimos y nos enfermamos por no encajar en el estándar de belleza que impone la industria de la moda y el entretenimiento o fuimos discriminadas o segregadas porque lo que nos interesaba hacer con nuestra vida, ese deseo que latía adentro nuestro, no era considerado propio de mujeres. La lista podría seguir.

Muchas de las que sufrimos algo de esto nos acercamos al feminismo por curiosidad, por resonancia, de la mano de otra, de distintas maneras. Y ahí fuimos entendiendo que el problema no éramos nosotras que no encajábamos, el problema era el molde; que no era casualidad que a mí y a la mitad de mis compañeras de la facultad nos acosaran en el trabajo. Y que si lo que me pasaba a mi le pasaba a miles, era que había un sistema que promovía estas prácticas, y que estas prácticas son injustas, y que esto hay que cambiarlo.

De darse cuenta a involucrarse haciendo algo para que eso cambie hay un paso. Si das ese paso, podrías decir que sos feminista. Para ser feminista tenía que hacer tres cosas: darme cuenta de que existe la desigualdad, reconocer que esa desigualdad es injusta, tomar acciones para cambiar eso. Eso lo aprendí leyendo a Diana Maffia.

¿Hay una obligación de decir que somos feministas? No, si la hubiera no sería feminista. Me ha costado demasiado salir de moldes y etiquetas como para volver a meterme a lo mismo.

Lo bueno de decirlo es que nos encontramos más rápido con muchísimas otras mujeres geniales, amorosas, inteligentes, sagaces, poderosas y salvajes que sueñan con un mundo más justo, que están haciendo cosas para que suceda. Siendo al feminismo como una ola, no se sabe muy bien dónde empieza ni dónde termina, se mueve constantemente y cambia de forma, no hay presidentas ni comisiones directivas y hay miles de discusiones geniales al mismo tiempo, y eso lo hace mucho más valioso.

¿Y si no querés decirlo? (Porque te da vergüenza, porque creés que el feminismo no es para vos, porque no tuviste tiempo de ver bien de qué se trata, o lo que sea.). ¿Cuál sería el problema? ¿Es importante? ¿Para quién? ¿Para qué?

No creo que sea importante decirlo, ni ponerte una remera ni tatuártelo en el brazo. Sí creo que es importante defender a una piba que están zamarreando en la calle. Creerle a una mujer que denuncia, señalar la desigualdad, estar dispuestas a escuchar y aprender de las otras, trabajar para sanar el dolor que arrastramos desde muchas generaciones por los abusos que venimos sufriendo, educar a los hijos e hijas por fuera de estereotipos de género. En un mundo de slogans y de remeras con consignas vacias, importa lo que hacés.

¿Es importante que Araceli González diga que es feminista? No lo creo. ¿Tiene que saber lo que es el feminismo? No sé, porque crecemos viendo por todas partes las imágenes de las mujeres que aparecen en los medios y en la publicidad, mujeres blancas, delgadas, con el pelo lacio, semidesnudas, sexualizadas, mujeres muy jóvenes, que hablan solo del amor romántico y heterosexual, de la maternidad y de cómo parecer siempre jóvenes y hermosas, como si solo eso fuera el mundo para las mujeres.

Exigirle que se reconozca feminista es mucho. Es un montón, porque es pedirle que reconozca que eso que hace como medio de vida hoy forma parte de las prácticas que reproducen estas relaciones de poder desiguales que el feminismo quiere cambiar.

Lo que sí podemos hacer es agradecer que, gracias a Araceli, hoy se dió esta conversación, e incluso que estas discusiones llegaron a la televisión de aire a uno de los programas más vistos de la tarde.

En otro momento esto era impensado. Se habló de violencia de género, de acoso, de desigualdad, de lo injusto que es el sistema en el que vivimos para las mujeres pero también para los hombres a quienes se les mutila la sensibilidad y se los obliga a encajar en un molde que también los oprime. Y entonces quién te dice que, gracias a Araceli, muchas mujeres y hombres empiecen a ver la desigualdad, la consideren injusta, quieran hacer algo desde su lugar para cambiarlo y llegue un día en el que nadie tenga que decir si es feminista y por qué.

La autora es artista visual, abogada y activista. Su proyecto "Mujeres que no fueron tapa" expone la manera desigual en la que los medios muestran a las mujeres, la violencia mediática y los estereotipos de género. Integra el equipo de "Economía Feminita".